VOCABULARIO
RIOPLATENSE
RAZONADO
Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social
BIBLIOTECA ARTIGAS
Art, 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950
COMISIÓN EDITORA
Clemente Ruggia
Ministro de Instrucción Pública
Juan E. Pivel Devoto
Diiector del Museo Histórico Nacional
Dionisio Trillo Pays
Director de la Biblioteca Nacional
Juan C Gómez Alzóla
Director del Archivo General de k Nación
Colección db Clásicos Uruguayos
Vol. 25
Daniel Granada
VOCABULARIO RIOPLATENSE RAZONADO
Tomo I
Preparación del texto a cargo de
Antonio Pradbrio
DANIEL GRANADA
VOCABULARIO
RIOPLATENSE
RAZONADO
Prólogo de
LAURO AYUSTARÁN
Tomo I
(A-D)
MONTEVIDEO
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J0
PRÓLOGO
Cuando en el mes de enero de 1889 Daniel
Granada dio a la estampa en Montevideo la primera
edición de su Vocabulario rioplatense razonado, no
sospechó quizás los alcances que había de tener su
modesto ensayo. En realidad, esta edición príncipe
representaba un trabajo lexicográfico corto y magro
y, por cierto, muy poco razonado; sólo perseguía la
finalidad de llamar la atención de la Real Academia
Española sobre el nacimiento y el empleo de un reper-
torio de americanismos que se daban en la cuenca
del Plata.
Entonces, don Juan Valera envió a Granada dos
extensas cartas ejemplares. Ejemplares en cuanto al
concepto que aún dominaba en Europa sobre las cul-
turas indígenas americanas. En efecto, en la segunda
de ellas, Valera inscribe estas palabras: "Lo que yo
censuro, pues, aunque blandamente, es que usted se
deje llevar del afecto al idioma que hablan ahí los
indígenas, hasta el extremo de querer desentrañar del
seno de los vocablos filosofías y sutilezas que, antes
de la llegada de los europeos, no podían estar en la
mente de los salvajes".
IVII]
PRÓLOGO
Valera, como un hombre revestido de la mejor
preparación académica de su época, se hallaba tocado
de la llamada "insensibilidad antropológica"; todo
aquello que no estaba regido por los cánones men-
tales de su propia cultura caía inexorablemente en
el tenebroso campo de "lo salvaje". Sin embargo,
procedía con una prudencia encomiable cuando soli-
citaba pruebas, esto es, recolecciones de campo, para
poder cambiar sus puntos de vista con nuevos testi-
monios. Lo que no se daba cuenta era que con esos
nuevos testimonios interpretados a la luz de una lógica
aristotélica, tampoco iba a alterar ese punto de vista.
Iba a ser necesario instituir un nuevo criterio de
interpretación: el documento del "salvaje" visto desde
el punto de vista del "salvaje" para poder llegar al
esclarecimiento cabal de su razonamiento. Pero para
ello Valera hubiera debido anticipar el criterio de
la "mentalidad pre-lógica" que Lévy-Bruhl recién va
a enunciar décadas más tarde. Entonces, los términos
'salvaje" y "bárbaro" dejarán de ser adjetivos califi-
cativos — con su aditamiento despectivo — y serán
eliminados de la terminología antropológica.
Entretanto, Valera aconseja a Granada con un
empeño no exento de candorosa inocencia, respecto
de los guaraníes: "Dentro de este salvajismo caben
perfectamente el denuedo en las lides, la fidelidad,
la constancia y hasta la ternura amorosa y otras vir-
tudes y excelencias. Lo que no cabe es cierto refina-
miento en las ideas morales y religiosas que harto
generosamente se atribuye a los indios. Sería menes-
ter más pruebas, y no las hay o no han llegado a mi
noticia, para conocer esas prendas en los guaraníes.
Sus cantares, pues se dice que los tienen, y aun que
{VIII}
PRÓLOGO
son muy poetas, debieran recogerse y coleccionarse
antes que desaparezcan del todo".
No obstante, las dos epístolas tenían una agu-
deza crítica notable y trajeron a Granada un tonifi-
cante aliento. Valera, incluso lo animó a transfor-
marse en un recolector de campo e incitado por sus
cálidas palabras, Granada preparó febrilmente en el
término de unos meses una segunda edición de su
Vocabulario que vio luz exactamente al año siguiente:
el 28 de enero de 1890, según deja constancia el edi-
tor en el colofón correspondiente.
Y entonces, lo que hubo de ser una rigurosa
comunicación científica, se transformó en una obra
por momentos fascinante. Granada afinó conceptos,
caló en los temas con observaciones penetrantes y
sutiles, documentó las voces y las relacionó entre sí
a través de un excelente aparato bibliográfico. En
suma: de una simple comunicación lexicográfica hizo
un libro, un verdadero libro.
Esta segunda edición definitiva de 1890 es la
que sirve de modelo a la presente publicación.
Daniel Granada era compatriota de Valera y
había nacido en Vigo el 3 de setiembre de 1847. A
edad temprana trasladóse con sus padres a Montevideo
cursando en esta ciudad sus estudios secundarios y
licenciándose más tarde en jurisprudencia en la Uni-
versidad de la República hacia el año 1870. Fue
prosecretario del Consejo Universitario y luego cate-
drático de Derecho Natural e Internacional de la
Facultad de Derecho.
Incorporado a la magistratura, actuó como Juez
Letrado de Comercio y, posteriormente, como Juez
e del Crimen de la 2^ Sección. A poco de fundado el
ÍDC]
PRÓLOGO
Ateneo de Montevideo, dictó allí la cátedra de Litera-
tura en los cursos gratuitos y a mediados de la década
1880-1890 se trasladó a la ciudad de Salto donde
permaneció por más de 15 años dedicado a las leyes
y al periodismo. Allí redactó las dos ediciones de su
Vocabulario y su obra fundamental Reseña histórico-
descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del
Río de la Plata que fue publicada en Montevideo
en 1896. En el año 1900 editó el folleto sobre Idioma
Nacional — un apartado del articulo que había redac-
tado para el Diccionario geográfico del Uruguay de
Orestes Araújo — y emprendió luego un largo viaje
de estudio por la provincia argentina de Corrientes y
el Paraguay; en un extenso artículo publicado en el
número extraordinario del periódico "La Tribuna
Popular" de Montevideo el 1° de enero de 1903,
relató sus penetrantes observaciones.
En 1904 se trasladó definitivamente a España
donde falleció en Madrid el 3 de setiembre de 1929
a los 82 años de edad. Entre 1919 y 1922 escribió
para el "Boletín de la Real Academia Española" diez
ensayos sobre lexicografía americana que fueron
reunidos por Amado Alonso, quien los publicó jun-
tamente con los Apuntamientos sobre lexicografía
Americana con especial aplicación al Río de la Plata
cuyo manuscrito se hallaba en poder del escritor sal-
teño Enrique Amorim. Esta recopilación fue editada
en 1948 por la Academia Argentina de Letras.
La bibliografía de Daniel Granada publicada
en el Río de la Plata abarca cuatro obras, dos de las
cuales, el Vocabulario y la Reseña alcanzaron una
segunda edición. Esta bibliografía se articula crono-
lógicamente de la siguiente manera:
IX]
Vocabulario / rioplatense razonado /
por / d. daniel granada, / abogado, / pre-
cedido de un juicio critico / por el /
dr. d. alejandro magariños cervantes, /
miembro correspondiente de la academia
ESPAÑOLA / [Adorno tipográfico] / imprenta
ELZEVIRIANA, DE C. BECCHI y C a / 97 -
calle cerro - 97 / [Filete] / 1889.
xviíi, 314 p. 143 x 80 mm. [de caja; alto
por ancho].
El Prólogo se halla fechado en Salto en
1888. En el colofón se establece que fue termi-
nada sa impresión el 28 de enero de 1889-
Vocabulario / rioplatense razonado /
por / d. daniel granada, / precedido de
un juicio critico / por / d. a. magariños
cervantes, / miembro correspondiente
DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA. / [Filete] /
SEGUNDA EDICION / CORREGIDA, / CONSIDERA-
BLEMENTE AUMENTADA, / Y A LA QUE SE
AÑADE UN NUEVO JUICIO CRITICO / PUBLI-
CADO / POR / D. JUAN VALERA, / INDIVIDUO
DE NUMERO DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA. /
[Filete] / imprenta RURAL: / Calle de la
Florida, números 84 y 92, / Montevideo:
1890.
409 p* 155x90 mm. [de caja].
En el colofón se establece que fue termi-
nada su impresión el 28 de enero de 1890.
Reseña / historico-descriptiva / de / an-
tiguas Y MODERNAS / SUPERSTICIONES / DEL /
[XI]
PRÓLOGO
RIO DE LA PLATA / POR / D. DANIEL GRA-
NADA / [Filete] / MONTEVIDEO : / A. BARREIRO
Y RAMOS, EDITORES, / 355, CALLE 25 DE MAYO,
355. / 1896. / Es propiedad.
XXI, 668 p. 170x98 mrn. [de caja].
En el colofón se establece que fue termi-
nada su impresión el 9 de febrero de 1897.
4. República O. del Uruguay / [Adorno tipográ-
fico] / IDIOMA NACIONAL / POR / D. DANIEL
GRANADA / CORRESPONDIENTE DE LA ACADE-
MIA ESPAÑOLA / [Filete] / ARTICULO inserto
EN EL "DICCIONARIO / GEOGRAFICO DEL URU-
GUAY" / [Filete] / MONTEVIDEO / IMPRENTA
DE DORNALECHE Y REYES / Calle 18 de Julio,
núms. 77 y 79 / 1900
15 p. 137x67 mm. [de caja].
5 [Recuadro] / RESEÑA HISTORICO-DESCRIP-
TIVA / DE / ANTIGUAS Y MODERNAS / SUPERS-
TICIONES / DEL / RIO DE LA PLATA / por /
DANIEL granada / [Viñeta del editor] /
EDITORIAL / GUILLERMO KRAFT LTDA. / BUE-
NOS AIRES [1947].
438 p. ilus. 195x125 mm. [de caja].
En el colofón se establece que fue termi-
nada su impresión el 23 de julio de 1947
6. Daniel granada / apuntamientos / so-
bre / LEXICOGRAFIA AMERICANA / Y OTROS
estudios filológicos / [Viñeta del editor] /
[XII]
PRÓLOGO
BUENOS AIRES / ACADEMIA ARGENTINA DE
LETRAS / 1948
221 p. 160x90 mm. [de caja].
En el colofón se establece que fue terminada
su impresión el 26 de junio de 1948 en la im-
prenta y casa editora "Coni",
El primer vocabulario regional que se publica
en Montevideo data de 1850 y se debe al celebrado
poeta cordobés Hilario Ascasubi radicado desde hacía
mucho tiempo en nuestra ciudad. En ese año la Im-
prenta de la Caridad tira las dos primeras entregas
de Los mellizos ó rasgos dramáticos de la vida del
gaucho en las campañas y praderas de la República
Argentina firmado por "H. A." que no es otra cosa
que la primera cristalización del "Santos Vega", Al
final de cada entrega figura un índice alfabético de
las voces y modismos usados en .el libro, con su
correspondiente explicación. Ya en folletos anterio-
res publicados en Montevideo en la época de la
Guerra Grande, Ascasubi había anotado los neolo-
gismos usados, en breves indicaciones al pie de sus
páginas, pero en estos dos folletos de 1850 realiza
un esfuerzo de mayor alcance y los ordena alfabé-
ticamente realizando su exégesis con breves y pre-
ciosas indicaciones sobre el habla campesina y popu-
lar. Es curioso observar de paso, la diferencia que va
desde Los mellizos hasta el definitivo "Santos Vega'*:
estas primeras entregas, con grandes diferencias, ape-
nas alcanzan a una tercera parte del poema total.
El segundo vocabulario criollo fue publicado en
unos capítulos de los Estudios históricos, políticos y
CXIII]
PRÓLOGO
sociales sobre el Río de la Plata de Alejandro Maga-
nños Cervantes editados en París en 1854, Con una
precisión encomiable, su autor analiza las voces más
transitadas de la primitiva poesía gauchesca y hace
incursiones sociológicas muy pertinentes acerca de las
condiciones de la vida rural en el Uruguay en la
primera mitad del siglo XIX.
En los Estudios literarios de Francisco Bauza
publicados en 1885, se analizan primorosamente en
la serie final "Cuadros de costumbres", las mismas
condiciones socio-culturales de la campaña uruguaya,
pero la obra no posee vocabulario explícito.
El tercero viene a ser, pues, el vocabulario de
Granada, quien, conocedor experto de todo lo produ-
cido anteriormente en el Uruguay en estas discipli-
nas, solicita a Maganños Cervantes la tutela literaria
de su obra y éste, entonces, elabora el sagaz juicio
crítico que figura en las dos ediciones del siglo XIX.
Como toda obra rica y fecunda, el Vocabulario
de Granada es polivalente. El etnólogo, el lingüista,
el folklorista, el botánico, el zoólogo, pueden hallar
en él una fuente certera de observación y crítica; en
todo caso, es un testimonio del más alto nivel de
algunas de estas disciplinas en la época en que se
publica. Pero vamos a centrar nuestro estudio sobre
una sola de las resonancias que provoca su libro: la
que tiene relación con la ciencia del Folklore.
Daniel Granada es el proto-folklorista uru-
guayo y, me atrevería a agregar, noplatense. Hasta
su advenimiento, la ciencia del Folklore no ha sido
desflorada en nuestro medio. En la década 1880-1890
que precede a la aparición del libro de Granada, se
ha producido en el Uruguay un movimiento típico
[XIV]
PRÓ LOGO
que anuncia, como en todas partes, el nacimiento de
esta nueva ciencia: es el movimiento del "memo-
rialista".
Cuando William John Thoms, bajo el seudó-
nimo de Ambrose Merton, propuso la adopción de
la palabra "Folklore" en su memorable artículo
aparecido en el número del 22 de agosto de 1846 de
la revista londinense "The Athenaeum", al delimitar
el campo de esta especulación naciente, se refirió con-
cretamente a lo que "en Inglaterra designamos con
el nombre de Antigüedades Populares (aunque en-
tre paréntesis es más bien un Saber Tradicional que
una literatura y podría describirse más propiamente
con una buena palabra compuesta anglosajona, Folk-
Lore, el saber tradicional del Pueblo)",
Bajo el rubro, pues de "Antigüedades" corría
desde hacía muchos años en Europa el estudio del
saber popular y durante varias décadas posteriores,
el Folklore — ya bautizado con este nombre — siguió
siendo el relato de ancianidades memoriosas sobre
viejas consejas, refranes, canciones, cuentos y adivi-
nanzas. Bajo este cariz la disciplina llegó al Río de
la Plata en el último cuarto del siglo XIX y enton-
ces, dos años después de los Estudios literarios de
Bauzá, Isidoro De-María publicó en 1887 el primer
tomo de sus Tradiciones y recuerdos. Montevideo
antiguo y dio nacimiento a un género literario pre-
cursor de los estudios folklóricos: el de las memorias
locales. Junto a la información recibida por la vía
del documento histórico escrito, De-María intentó
paralelamente describir los usos y costumbres no ofi-
ciales de la sociedad de antaño en que le tocó vivir
[XV}
PRO LOGO
Al calor de su infeliz intento nacieron rápidamente
otras obras similares.
Entonces, sobre este fondo de amables recuer-
dos, Granada inició una línea de especulación cien-
tífica en su Vocabulario noplatense razonado de 1889
que culminó en la Reseña histórico-descriptiva de
antiguas y modernas supersticiones del Río de la
Plata de 1896, obra esta última seriamente plantada
en el terreno directo del Folklore histórico. En rela-
ción con este segundo libro, el Vocabulario es un
simple ejercicio previo de aclaración de términos. La
Reseña, en cambio, es una incursión histórica sobre
el estudio de las supersticiones que aún está espe-
rando el recolector de campo en nuestro medio que
encare científica y sistematizadamente su releva-
miento, crítica y publicación en los tiempos actuales
De todas maneras, supone el primer intento en serio
dentro del estudio de esta disciplina.
El primero en manejar el término "Folklore"
en un libro uruguayo es justamente Daniel Granada
en cuyo prólogo a la Reseña de 1896 da una visión
muy lúcida de esta ciencia naciente:
"Los modernos estudios del folk4ore, que
tanto favor alcanzan en los centros de mayor cul-
tura, se proponen recoger las tradiciones his-
tóricas, cosmogónicas y gentílicas conservadas
en la mente vulgar y en los hábitos y costum-
bres, sm despreciar las más pueriles aficiones
y ridículos entretenimientos de la gente senci-
lla, niños y viejos. Junta y almacena el folklo-
rista (que así titulan a este nuevo rebuscador
de cosas viejas) cuantas curiosidades y rarezas
halla en el seno de la sociedad actual, ofre-
(XVI]
PRÓLOGO
ciendo a la consideración de los eruditos mul-
titud de pormenores y, digámoslo así, desper-
dicios dejados en el campo de Ja observación
por la pluma grave del historiador y el soció-
logo".
El Vocabulario es un preludio a la Reseña pero
tiene ya finísimas observaciones. Cuando describe el
vocablo * f Misia", tratamiento que se da a una mujer
cuya amistad se cultiva, Granada realiza verdaderos
primores de observación directa:
"En el Río de la Plata no hay tnt sia, m
miseá, ni mista; sino lisa y llanamente mista.
Usalo la gente culta, y si hay en ello remusgo
de vulgaridad, debe de ser muy tenue porque
no se nota por acá. Por acá, al contrario, parece
sonar toscamente en ios oídos la socorrida doña,
con todo su señorío.
Hemos dicho en la definición que mtsia
es un distintivo que se antepone obsequiosa-
mente el nombre propio de una señora cuya
amistad se cultiva, porque no siendo persona a
quien tratamos, le corresponde necesariamente
doña» Y aun siendo de nuestra amistad, sólo
puede usarse del mista dirigiéndole la palabra
o nombrándola entre personas que también se
traten con ella. En suma, señora doña es el tra-
tamiento verdaderamente respetuoso y distin-
guido, si bien el distintivo doña está bastante
vulgarizado, y mtsia es distintivo familiar usado
por la gente culta cuando se dirige a personas
de su misma condición» Dicho se está que mista,
{XVin
PRÓ LOGO
aunque equivale a mi señora^ no va nunca
acompañada de doña, que, al cabo, equivale a
la misma cosa".
Esta observación se complementa con el conciso
parágrafo sobre "Arcaísmo de pronombre y verbo".
Granada sintió la necesidad de hacer funcionar
ios términos de su vocabulario dentro del habla nor-
mal del área en que viven, para ajusfarlos a la reali-
dad palpitante. Una simple y lisa definición de los
mismos no los hubiera esclarecido tanto como la
transcripción de la frase total en que se incrustan.
En este sentido, trae numerosos ejemplos del estilo
coloquial, ya en viejos documentos escritos, ya en la
transcripción de sus observaciones de campo. Y en
estas articulaciones de los vocablos tratados, la ob-
servación directa de Granada llega a límites de ver-
dadera fineza, tal como el parágrafo "Llapa" que
explica como donativo que el mercader hace al mar-
chante en el acto de despachar la compra:
"Una chinita en una pulpería: «Media li-
bra de yerba y una cuarta de azúcar . . . Ahora
déme la llapa». El pulpero, dándole tres o cua-
tro maníes: «Toma la ñapa». Una compañera
de la compradora: «¿qué yapa te dio, che?»".
En el largo estudio sobre las "Expresiones pro-
verbiales" ensaya el folklore comparado y da en la
flor de una concordancia certera entre el refranero
criollo y sus fuentes españolas de los siglos XVI y
XVII. En este sentido Granada disponía, además, de
la bibliografía americana más saneada en cuanto a
lexicografía y en el Prólogo demuestra su contacto
t XVIII ]
PRÓ LOGO
directo y permanente con los trabajos de Andrés
Bello, Rufino José Cuervo, Marcos Jiménez de la
Espada, Pedro Paz-Soldán, Zorobabel Rodríguez,
Beaurepaire-Rohan, Miguel Luis Amunáregui, Miguel
Colmeiro, Juan Vilano va y Piera, Fidelis P. del Solar,
Baldomero Rivodó, etc.
* Asistido, pues, del mejor aparato bibliográfico,
Granada comienza a paso seguro su faena y ordena
sus papeletas en este vocabulario para penetrar un
lustro más tarde en el tema de las supersticiones con
espíritu severamente analítico.
Al publicar su segunda edición del Vocabulario,
casi todo él incorporado hoy al Diccionario de la Len-
gua. Española, Granada siguió trabajando penetrante-
mente en los estudios lingüísticos americanos y nos
dejó vanos ensayos aún más grávidos y completos
que fueron publicados en su libro postumo Apunta-
mientos sobre lexicografía americana.
Entre tanto el Vocabulario se yergue como un
aporte preliminar pero también imprescindible para
el estudio del folklore uruguayo.
Lauro Ayestarán.
[XIX]
CRITERIO DE LA EDICIÓN
El Vocabulario ríoplatense razonado se publica por ter-
cera vez, siendo sus ediciones anteriores las siguientes:
Montevideo, "Imprenta Elzevinana" de C Becchi y Cía , 1889;
y 2 a edición, Montevideo, "Imprenta Rural", 1890.
La presente edición reproduce la de 1890, suprimiendo
el juicio crítico de Alejandro Maganños Cervantes y las dos
cartas de Ju?tl Valera que Granada colocó al frente del volu-
men, e incorporando las correcciones que se indican en la
fe de erratas. Se ha modernizado, además, la ortografía y
salvado algún error evidente
En la pág 100 de esta edición, se agregan entre corchetes
las líneas 13-16 (ejemplo correspondiente al artículo Matungo
y definición del artículo Maturrango) que no figuran en el
texto utilizado, tomándolas de la pág 195 de la edición de
1889 En las págs 243-244 y 267 del mismo tomo, se ha
restablecido el orden alfabético en la enumeración de villas
que en ellas se lleva a cabo.
A P.
VOCABULARIO
RIOPLATENSE
RAZONADO
DANIEL GRANADA
Nació en Vigo (España) en 1847 Niño aun se traslada
en compañía de su familia a Montevideo, donde cursa sus
estudios, finalizando su bachillerato en 1867. Se licenua en
jurisprudencia en 1870 y, en 1872, obtiene su título de
abogado Mientras tanto, de 1868 a 1873, ocupa el cargo de
Prosecretario del Consejo Universitario y* desde este año a
1875, el de Oficial Mayor del Ministerio de Guerra y Marina
Ingresa luego en la magistratura, desempeñando sucesiva-
mente los cargos de Juez Letrado de Comercio y Juez del
Crimen de la 2* Sección Enseña literatura en los cursos del
Ateneo y dicta interinamente, a fines de 1884, el curso de
Derecho Natural e Internacional de la Facultad de Derecho
Pasa más tarde a residir en la ciudad de Salto Allí ejerce
su profesión, redacta el diario "El Arapey" (1887) y com-
pone sus obras fundamentales Vocabulario rtoplatense razo-
nado (Montevideo, 1899) y Reseña hstórtco-descnptira de
antiguas y modernas supersticiones del Rio de la Plata (Mon-
tevideo, 1896). Es nombrado Miembro Correspondiente de la
Real Academia Española, viaja por el Paraguay y la República
Atgentina y, hacia 1904, regresa definitivamente a España,
donde colabora en el "Boletín de la Real Academia Española",
y fallece en Madrid, el 3 de setiembre de 1929.
Luego de su muerte, la Academia Argentina de Letras
editó el volumen Apuntamientos sobre lexicografía americana
y otros estudios filológicos (Buenos Aires, 1948), que recoge
sus últimos, escritos Se afirma que dejó inconcluso un trabajo
sobre los límites de Bohvia y Paraguay, encargado por el
Ministro de este país en España
PRÓLOGO DEL AUTOR
Auge de la lengua castellana. — Contribución que le
prestan las nativas de América. — La quichua, arau-
cana y guaraní en el Río de la Plata. — Elementos
lexicográficos que de ellas se han derivado. — Voces
emanadas de otras fuentes. — Mejoramiento de la
lengua. — Concurso de las repúblicas hispanoame-
ricanas. — Lexicografía hispanoamericana. — Voca*
bularlo rioplatense razonado. — Literatura hispano-
americana al tiempo de la emancipación de las colo-
nias: oda de Labardén al Paraná. — Conclusión.
1. — Diversas naciones extrañas, instigadas por
sed de riquezas, placeres y mando, invadieron suce-
sivamente el combatido suelo ibérico, asentando en
él sus lares. Los moradores indígenas, defendiendo
su autonomía nativa sin darse jamás a partido, su-
pieron, cuando no echar de sí el irresistible torrente
advenedizo, todavía estancarlo y absorberlo en su
mismo seno, convertirlo en substancia propia, en sa-
via de su vida. Así en resolución latinos, godos y
árabes acabaron por constituir una nueva nacionali-
dad en los campos de batalla, fundiendo en molde
acerado sus opuestas costumbres, índole y lenguaje.
Tal era la España de la decimoquinta centuria: esos
[3]
DANIEL GRANADA
los hombres que poco después se adueñaron de la
parte de globo que hasta entonces había permane-
cido oculta al occidente del proceloso Atlántico, pero
ya vislumbrada por intuición profética del filósofo
Séneca, justamente cuando se iban a forjar y a tem-
plar los férreos elementos informantes de la gene-
ración a quien estaba destinada. Tan luego como ésta
hubo deshecho el último atrincheramiento de los
moros, a su vez se hizo avasalladora, y, exuberante
de energía, derramó con profusión su vida y fuerzas
por el mundo. La superioridad de las armas trajo
consigo la celsitud del ingenio. En homérica frase,
digna del asunto, recuerda este período histórico el
sabio e ilustre académico D. Antonio Cánovas del
Castillo. «Viose a los españoles, dice, durante el si-
glo XVI, aprender y enseñar en las sabias univer-
sidades de Francia o Flandes; rimar y construir es-
trofas en la ribera de Ñapóles o las orillas del Po,
al tiempo mismo que el Ariosto y el Tasso, estu-
diando a la par con ellos al Petrarca y al Bocaccio;
predicar en Inglaterra la verdad católica a los mal
convenidos subditos de la reina María; disputar doc-
tamente en Alemania, secundando con sus silogis-
mos los golpes de la temida espada de Carlos V;
plantear, profundizar, ilustrar en Trento las más com-
plicadas cuestiones teológicas, produciendo con arre-
glo a su método y principios, abundantes y preciados
libros, no ya sólo de teología, sino de derecho na-
tural y público, de jurisprudencia canónica y civil.
Ni los estudios lingüísticos, ni los escriturarios, ni
las matemáticas, ni la astronomía, ni la topografía,
ni la numismática, m la historia en general, materias
tan descuidadas más tarde, dejaron de florecer tam-
poco durante el período referido, con ser aquel mis*
t4]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
mo el que vio nacer, por causa de la oculta y ame-
nazadora invasión del protestantismo, los mayores
rigores de la censura real y eclesiástica en España.»
De seguro es universalmente escuchado con admira-
ción y respeto quien, al paso que por el filo de la
espada va sujetando poderosos reinos y vastas pro-
vincias lejanas, se hace lugar en las lides del pen-
samiento con la claridad y lustre de sus letras. ¿Qué
mucho, por consecuencia, que el filólogo fray Miguel
Salinas manifestase a la sazón con llaneza, que, si
escribía en romance el Libro apologético de la buena
y docta pronunciación que guardaron los antiguos,
era, entre otras razones, por ser nuestro lenguaje
casi entendido por toda Europa? Pero fue mayor aún
el dominio que llegó a ejercer por entonces en el
mundo la lengua castellana; pues, al propio tiempo
que vigorizaba su contextura en manos de escritores
insignes, cuyas obras, tanto como en España, se im-
primían en Italia, Francia, Inglaterra, Flandes y Ale-
mania, con acento heroico resonaba en el grandioso
escenario abierto por el genio de Colón a los ojos
del orbe asombrado. España, cuyos guerreros, ave-
zados a matar y morir sin lástima ni dolor, escucha-
ban atónitos los imprecatorios apostrofes de fray
Bartolomé de las Casas, enseñoreóse prestamente del
indiano hemisferio, haciéndolo segunda patria de sus
hijos, quienes no escrupulizaron en mezclar su san-
gre generosa con la sangre de las razas conquistadas.
La regia lengua de Castilla, vinculada de ese modo
a nuevo, amplio y variado teatro, asimilóse multitud
de eufónicas voces nativas, que le dan subido realce,
a la vez que la ennoblecen como rastros de antiguo
poderío. «Grandioso espectáculo, observa el egregio
literato D. Rufino José Cuervo, el de ver extenderse
13}
DANIEL GRANADA
la lengua de los Incas en toda la América meridional,
por medio de los mismos que derrocaban su imperio;
no de otra suerte el huracán que descuaja un árbol
corpulento lleva en sus alas la semilla que ha de
propagarle en lejanas comarcas.» Calculaba, a me-
diados del siglo pasado, el erudito benedictino Fr.
Martín Sarmiento que las voces procedentes de las
Indias Orientales y Occidentales componían una dé-
cima parte de la lengua castellana. D. Antonio de
Alcedo puso un breve vocabulario de las de América
al final de su preciado Diccionario geo gráfico- histó-
rico de las Indias Occidentales; pero en realidad de
verdad nadie se ha ocupado formalmente en hacer
un inventario completo de ellas, ni antes ni después
de la emancipación de las antiguas colonias. De ahí
que se hayan ido olvidando y desestimando como
vulgares muchas voces americanas que en otro tiem-
po corrieron validas, y que sea tan corto a propor-
ción el número de las que registra la Real Academia
Española en su obra clásica, paladión de la lengua a
que rindieron tributo las perfumadas Antillas, los
brillantes imperios de Motezuma y del Inca, el in-
domable Arauco y las innúmeras tribus guaraníes
que armaban sus toldos entre el Plata y el Orinoco.
2. — Nuestro intento en el particular se con-
trae a la parte de continente que abrió Solís a la
colonización española: las regiones que caen al Plata.
Tres idiomas aborígenes actuaron principalmente en
los países que abarca: el quichua, el araucano y el
guaraní. El quichua y el araucano extendiéronse en
las provincias argentinas de arriba, que son las que
están próximas a la cordillera de los Andes; aquél
en las que miran al Perú, y el segundo en las que a
[6]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Chile. En las comarcas regadas por el Uruguay, Pa-
raná y Paraguay prevaleció el guaraní, lengua tan
copiosa y elegante } decía el ínclito misionero Anto-
nio Ruiz de Montoya, que con razón puede competir
con las de fama. Las naciones hispanoamericanas
comprendidas en el vasto territorio de que hablamos,
parte del antiguo virreinato del Río de la Plata, son
la República Argentina, la República Oriental del
Uruguay y la República del Paraguay.
Las célebres leyes de Indias mandaron establecer
en las universidades de América cátedras donde se
enseñase el idioma particular de los naturales comar-
canos, imponiendo a los doctrineros la obligación de
aprenderlo cuidadosamente y de dar pruebas notorias
de suficiencia y pericia a su respecto, so pena de ser
reputados inhábiles para desempeñar su ministerio.
Pero, tanto como la obediencia a los mandatos so-
beranos, el ardiente celo de los misioneros, y seña-
ladamente de los jesuítas, trajo consigo el imponde-
rable beneficio de constituir gramaticalmente, a par
de las europeas, las lenguas americanas, haciéndolas
entrar por cauce lexicológico en perpetuos monumen-
tos escritos. ( 1 ) A su luz puede hoy descubrir el
movimiento generador que las informara, quien se
proponga penetrarlo en una época en que, ya muy
transfiguradas, necesaria y precipitadamente se van
extinguiendo en torpes labios. Leves restos estropea-
dos del quichua quedan aún en las provincias argen-
tinas arribeñas del norte, del araucano en la Pampa,
y del guaraní, más cercanos a su pureza originaria,
en el Paraguay, muy corruptos y entreverados con el
castellano, en Corrientes y Misiones. Hállanse estos
(l) D Marcelino Menéndez Pelayo pone una lisca de elioa en el
t 3? de su erudita obra La ctenua española, últ ed
[7}
DANIEL GRANADA
residuos de las lenguas aborígenes en la precaria con-
dición de dialectos destinados a desaparecer por com-
pleto en no larga serie de años. Así lo tiene decre-
tado la fatalidad de los hechos históricos, cuya efi-
cacia es incontrastable. «En America, advertía el gra-
ve pensador D. Andrés Bello, está pronunciado el
fallo de destrucción sobre el tipo nativo. Las razas
indígenas desaparecen, y se perderán a la larga en las
colonias de los pueblos trasatlánticos, sin dejar más
vestigios que unas pocas palabras naturalizadas en
los idiomas advenedizos, ? monumentos esparcidos
a que los viajeros curiosos preguntarán en vano el
nombre y las señas de la civilización que les dio el
ser.» Excusado es detenerse a comprobar la verdad
que entraña pronóstico de tan radical exterminio;
pues lo hemos visto ya realzado en conjunto, y aun
hoy todavía estamos presenciando su acerbidad eje-
cutiva en lo poco que de él resta por cumplirse.
El idioma castellano, no obstante, en cuanto al
Río de la Plata atañe, guardará memoria del quichua
y el araucano, y mucho más visiblemente del guara-
ní, en mediano caudal de elementos lexicográficos,
unos recibidos por solo el uso, y otros adoptados en
atención a las ventajas o conveniencias que ofrecían.
¿Cuántas voces nativas, originarias de los susodichos
idiomas; voces que dan a conocer de un modo pre-
ciso objetos para cuya expresión sería necesario, si
careciésemos de su auxilio, echar mano de circunlo-
quios o atenerse a palabras de vago sentido; cuántas
voces de esa condición, repetimos, no forman ya de
hecho parte integrante de la lengua castellana en el
Río de la Plata, y cuantas, que determinan la dife-
rencia específica de animales, árboles y plantas cono*
cidas por otros nombres en España, no se hallan en el
[8]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
mismo caso? Prescindiendo de las de esta última clase,
por ser indubitable, notoria, la necesidad de su incorpo-
ración a la lengua, haremos mención de algunas de las
que expresan objetos de uso común o ideas abstractas.
Chuño, fécula de la patata; cancha, en sentido gené-
rico, recinto, sitio o paraje llano y desembarazado;
tapera, habitación ruinosa y abandonada, particular-
mente si está en medio del campo; cbarabón, no em-
plumecido del todo; bincha, cinta ceñida a la cabeza,
para sujetar el pelo; bagual, caballo salvaje; catinga,
olor pesado y vehemente que despiden algunos ani-
males, etc.; tambo, cuadra o corral de vacas donde
se expende leche; vacaray, ternero nonato; guasca,
tira corta de cuero; quincha, trama de junco o de
cualquiera otra hierba semejante; ñanduti, tejido que
imita el de cierta telaraña; zapallo, calabaza comes-
tible; porongo, calabaza silvestre amarga; chala, hoja
que envuelve la mazorca del maíz; choclo, maíz
tierno o todavía en leche; mátete, mezcla inconsis-
tente e inservible de sustancias deshechas en un lí-
quido.
Crecido es el número de vocablos procedentes
de las lenguas aborígenes de que venimos hablando,
parte castellanizados, y el resto en su primitiva forma
admitidos sin dificultad por el vulgo, como que para
ser buenamente adaptados a la nuestra no han nece-
sitado más que una ligera alteración en el modo de
emitir y articular las vocales y consonantes de que
constan. Mas el concurso lexicográfico que ofrecen
los países que ocupan la cuenca del Plata y sus afluen-
tes, o sea argentinos, orientales y paraguayos, no está
circunscrito a las voces originarias del guaraní, qui-
chua y araucano, sino que también comprende otras
que traen su origen de fuentes más lejanas del con-
[9]
DANIEL GRANADA
tinente, como el antiguo Anáhuac y las Antillas, o
que en barcos negreros han pasado a América de las
costas occidentales del Africa, o bien de solar y casta
española, que allende los mares han muerto ya por
olvido o que han sido acomodadas a necesidades, ob-
jetos o usos particulares de la tierra en que se apli-
can, o que deben su formación por entero, salva la
raíz, al ingenio o industria de las gentes donde corren,
Méjico abrió la primera pulpería: de las islas de
Barlovento salió el baqueano navegando en su ca-
noa; y la mucama bebió en las cachimbas de los
arenales del Senegal. El estero, en las planicies de
Corrientes, del Paraguay, del Chaco, ¿qué tiene de
semejante con el brazo a veces navegable de un río?
El albardón enriquece la nomenclatura geográfica:
loma entte aguas. ¡Cuan bellamente significativa no
es la palabra salto aplicada a un rio gigantesco, que,
embarazado por formidable cadena de negros peñas-
cos, apresura su carrera, se enfurece y salta con es-
pantosos clamores a la parte inferior del lecho! El
indio ladtno nos hace recordar al árabe hablando
perspicuamente el romance. Acaso algún morisco que
logró burlar la prohibición que tenían de pasar a
América los de su raza, observó primero que el
cristiano de su misma patria los terrenos guadalosos
de las provincias arribeñas.
La mayor parte de las voces de que se trata,
carecen de valimiento literario, no obstante los ante-
cedentes y circunstancias que tan notoriamente las
abonan y legitiman, ora en clase de provinciales o
particulares del Río de la Plata, ora en su condición
de comunes a otros o a todos los demás países de la
América española; antes andan sin tutela, peregri-
nando dispersas, de tapera en galpón, tal vez mal-
[10}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
tratadas en boca del vulgo, con detrimento de su
genuina significación, valor etimológico y estructura
silábica. Sin embargo, la contribución que la Amé-
rica española ha prestado y ofrece al caudal de la
lengua, es tan justificada y digna de favorable aco-
gida, como lo fueron en su tiempo el latín, gótico
y árabe, y como hoy en día lo son el gallego, catalán
y vascuence, y mucho más, sin la menor sombra de
duda, que el francés, el italiano, el inglés, el alemán
o cualquiera otro de los idiomas extraños que se
mascullan en Europa. Es verdad que casi todas las
voces a que aludimos, se hallan en la modesta con-
dición de provinciales, y que sería descabellada
pretensión la de quien se empeñase en incor-
porarlas indistintamente al inventario general de la
lengua; pero si Góngora trasladó llanamente a tierra
española el fragoso arcabuco de América, y Mateo
Alemán puso en él un baquiano, ¿quién censuraría
que un ingenio español de la era presente tuviese
por cosa oportuna o útil valerse de los términos
chuño, zapallo, choclo, ñandutí, bincha, catinga, can-
cha, albardón u otros semejantes, para expresar los
objetos que respectivamente significan? De todos
modos, ya se considere la dilatación que estos ele-
mentos lexicográficos pueden adquirir con el tiempo,
ya se tenga sólo en cuenta su importancia relativa,
por lo que hace a la vida íntima, literatura, geogra-
fía e historia del Río de la Plata y en general de la
América española, no se puede negar que es lamen-
table permanezcan arrinconados. Y más lamentable
sería aún que llegasen a desaparecer sepultados bajo
el impuro aluvión de voces exóticas, malsonantes y
superfluas que la moda irreflexiva populariza un día
y otro así en América como en España, desluciendo
CU]
DANIEL GRANADA
e injuriando el habla en que Ercilla cantó la pujan-
za de los araucanos. Tal la huérfana de claro abolen-
go, favorecida de la naturaleza con abundantes dotes
personales, a beneficio de las cuales hubiera podido
brillar en el mundo, desamparada, acaba por desco-
nocerse, ludibrio de las gentes.
3. — La ilustre Academia Española, con gene-
roso anhelo, ha promovido el establecimiento de
cuerpos correspondientes de ella en las repúblicas
hispanoamericanas, la mayor parte de las cuales,
Méjico, San Salvador, Venezuela, Colombia, Ecuador,
Peni y no estamos seguros si Chile, han respondido
noblemente a tan honrosa iniciativa, cuya realiza-
ción señala el comienzo de una esplendente era lite-
rana, presidida por el genio de dos mundos. Atinada-
mente hace notar en sus Cartas americanas (1) el
insigne crítico don Juan Valera que «las literaturas
de Méjico, Colombia, Chile, Perú y demás repúbli-
cas, sí bien se conciben separadas, no cobran unidad
superior y no son literatura general hispanoameri-
cana, sino en virtud de un lazo, para cuya formación
es menester contar con la metrópoli.» ¡Qué magní-
fica perspectiva! ¡Americanos y españoles ocupados
de consuno en regularizar y pulir el varonil y pers-
picuo lenguaje en que la sublime fantasía del nave-
gante genovés anunció, con bíblico entusiasmo, el
lujo paradisíaco de las Indias! ¡Los Ercilla y Pedro de
Oña inmortalizando las acciones heroicas; los Ruiz de
(1) Lis Cartas americanas por don Juan Valer a, cuya primara
sene se ha dado recientemente a la estampa, echan los fundamentos
de la historia crítica de la literatura hispanoamericana, a la par que
ofrecen un brillante y amenísimo cuadro de la todavía caótica vida
literaria de la América espaBola, reflejando más v más embellecida la
luz mental del Nuevo Mundo
{12}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Alarcón midiendo sus armas en un mismo campo
con los Lope de Vega; los Feijoo y Peralta Barnuevo
esparciendo la luz de la sabiduría; los Quintana y
Olmedo cantando a la libertad! ¡Lástima que las
repúblicas del Plata, fértil suelo de preclaros ingenios,
no se hallen ya representadas en esta altísima confe-
deración literaria, contribuyendo a perfeccionar la
primorosa labor a que solícitamente se están dedi-
cando sus doctas hermanas! ¿Cómo formar el inven-
tario completo de la lengua castellana, sin el con-
curso simultáneo de todos los pueblos de habla espa-
ñola, representados en corporaciones donde se con-
centren los más brillantes rayos de su vida literaria?
D. Andrés Bello ju2gaba tan importante la conser-
vación de la lengua castellana en su posible pureza,
que veía en ello un medio providencial de comuni-
cación y un vínculo de fraternidad entre las varias
naciones de origen español derramadas sobre los dos
continentes, induciéndole a componer su magistral
Gramática el peligro de que las alteraciones con que
en América se suele enturbiar el idioma llegasen a
«convertirlo en una multitud de dialectos irregulares,
licenciosos, bárbaros, embriones de idiomas futuros,
que durante una larga elaboración, reproducirían en
América lo que fue la Europa en el tenebroso pe-
ríodo de la corrupción del latín,» «¿Cuál será la
norma a que todos hayamos de sujetarnos?» pre-
gunta D. Rufino José Cuervo. «Ya que la razón
no lo pidiera, prosigue, la necesidad nos forzaría a
tomar por dechado de nuestro hablar a la lengua que
nos vino de Casulla, donde nació, y, llevando su
nombre, creció y se ilustró con el cultivo de emi-
nentísimos escritores, envidia de las naciones extrañas
y encanto de todo el mundo: tipo único reconocido
£13]
DANIEL GRANADA
entre los pueblos civilizados, a que debe atenerse
quien desee ser entendido y estimado entre ellos.
Desechado éste, pero reconocida la ventaja de un
solo medio de comunicación, ¿cuál entre los países
de Hispanoameüca descuella tanto por su cultu-
ra que dé la ley a los demás hermanos, les im-
ponga sus idiotismos y alcance a arrancar de ellos
para sí el pleito homenaje que de grado rinden hoy
a la autoridad de la madre, sancionado por los siglos
y el consentimiento universal? Excusado parecería
tocar este punto si personas desorientadas que miran
con ridículo encono cuanto lleva el nombre de Es-
paña y cierran ios ojos para no ver que en todo lo
relativo a lenguaje hemos de acudir a ella, como que
gramáticas y diccionarios son españoles o fundados
sobre lo español, no graduasen de indigno vasallaje
el acatamiento razonable que todos — y ellas mismas
sin quererlo confesar — rendimos a la preeminencia
de su literatura, y pretendiesen preconizar por árbi-
tros de nuestra lengua a solos los escritores ameri-
canos». La sabiduría de los esclarecidos literatos que
de forma tan discreta como elocuente pregonan la
necesidad de un vínculo que unifique el movimiento
progresivo y vario de la lengua castellana en los
diversos países que la disfrutan a título de patrimonio
común, nos excusa de empeñarnos en justificar con
mayores razonamientos designio tan levantado y plau-
sible. A él responde el inmediato, primordial encargo
de las Academias Americanas Correspondientes de la
Española: velar sobre la lengua castellana; y velar
sobre una lengua, es velar por la conservación de su
peculiar estructura y por su pureza relativa. Decimos
por su pureza relativa, porque el caudal lexicográ-
fico de una lengua determinada es incapaz de tributar
[U]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
suficientemente por sí solo a los nuevos usos y cos-
tumbres y crecientes necesidades de una nación, que
es quien inventa y forma los vocablos, imprimiéndo-
les el sello propio de su carácter. Del lenguaje ha-
blado pasan luego éstos al lenguaje escrito, cobrando
crédito y autoridad con el prestigio literario que les
comunican escritores y poetas entendidos y discretos.
Entonces el lexicólogo los analiza gramaticalmente,
y el lexicógrafo los registra en el inventario de la
lengua a que pertenecen, determinando su sentido y
aplicaciones. Tales son el origen y trámites corres-
pondientes a la pureza de los vocablos. Las voces
exóticas introducidas por la ignorancia, el capricho o
la moda, particularmente en las ciudades populosas,
que son las más heterogéneas y por consecuencia las
menos nacionales, deben reputarse y ser desechadas
como moneda falsa. Así entendemos que lo practica
la Real Academia Española: nunca ha cefrado la
puerta a voces nuevas legitimadas por uso compe-
tentemente autorizado por escritores de nota. Era
natural asimismo que esta docta corporación recono-
ciese que las voces nativas de América se hallan en
el mismo caso que las nativas de España, y que las
clasificase según la extensión de su uso, pues unas
han entrado ya en el cauce general de la lengua, otras
solamente son de América y no comunes a España,
y otras permanecen en la reducida esfera de provin-
ciales o particulares de alguna o algunas repúblicas
hispanoamericanas. Tal las reconoce y clasifica, con
efecto, la Real Academia Española en su Diccionario
de la lengua castellana. La duodécima edición (últi-
ma), que dio a la estampa en el año 1884, es regular
que adolezca de imperfecciones semejantes a las que
la crítica razonada advierte, sin excepción, en todas
[15]
DANIEL GRANADA
las obras de su género antiguas y modernas. Los que,
acaso con menor crédito y suficiencia que sus autores,
innoble y toscamente los zahieren, descubriendo o
pareciéndoles descubrir sus fáciles yerros, de seguro
quedan señores del campo, pues nadie ha de irles
a la mano en tan desairado y poco envidiable lance.
Pero de eso a que, por reverencial temor, callen,
hay una distancia inmensa: ni el hombre que real-
mente sabe, mira semejante rendimiento con buenos
ojos; antes le causa pesadumbre. Aun los trabajos
que se contraen con especialidad al estudio del len-
guaje de ciertos países, son defectuosos; algunos en
extremo, con ser sus autores hombres ilustrados:
¡cuánto mayor no ha de serlo un léxico que abraza
el habla de la totalidad de las naciones a que perte-
nece! En lo tocante a América la dificultad sube de
punto, por la escasez de estudios lexicológicos de su
peculiar lenguaje. Prometerse, por tanto, que el Dic-
cionario de la Academia encierre la verdad incon-
cusa, es imaginación inocente. Así registra este léxico
crecido número de voces americanas, señaladamente
de Méjico y el Perú; pero ninguna hemos hallado
en él que sea particular del Río de la Plata. Algunas
de las que define, comunes al Río de la Plata y a
otros países de América que menciona, no dan idea
cabal del objeto que expresan. El indio del antiguo
Perú figura descalzado de la precisa opta. La pulpe-
ría deja de ser lo que ha sido siempre en América:
un compuesto de abacería y taberna; tomándose por
condiciones características de ella, circunstancias me-
ramente accidentales que con frecuencia la acompa-
ñan. Quien entra en una pulpería, no pregunta si
hay caña, yerba, azúcar, grasa, etc., porque, siendo
pulpería, supone que hay todo eso; pero pregunta
116}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
si hay ponchos, sombreros, botas, zaraza, hilo, re-
benques, espuelas, cuchillos, etc.; porque estas cosas
no son precisamente artículos de pulpería, aunque es
probable que los tenga, caso de estar situada en me-
dio del campo o en pueblos de poca importancia. La
hierba (acaso, en realidad, la espadaña) que, desde
Chile y Río de la Plata, hasta el Ecuador cuando me-
nos, lleva el nombre de totora, aparece localizada
en la laguna de Chucuito, habiéndola en toda la
América meridional, y probablemente también en la
del norte. Voces generales de toda o casi toda la
América española, se indican como particulares de
una u otra de las repúblicas que la constituyen. Ello
es lo cierto, en resolución, que la Real Academia
Española necesita recurrir al testimonio de los ex-
traños para determinar el uso y fijar el sentido de
las voces americanas que no han llegado a ser co-
munes a España: que es raro encontrar testigos fe-
hacientes, mayores de toda excepción, sobre cosas
para cuya explicación inteligible y cabal no basta te-
ner memoria, entendimiento y voluntad; y que, en
cuanto a las voces anticuadas, que para el prolijo
estudio y recto conocimiento de la geografía e his-
toria conviene se hallen registradas en el inventario
general de la lengua a que pertenecen, le será harto
dificultoso desempeñar con entera propiedad y exac-
titud su delicada tarea, sino mediante las noticias y
datos que asimismo le sean suministrados por sujetos
residentes en América, donde quedan aún vestigios
y tradicionales reminiscencias de lo que significaron
cuando vigentes, a favor de los cuales y de las cua-
les será asequible poner en claro las indicaciones os-
curas o contradictorias que a su respecto aparecen
frecuentemente en los escritos antiguos
[17]
DANIEL GRANADA
La valiosa contribución que la América está en
aptitud de prestar ventajosamente con los vastos re-
cursos que le proporciona su riqueza intelectual e
histórica, siempre ha sido tenida en mucho por los
sabios españoles que dedicaron sus desvelos al mayor
lustre y gloria de las letras. ¡Con qué generosa am-
bición solicitaban los PP. Mohedanos el concurso de
los literatos del Nuevo Mundo, al emprender la His-
toria literaria de España! «Por lo que toca a América
(decían), desde luego la incluimos en el plan de
nuestra Historia literaria, en atención a que, no obs-
tante su distancia, no podemos mirar como extraños,
ni dejar de apreciar como grandes los progresos de
una literatura con que nos ha enriquecido una región
no menos fecunda en ingenios que en minas. Así
no omitiremos trabajo ni diligencia para hacer más
recomendable nuestra Historia con un adorno tan
precioso y un ramo tan considerable de literatura, que
echó las primeras raíces en nuestro terreno y fruc-
tificó abundantemente trasplantado allá y cultivado
Sor manos españolas. Esta rica flota de literatura no
ebe ser para nosotros menos apreciable que los te-
soros de oro y plata que continuamente nos vienen
de la Indias Occidentales. Para desempeñar este asun-
to con la exactitud posible y con la gloria que co-
rresponde a los méritos de una nación tan literata,
imploramos eficazmente el socorro de nuestros sabios
americanos o de otros españoles que tengan especial
instrucción e interés en la historia literaria de In-
dias ... Si algunos ( lo que no creemos de unas gen-
tes que tanto se precian del honor y la gloria) fuesen
insensibles a nuestras representaciones, o escasos en
prestarnos un auxilio que les interesa más que a
nosotros, desde luego los hacemos responsables en el
[18]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
tribunal de los sabios, de ia falta de noticias e infor-
mes diminutos que diéremos de su literatura y de la
fama y esplendor que avaramente usurpan a su pa-
tria». El diserto y galano razonamiento de los PP.
Mohedanos podrá servirnos de modelo para reforzar
nuestras razones en la materia que nos ocupa. Con
efecto, las voces usadas por los hispanoamericanos,
así corrientes como anticuadas, ora expresen objetos
de la naturaleza, ora cosas de la vida civil, constitu-
yen un preciado caudal lexicográfico para la lengua
castellana, caudal tanto más preciado, cuanto pro-
cede de una región no menos fecunda en ingenios
que en minas, y hoy pudiéramos decir con verdad,
más rica de ingenio que 010 tuvo en los tiempos
pasados. El establecimiento de Academias Correspon-
dientes de la Española en América facilita del modo
más eficaz el envío de esta tica flota de literatura,
no ya trabajada por vientos contrarios, sino movida
del bonancible impulso que comunica la natural sim-
patía y el presentimiento de los altos destinos que
el cielo tiene reservados a una raza esforzada y ge-
nerosa. Pero aún serán más legítimos y provechosos,
sin duda alguna, los estimables frutos de este co-
mercio mental, si los hombres eruditos de la América
española, dedicando su atención al estudio de las
voces usadas particularmente en el país donde viven,
dan a la estampa el resultado de sus investigaciones,
nobilísima tarea, que a toda ley cumple a unas gentes
que tanto se precian del honor y la gloria. ¡A cuán-
tos pudiera hacérseles cargo en este punto, de la
fama y esplendor que avaramente usurpan a su patria f
4. — El año de 1748 los sabios geógrafos D.
Jorge Juan y D> Antonio de Ulloa publicaron la
[19]
DANIEL GRANADA
Relación histórica del via^e a la América meridional
hecho de orden de S. M. para medir algunos grados
de meridiano terrestre, etc. La parte histórica, que
tuvo a cargo el segundo, trae oportunas noticias de
los usos, costumbres y objetos naturales que habían
observado en las diversas provincias de América que
recorrieron en cumplimiento del superior mandato,
dándolos a conocer por sus nombres particulares, que
proporcionan al lexicógrafo apreciable recurso para
la declaración y estudio de los americanismos que
actualmente sanciona el uso. Si bien la generalidad
de los historiadores españoles que escribieron de
América con conocimiento personal de los hechos,
procedieron con igual escrupulosidad en sus relatos,
todavía Ulloa merece especial recordación en la ma-
teria de que tratamos, por referirse precisamente a
una época en que ya se habían castellanizado las
voces aborígenes que menta. Así es que Salvá se
valió de la citada obra, no menos que de las Noticias
americanas que más tarde (1792) dio a la estampa
el mismo Ulloa, para intercalar en su Nuevo dic-
cionario de la lengua castellana, de que más adelante
hablaremos, un regular número de voces hispano-
americanas.
D. Antonio de Alcedo, contemporáneo de Juan
y Ulloa, ilustró su autorizado Diccionario geográfico-
histórico de las Indias Occidentales con un Vocabu-
lario de las voces provinciales de América, que puso
al fin del tomo 5° y último de la obra. Pero, con-
forme a su intento, se contrajo a definir las voces
usadas en el cuerpo del Diccionario, y aunque se
propuso incluir los nombres propios de animales y
plantas de las regiones americanas, la lista que de
ellos y ellas formó es harto escasa Este entendido
£20]
VOCABULARIO RIOPLATBNSE
historiador y geógrafo dio a lu¿ su importante obra
entre los años de 1786 y 1789. Refiriéndose, en el
Vocabulario, a las voces usadas en ios países de Amé-
rica, observa que unas, aunque originarias de España
y especialmente de Andalucía, han degenerado por
la corrupción que ha introducido la mezcla de los
idiomas de los indios, y otras han sido tomadas de
éstos y mal pronunciadas por los españoles. Es el
primer vocabulario hispanoamericano que se ha pu-
blicado: sumamente diminuto; pero documento his-
tórico respetable.
Lo propio que de D. Jorge Juan y D. Antonio
de Ulloa, decimos del no menos sabio geógrafo, na-
turalista e historiador D. Félix de Azara, a quien
deben una estatua y una biografía los pueblos del
Río de la Plata, cuyas regiones ilustró, consagrán-
doles desinteresadamente veinte años de estudios, me-
ditaciones, afanes y sacrificios sin cuento, en medio
de contrariedades de todo género, que soportó con
abnegación en bien de una posteridad lejana, que
merced a él se encuentra en posesión de un tesoro
que constituye la parte mas sólida de sus conocimien-
tos históricos considerados bajo su doble aspecto físico
y moral, según con noble y generosa elocuencia se
expresa el erudito e ilustre historiador, general D.
Bartolomé Mitre. Fruto de esa severa y continuada
labor son los Apuntamientos para la historia natural
de los pájaros y de los cuadrúpedos del Paraguay, la
Descripción e historia del Paraguay y del Río de la
Plata, las Memorias e informes publicados por el
marqués de Nibbiano, así como los trabajos que se
hallan insertos en la Colección de obras y documen-
tos relativos a la htst. ant. y mod. de las prov, del
Río de la Plata por D. Pedro de Angelis, y los Viajes
[21}
DANIEL GRANADA
méditos dados a luz por el Gral. D, Bartolomé Mitre
y el Dr. D. Juan María Gutiérrez, sin contar los
famosos Viajes por la América del Sur, que en idioma
francés presentó Walckenaer al mundo sabio en
París, y otros muchos papeles de importancia geo-
gráfica e histórica que sin duda se conservan en los
archivos y en manos de particulares. Los escritos de
Azara, además de la doctrina que encierran, ofrecen
la ventaja de estar escritos con esmero, señaladamente
los Apuntamientos y la Descrip, e hist. } el último de
los cuales ha sido incluido por la Real Academia
Española en el Catálogo de los escritores que pueden
servir de autoridad en el uso de los vocablos y de
las frases de la lengua castellana. Conviene advertir
que la citada Descrip. e hist. del Parag. y Río de la
Plata, obra póst de Azara, que publ. año de 1847
en Madrid su sobrino D. Agustín, bajo la direc. de
D, B. S. Castellanos, contiene muchas erratas en los
nombres aborígenes de personas, animales, plantas,
lugares, etc.
El Diario de la segunda subdivisión de límites
española entre los dominios de España y Portugal
en la América meridional por el 2.° comisario y
geógrafo de ella D. José M. a Cabrer, ayudante del
Real Cuerpo de Ingenieros (1783 a 1801), publi-
cado por D. M. González (El lím. or. del territ. de
Misiones), además de su gran importancia geográ-
fica, figura, no obstante la incorrección del lenguaje,
entre las más útiles a nuestro intento. Nombrado
Cabrer para integrar la comisión española demar-
cadora de límites entre las posesiones de España y
Portugal, llegó al Río de la Plata el año de 1781.
Dieciocho años continuos de estudios y exploración,
junto con sus compañeros españoles y portugueses,
[22]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
en la Banda Oriental del Uruguay y en el territorio
de Misiones, proporcionaron a su afanosa solicitud
un conocimiento exacto de la naturaleza de los países
que recorría y de las costumbres de sus habitantes.
Este noble y honrado hombre falleció en Buenos
Aires, agobiado de necesidades, el año de 1836.
El erudito americanista D. Marcos Jiménez de
la Espada dispuso e ilustró doctamente las Relacio-
nes geográficas de Indias, publicadas por el Minis-
terio de Fomento en Madrid, las cuales enriquecen
la historia del Nuevo Mundo con los más preciados
documentos, y a la vez comunican a la lexicografía
americana noticias auténticas de numerosos nombres
aborígenes que hoy son castellanos.
El año de 1836 publicó en Cuba D. Esteban
Pichardo la primera edición del Diccionario de pro-
vincialismos de la isla de Cuba, según D. Pedro Paz-
Soldán y Unánue, a quien nos referimos, pues nos-
otros no conocemos el libro. Es, evidentemente, el
Diccionario provincial de voces cubanas que cita Sal-
vá, como impreso en Matanzas el dicho año de 1836.
Intentó D. Vicente Salva enriquecer su Nuevo
diccionario de la lengua castellana con las dicciones
peculiares de América. «Por lo que mira a la Amé-
rica meridional, dice en la Introducción, me cupo
la fortuna de que D. Antonio Escudero me facilitase
un diccionario que por curiosidad había extendido
durante su residencia en ella; y aunque sólo com-
prende unas 240 palabras y modismos, y muchas
de las primeras me han servido de comprobante
de la exactitud de Jorge Juan, Ulloa y Alcedo, han
sido sobremanera útiles sus observaciones sobre los
segundos, como hechas por persona inteligente y que
por haber nacido y residido constantemente en Es-
£23}
DANIEL GRANADA
paña, se hallaba con la mejor disposición para anotar
las voces y locuciones que le chocaban en los países
que recorría.» Para formarse una idea de las dificul-
tades con que debió de haber tropezado Salva, no
hay más que oírle: «En medio de esta reunión de
datos, mi embarazo ha sido extremo durante el curso
de la impresión, la cual casi nunca daba lugar para
inquirir si la voz era peculiar de una de las dos
Américas, común a ambas, o privativa quizá de al-
guna república. Generalmente hablando, cuando he
encontrado una palabra o frase usada en dos puntos
tan principales de ambas Américas como lo son Mé-
jico y el Perú, he puesto la abreviatura de p. Amér.
(provincial de la América en general); y prueba este
hecho que la palabra no ha nacido allá, sino que
sería corriente a fines del siglo XV y principios del
XVI en Andalucía, de donde pasaron la mayor parte
de los primeros pobladores a aquellas regiones. En
caso de duda acerca del país a que debía prohijarse
la voz, he preferido decir lo que me constaba, pa-
sando en silencio lo que para mí era incierto: vale
más que el habitante de Chile halle que es también
suya la voz que señalo como provincial de Cuba, que
suponer general de América la que sólo se usa en la
Nueva Granada. Guardar en esto la debida exacti-
tud es negocio más delicado de lo que a primera
vista aparece. Al llegar, por ej., al nombre frijol,
hallé en mis apuntes que un sujeto me lo había dado
como provincial de Méjico en la acepción de judía;
otro, que ha residido muchos años en Venezuela, me
había asegurado que allí significaba el guisante, y
el diccionario impreso de las voces cubanas lo supone
nombre genérico de toda legumbre o grano de vaina,
equivalente a veces a baba. Estas diversas explicacio-
124]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
nes no se contradecían, porque cada uno de los tres
países podía hacer distinto uso de la misma voz;
pero recelando que hubiese alguna equivocación,
consulté a un mejicano, un chileno, un venezolano
y un habanero, y después de hallarlos conformes en
que fnpl significaba para todos judía, siendo muy
incierto que se comprenda también bajo esta deno-
minación el guisante, me decidí a escribir: p. Amér.
Judía; de modo que este brevísimo artículo fue el
resultado de tres apuntes en mi libro y de cuatro
cartas en el acto de enviar el original a la imprenta.»
Tan ímprobos afanes no fueron parte a evitar que
errase Salvá, atribuyendo a toda la América el uso
de la voz fríjol como equivalente a judia; pues en
el Río de la Plata jamás se oye pronunciar seme-
jante palabra. Acaso la usen en las provincias arri-
beñas o vecinas a la cordillera de los Andes; pero
en las que están junto a las márgenes del Plata, a
lo menos, llaman chaucha a la judía o vainilla tierna
de la habichuela. Dio a la estampa Salvá su Nuevo
diccionario el año de 1845. Pero lo que se proponía
en primer lugar era hacer su negocio; y así antes que
un léxico digno de su docta y acreditada pluma,
debe reputarse su libro una mera colección ordenada
de apuntes para formar un diccionario de la lengua
castellana y de las voces particulares de América*
El año 1883 D. Pedro Paz-Soldán y Unánue
dio a luz en Lima, bajo el seudónimo de Juan de
Arona, un Diccionario de peruanismos. Pero advierte
que ya el año de 1861, en Londres, había comenzado
a bosquejar su obra con el título de Galería de no-
vedades filológicas. Vocabulario de peruanismos, etc.,
y que en 1871-72 publicó sus primeros ensayos en
periódicos de Lima. Ello es que este fecundo escritor
T25}
DANIEL GRANADA
ha rendido importante y eficaz tributo a la lexico-
grafía americana, ofreciendo la particularidad, que
él mismo apunta, de ser relativamente más limitado
en Lima que en Buenos Aires el número de voces
usuales derivadas de la lengua quichua, no obstante
hallarse la nación peruana en el centro mismo del
imperio de los Incas.
Cuatro ediciones llevaban el año de 1885 (fecha
de la última que conocemos) las Apuntaciones crí-
ticas sobre el lenguaje bogotano por D. Rufmo José
Cuervo. Según resulta de la carta de Hartzenbusch,
que inserta, una de las ediciones corresponde al año
1872. «Penetrados, dice el autor, de la importancia
de conformar en cuanto sea posible nuestro lenguaje
con el de Castilla, nos hemos consagrado a observar
las diferencias que entre ellos median, y como base
hemos tomado el habla común de los bogotanos,
por ser la que mejor hemos podido estudiar, y por
que en ella, sobre todo en lo impreso, se encuentran
reunidas muchas de las corruptelas generalizadas en
la República.» En tan sencillos términos enuncia
Cuervo la clase de tarea que emprende, cuyo desem-
peño corresponde a la alta nombradla de que goza
su autor en el orbe literario. Su profundo saber lin-
güístico y extraordinario conocimiento de los autores
españoles antiguos y modernos, le han llevado como
de la mano a formar de las Apuntaciones un tratado
magistral de la lengua castellana, una obra clásica
en su línea. Dedica parte de un capítulo a tratar
someramente de algunas voces indígenas, o sea vo-
ces de uso común, que proceden de lenguas aborí-
genes de América. Y aunque sólo por incidencia se
ocupa en el examen de las voces provinciales de Bo-
(26)
VOCABULARIO RIOPLATENSE
gota, contiene su libro numerosas noticias y adver-
tencias aprovechables en materia de americanismos.
El Diccionario de chilenismos por don Zoroba-
bel Rodríguez, impreso en el año 1875 en Santiago
de Chile, contráese más de propósito que la obra de
Cuervo al estudio de las voces nativas, útiles o si-
quiera tolerables, que usan comúnmente los ameri-
canos. «El lector encontrará (advierte el autor en el
Prólogo) en nuestro Diccionario una lista, si no com-
pleta, bastante numerosa de los provincialismos que
se usan en Chile, con su etimología cierta o probable,
con ejemplos de escritores nacionales que muestren
su verdadera significación, y con los equivalentes
castizos, apoyados también en pasajes de los clásicos
españoles.» Mucho debe la lexicografía de la Amé-
rica española al erudito autor del Diccionario de
chilenismos; acaso de ninguna otra obra semejante
contiene mayor número de oportunas citas el Voca-
bulario rioplatense.
D. Fidelis P. del Solar publicó al año siguiente
(187(5), asimismo en Santiago, sus Reparos al Dic-
cionario de chilenismos del señor don Zoro babel
Rodríguez. En materia de americanismos castellanos,
estudio que puede decirse está todavía en mantillas,
es inseguro con frecuencia y vario el criterio de los
autores, y así la disconformidad que se nota hay en-
tre ellos no debe causar extrañeza. Prescindiendo,
pues, de la parte crítica, el distinguido autor de que
hablamos ofrece noticias útiles, que contribuyen a
acabalar el conocimiento de algunos de los vocablos
que analiza.
Paz-Soldán hace mención de un cuaderno en
cuya portada se lee: «Cien vocablos indígenas de
sitios, ríos, alturas, etc. Extracto de la obra inédita:
[27]
DANIEL GRANADA
Diccionario de vocablos indígenas de uso frecuente
en Venezuelas por Añsttdes Rojas. Caracas 1882.»
Según Paz-Soldán, esta obra vendrá a ser, más que
de voces usuales y geográficas, un tratado sobre la
etnografía y mitología de los aborígenes de América.
Voces nuevas de la lengua castellana. Glosario
de voces, frases y acepciones usuales y que no cons-
tan en el Diccionario de la Academia, edición duo-
décima. Admisión de extranjera, Rehabilitación de
anticuadas. Rectificaciones. Acentuación prosódica.
Venezolanismos. Por D. Baldomero Rivodó. — París
1889. El objeto principal de la obra es abonar la
admisión de muchas voces usadas generalmente así
en América como en España. Pero sólo interesan al
asunto en que nos ocupamos las particulares de Ve-
nezuela, a las cuales, aunque en muy corto número,
el ilustrado filólogo dedica especialmente la Parte
sexta de su trabajo.
Por último, ha llegado recientemente a nuestras
manos el Diccionario de vocábulos brazileiros por el
teniente general, vizconde de Beaurepaire-Rohan,
publicado en Río de Janeiro, año de 1889. El estudio
de las voces nativas del Brasil importa sobremanera
al de la lexicografía hispanoamericana. El Brasil
abarca casi la mitad de la América meridional, lin-
dando con las repúblicas Oriental del Uruguay, Ar-
gentina, del Paraguay, de Solivia, del Perú, Ecuador
y Venezuela. Todas éstas participan, en mayor o me-
nor extensión, de los productos del suelo brasileño,
muchos de los cuales son conocidos respectivamente
por los mismos o casi idénticos nombres, en razón
de su procedencia. El contacto y comunicación cons-
tante en que se halla el Brasil con algunos de aque-
llos países por medio de sus fronteras, trae consigo
[28]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
un cambio y transmisión recíprocos de palabras usua-
les de las lenguas portuguesa y española, que el uno
y los otros hablan. Pero, en particular, donde con
más eficacia se efectúa y más claramente se mani-
fiesta esta mutua asimilación de lenguajes, es en el
Río de la Plata y en el Paraguay, tanto por su ma-
yor comercio y trato con el Brasil, como por causas
históricas de origen muy antiguo. El ilustrado autor
del Diccionario de que tratamos, escribiendo para su
patria, presta a la vez, por consiguiente, un concurso
importante a los estados limítrofes.
Ni las Acentuaciones viciosas de que hizo prolijo
estudio en Chile D. Miguel Luis Amunátegui, ni la
Recopilación de voces alteradas por el uso vulgar
publicada en Arequipa por D. Hipólito Sánchez, ni
las Correcciones de defeclos de lenguaje para el uso de
las escuelas primarias del Perú por D, Miguel Rio-
frío, dicen relación directamente a la lexicografía de
americanismos Sólo conocemos la primera de las
tres obras citadas. Las de Sánchez y Riofrío las men-
ciona Paz-Soldán; pero su título descubre a las claras
la materia de que tratan, que es, como la de Amu-
nátegui, y en gran parte la de Cuervo, purgar el len-
guaje de vicios de elocución, generales y frecuentes
en los países en que escriben.
El Diccionario de los diversos nombres vulgares
de muchas plantas usuales o notables del antiguo y
nuevo mundo etc. por el Dr. D. Miguel Colmeiro,
difiere en su índole de las demás obras que hemos
mencionado en esta breve reseña bibliográfica de
americanismos. Contiene copioso número de nombres
de plantas americanas, con la correspondencia cientí-
fica de ellas e indicación de la familia a que perte-
necen, así como de sus usos. Es obra de autoridad
{291
DANIEL GRANADA
científica, en razón del alto crédito de su autor como
sabio botánico. Trae asimismo algunos nombres vul-
gares la obra Enumeratio plantar um sponte nascen-
Uum agro montevidensi cum synonimis selectis por
Ernestus Gibert.
Figura honrosamente en los congresos científicos
de Europa, y servirá de sólida basa al monumento
tecnológico que éstos se proponen levantar, el En-
sayo de Diccionario geográfico- geológico compuesto
por el eminente geólogo y paleontólogo D. Juan
Vilanova y Piera, en el cual se hallan algunas voces
de la América española.
5. — Registrar, definir e historiar las voces incor-
poradas al lenguaje castellano en el Río de la Plata,
es tarea superior a nuestras débiles fuerzas, pero que
hemos emprendido en la confianza de que haría di-
simular sus imperfecciones la bondad del intento»
Así fue que, habiendo en el mes de enero del año
actual dado a luz el Vocabulario noplatense razonado,
que no era, ni es ahora, más que un ensayo, la ilus-
trada prensa de Montevideo y Buenos Aires, y distin-
guidos y célebres literatos de América y España le
dispensaron la más favorable acogida y nos honraron
con señaladas muestras de indulgente aprobación y
fina benevolencia» Alentados con estímulo tan lison-
jero, y agotada poco tiempo después la edición, que
no era numerosa, del bienhadado libro, nos propu-
simos sujetarlo a ludimiento de lima, que le hemos
aplicado en efecto con mediana diligencia, mejorán-
dolo además con aumentos considerables: queríamos
que la modesta ofrenda fuese cosa menos indigna del
favor que se le había otorgado. Muy lejos está cier-
tamente de merecerlo esta segunda edición, que re-
[30]
VOCABULARIO RJOPLATENSE
conocemos aún harto defectuosa, que no pasa aún
de un ensayo; pero servirá para demostrar que he-
mos hecho algún esfuer2o por llevar adelante la
empresa.
La mayor parte de las citas que condene el
Vocabulario, corresponden a historiadores, geógrafos
y escritores que han morado o nacido en el Rio de
la Plata, y que hablan, por lo regular, de cosas que
han visto y experimentado, sirviéndose para expre-
sarlas de las voces usuales en los países de que tratan.
Así comprobamos con testimonios fehacientes el uso
antiguo y generalizado de los términos definidos,
dando en algunos casos, con los pasajes que transcri-
bimos, mayor amplitud al concepto que encierra la
definición, para su más cabal inteligencia. El desaliño
de la frase, en los más, no les quita un ápice de su
autoridad relativa, considerado el asunto de que trata
esta obnlla, como hombres entendidos y prácticos, que
saben lo que dicen. Se observará que hay muchos tex-
tos extraídos de diarios de expediciones científicas y
exploradoras y de informes y documentos oficiales,
cuyos autores ni tenían tiempo, ni estaban general-
mente de humor para entretenerse en limar sus es-
critos.
Los artículos referentes a naciones, provincias,
departamentos, ciudades, regiones y ríos, no tienen
otro objeto que suministrar a quien lo necesite un
conocimiento general de los países a cuyos habitan-
tes concierne el uso de las voces y frases que se re-
gistran. Solamente hemos dado cabida, por tanto, en
el Vocabulario, sobre este particular, a lo que hemos
conceptuado oportuno al intento.
Las vertientes del Uruguay, Paraná y Paraguay,
el Chaco, la Pampa, la Patagonia. estaban pobladas
(31}
DANIEL GRANADA
de innumerables parcialidades de indios, la mayor
parte de las cuales ha desaparecido. Algunas han fi-
gurado en la historia de la conquista y colonización
de las regiones del Plata; otras dejaron poca o nin-
guna memoria de su existencia: sólo de las primeras
hace mención el Vocabulario.
Hay voces en el Vocabulario que no son de uso
vulgar o corriente, como abatí, caá, chepí, toropí,
caapaú, pirí, tupa; pero que tienen alguna importan-
cia histórica o bien se hallan empleadas en los escritos
antiguos de las regiones del Plata sin mención de la
idea que envuelven. Por eso no nos ha parecido ex-
cusado el registrarlas.
Fuera de los casos antedichos, las voces guara-
níes, puras o alteradas, que incluimos en el Vocabu-
lario, son meramente las que el uso antiguo y cons-
tante ha venido incorporando al lenguaje castellano
en las repúblicas del Plata y Paraguay.
Aparte de la importancia que, en orden al mejo-
ramiento de la lengua, tiene en sí esta clase de estu-
dios, ejecutados por plumas competentes, no tan hu-
mildes como la nuestra, ¿será necesario encarecer la
utilidad que ofrecen para la debida inteligencia de
los escritos históricos, geográficos y literarios de toda
especie, donde se hallan empleadas las voces y frases
cuyo sentido se declara? Las siguientes palabras del
Dr. D. Alejandro Magariños Cervantes, ilustre deca-
no de las letras uruguayas, contestarán por nosotros
satisfactoriamente a esta pregunta. «En la nota 62
del Celiar he consignado por qué a veces pongo entre
notas que me parecen oportunas por cualquier con-
cepto, otras innecesarias para los lectores america-
nos, pero indispensables mientras no exista un dic-
cionario de palabras y locuciones criollas, para otros
[32}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
lectores del opuesto hemisferio, donde circulan o
pueden circular los libros escritos en el Nuevo Mun-
do.» (Palmas y Ombúes.)
El docto escritor argentino D. Enrique Lynch
Arribákaga, especialmente versado en la historia
civil y natural del Río de la Plata, se expresa del
modo que se verá en seguida, en el discreto juicio
crítico de nuestra obra, que publicó en Buenos Aires
a fines de febrero de 1889» «Apremiada (el habla
castellana) por la urgencia de dar nombre a tanto
objeto nuevo como le ofrecía este mundo maravilloso
(la América), no pudo rehusarse a absorber el ali-
mento que, con prodigalidad de opulentos generosos,
le brindaban los lenguajes aztecas, muiscas, guaraníes,
aimaraes, araucanos y cien otros más. . . No es tan
grande, con todo, la alteración del castellano en nues-
tro hemisferio, que dejemos de entendernos cómo-
damente con los habitantes del opuesto; pueril sería
semejante temor. Conviene empero inventariar los
nuevos elementos con que en estos países se ha en-
riquecido nuestro idioma, señalar los arcaísmos que
han persistido entre nosotros, las voces que se usan
en España y que aquí son desconocidas, los errores
prosódicos y ortográficos, la influencia francesa sobre
nuestra sintaxis y tantos otros puntos interesantísimos
para el filólogo y el literato ... De Colombia ha
partido la iniciativa: D. Rufino José Cuervo ha tra-
tado esta cuestión, en la parte que se refiere a su
patria, con tanto talento como erudición . . . Diez
años han transcurrido, con una velocidad que nos
sorprende, desde que en la casa de un poeta galano
y verdadero se reunían con frecuencia varios jóvenes
ilustrados y entusiastas, cuyo nombre ha dejado ya
de ser un miraje halagador. Veíase allí discutiendo
[33}
3.-T I.
DANIEL GRANADA
con orden y frase bien medida, como de quien se
ensaya para más altos escenarios, a Rafael Obligado,
a Holmberg, a Eduardo Aguirre, a Carballido, a
Diana, a Fregeiro, a Atanasio Quíroga, a Coronado y
a muchos otros. Se presentaban memorias científicas
y trabajos literarios, se criticaba por escrito y se dis-
cutía con artística dialéctica. Tuvieron un sueño y
emprendieron su realización. Querían formar un Dic-
cionario de argentinismos: reunieron fragmentos;
pero la obra murió a manos de las comisiones espe-
ciales.» Para hacerse cargo del interés que despierta
esta clase de estudios y del generoso aprecio que se
hace de ellos en el Río de la Plata, léanse los si-
guientes párrafos del mismo escrito del Sr. Arribál-
zaga, que, a riesgo de pasar plaza de inmodestos, nos
aventuramos a transcribir: «Ocupado a mi vez, en
calidad de simple aficionado, en coleccionar los mo-
dismos argentinos, sorprendióme agradablemente el
anuncio de la obra que acaba de publicar en Mon-
tevideo el Dr. D. Daniel Granada. La pedí en se-
guida; los ejemplares recibidos en esta capital se
habían agotado: era grande el interés que el asunto
despertaba entre las personas estudiosas. Por fortuna
llegó otra remesa, y pude conocer el Vocabulario rio-
platense razonado ... El doctor Granada ha dado el
primer impulso, ha creado una célula; la diferencia-
ción la hará él mismo u otros, pero aquel honor es
todo suyo . . . » En términos igualmente benévolos y
generosos están concebidos los artículos que la pren-
sa rioplatense ha tenido a bien dedicar al favorecido
ensayo de americanismos del Plata.
El prólogo de la primera edición del Vocabu-
lario comenzaba con las siguientes palabras: «El
conjunto de voces y frases reunidas en este librito,
[34}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
no merecería el nombre de Vocabulario rioplatense,
que suena demasiado, si trabajos anteriores a su com-
posición hubiesen proporcionado los medios de pre-
sentarlo más copioso. Que se echarán de menos mu-
chos términos peculiares de las regiones del Plata,
cuyo registro ha sido nuestro intento, no cabe la
menor duda. Su hallazgo más depende de una per-
severante atención, favorecida por la casualidad, cuyo
factor es el tiempo, que de un esfuerzo del entendi-
miento. Quien lo considere fácil tarea, antes de cri-
ticar, tome pluma y papel y dé una prueba de su
inventiva. Para ello advierta primeramente, que sólo
se trata de inventariar las voces y frases de que no
hace mención el Diccionario de la lengua castellana
por la Real Academia Española, o de las cuales da
una idea imperfecta, por la vaguedad, deficiencia o
inexactitud de las noticias que le han sido suministra-
das. En segundo lugar tenga presente que debe hacer
caso omiso de la muchedumbre de voces y frases exó-
ticas que, así en América como en España, desfiguran
y estropean el habla en que Ercilla cantó la pujanza
de los araucanos. Finalmente recuerde que, una vez
hallado el vocablo, hay que buscar su etimología, que
no siempre se encuentra a mano. Sea como fuere, el
Vocabulario rioplatense que ofrecemos al público,
aunque razonado, según reza la portada, es cosa harto
modesta; circunstancia (sea dicho de paso) que re-
dunda en beneficio del libro, su misma pequefiez lo
preserva de cierto conocido veneno» ¿Lo preserva?
Nunca falta una pandilla de tertulios que serpentean
y se desviven por morder aun al que no invoca más
título que una sana intención para merecer la indul-
gencia de sus lectores.» Esto dio margen a que el escri-
tor arriba citado, D. Enrique Lynch Arribálzaga, di-
[35]
DANIEL GRANADA
jese* «Severas en extremo son las frases con que
de antemano se defiende el autor de los comentarios
de la crítica. Quien entrega su obra al público debe
esperarla, no empapada en veneno, ni armada con
las flechas de la sátira, que eso no es crítica, sino
agresión de malvado; antes bien, vestida con la capa
sedosa de la cortesía y ofreciendo argumentos e in-
dicaciones más o menos útiles.» Esa es la crítica a
quien entregamos gustosos el Vocabulario rioplatense
razonado, y cuyas advertencias utilizaremos siempre
agradecidos, como hemos utilizado con sincero reco-
nocimiento las oportunas que en la suya se ha ser-
vido dirigirnos el apreciable literato argentino que
motiva estas líneas. Si en todo no hemos seguido las
indicaciones contenidas en los diversos juicios críticos
que se han hecho de nuestro ensayo, dos de los cua-
les figuran al frente de esta segunda edición, es
porque, en el año transcurrido de entonces acá, entre
las penosas atenciones de la abogacía, y a causa tam-
bién de la escasez de nuestros conocimientos, particu-
larmente en lo relativo a la clasificación de objetos
de la naturaleza, no ha estado en nuestra mano llevar
a cumplido término la empresa.
Quien hojee las páginas de este libro esté ad-
vertido que tal cual vez se nos resbala la pluma, ora
atraídos con la belleza u originalidad del objeto que
describimos, ora llevados como de la mano a poner
en su punto algunas especies históricas, sofisticadas
por la malicia a intento de mancillar timbres glo-
riosos y buenamente acogidas por la ignorancia. Por
lo demás, aunque poco se nos alcanza, alcanzamos
que no debe de estar exento de yerros el resultado
de nuestras pobrísimas tareas, yerros que unas veces
VOCABULARIO RIOPLATENSE
procederán de descuido, y otras, las más, de nuestra
escasa comprensión y cortas luces.
6. — Hubo reinos y provincias americanas, don-
de* en los siglos decimosexto y decimoséptimo, al-
canzaron alto vuelo las letras: Méjico, el Perú. Con-
tagiólas luego la peste del gongorismo, bien que no
haya sido tan profunda como en su foco matriz la
perversión del gusto literario. Los corruptores del
' buen gusto ejercían inmediata y poderosa influencia
en el teatro de sus torneos, con la rapidez y persis-
tencia que las emanaciones deletéreas de un pan-
tano inficionan la atmósfera. Los engendros más in-
formes de este vago fermento morían, tarde o
temprano, en España; al paso que sólo atravesaban
los mares, en manos de historiadores, cronistas, juris-
consultos, teólogos y profesores eminentes, los que,
respetando los fueros del sentido común, merecían
algún aprecio de los espíritus regularmente cultiva-
dos. Mediado el siglo decimoctavo, empezó a sen-
tirse, y claramente a ganar privanza hacia sus fines,
en las colonias españolas de América, el eco y forma
de las ideas a cuyo favor estaba preparando Europa
un cambio radical en la condición de sus pueblos.
Feijoo y Campomanes, que seguían con denuedo el
movimiento intelectual de su época; Feijoo, disipan-
do las nieblas de la superstición e ignorancia, Cam-
pomanes, señalando la senda por donde prosperan
las naciones, eran harto conocidos en el Nuevo Mun-
do, y sus doctrinas, tan valientemente declaradas, ha-
llaron fervorosa acogida en el claro y perspicaz en-
tendimiento de los americanos. Lo mismo Luzán,
como preceptista literario. Reformábanse a la par los
planes y sistemas de enseñanza. Movidas por tales
[37]
DANIEL GRANADA
resortes la industria, el comercio, las ciencias, las be-
llas artes, la literatura, florecían vigorosamente en
los últimos tiempos de la dominación española
aquende el Océano: dejaron atónito a Humboldt,
maestro de los sabios. Coincidía este súbito desper-
tamiento de la América ilustre con la aparición, en
España, de Meléndez, Jovellanos, Forner, Cadalso,
Cienfuegos, Iriarte, los Moratines y tantos otros poe-
tas y, escritores de primera nota, quienes, levantado
el pensamiento, acrisolaban la lengua. Pero así como
en la época precedente no pudo quedar América
exenta del general contagio del gongorismo, tam-
poco en ésta le era dable sustraerse al influjo del
seudo clasicismo que entonces estaba de moda en
el mediodía de Europa. Así vemos que poetas a quie-
nes el cielo había revelado el secreto de la belleza
en la vida, creían descubrir sin embargo en los ríos
y entre las selvas de América las divinidades del
Olimpo, que el Chimborazo y el Amazonas miraban
con desprecio. Ejemplo el porteño Labardén, cisne
del Plata, cuya bellísima oda al Paraná engalana las
primeras páginas del Vocabulario rioplatense, expur-
gada de los defectos de puntuación, ortografía y sen-
tido con que fue primitivamente publicada a 1° de
abril de 1801 en el telégrafo mercantil, periódico
erudito, a la sazón fundado en Buenos Aires.
El Dr. Manuel José de Labardén escribió el
poema de que se trata a principios del año 1801. El
río Paraná había presentado en los años precedentes
el raro fenómeno de mantenerse bajo, echándose de
menos las crecientes que experimenta regularmente
por el verano. Coincidía con este retiro de sus
aguas la presencia en el Río de la Plata de buques
[38]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ingleses que amenazaban los puertos de Montevideo
y Buenos Aires. De ahí que el augusto Paraná, per-
sonificado magníficamente por el bardo argentino,
retrocediese a la gruta distante, asombrado su can-
dido carácter ante los insultos temerarios de los pi-
ratas de Albión. Allí, do están las minas del Brasil,
tiene volcada la urna de oro, rebosando siempre en
ondas de plata, apellido con cjue se exorna, por
haberse supuesto ricas de este metal las regiones que
baña. Llámalo el poeta, anunciándole que, provocado
el ardimiento de los españoles, se han apercibido ya
para dar la batalla, y lo esperan. El Paraguay y el
Uruguay saldrán a recibirlo, previniendo a distancia
conveniente para remudar el tiro del carro de nácar
en que desciende, los caballos que trajeron del mar
patagónico, alusión a la particular figura de cierto
marisco. Aconséjale que baje majestuoso, fecundando
con sus venientes los campos sedientos; pues él es
quien ha de poner en movimiento los gérmenes de
la vida.
No el ronco caracol; la cornucopia,
Strvtendo de clarín, venga anunciando
Su llegada feliz.
Sus hijos, presididos por genios tutelares, que han
tomado la bondad por divisa: «Buenos Aires», le
preparan entretanto perfumados altares y arcos triun-
fales, donde brillan a competencia la industria y
las artes.
Ven, sacro río, para dar impulso
Al inspirado ardor: bajo tu amparo
Corran, como tus aguas, nuestros versos.
r 39i
DANIEL GRANADA
Termina la oda con los siguientes, que suprimimos
por considerarlos un aditamento relativo únicamente
a las circunstancias en que se compuso:
No quedaras sin premio /premio santo 1
Llevarás guarnecidos de diamantes,
Y de rojos rubíes dos retratos,
Dos rostros divinales que conmueven:
Uno de Luisa es, otro de Carlos
Ves abi que tan mágníftco ornamento
Transformará en un templo tu palacto,
Ves ahí para las ninfas argentinas
Y su dulce cantar acentos gratos.
Lo mismo decimos de los versos:
Y para el arduo intrépido combate
CAKLOS presta el valor, Jove los rayos,
con los cuales plugo al poeta recargar el pensamiento
contenido en el párrafo cuarto, cuyo sentido queda
perfecto cuando dice:
Por el bronce marcial, ocupa el llano
Si, al contrario de lo que nosotros pensamos, enten-
diere alguno que los versos suprimidos no son una
alusión puramente accidental y transitoria, sino parte
integrante del poema, fácil le será restituirlos mental-
mente al lugar en que estaban.
El móvil que nos ha impulsado a juntar con el
Vocabulario la espléndida oda de Labardén, no ha
sido otro que aprovechar la coyuntura que nos ofre-
cía la publicación de un libro cuyo asunto se refiere
a las regiones que baña el río a quien invoca el
poeta, para darla a la estampa purificada de los ye-
[40]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
rros con que salió de entre las manos de los cajistas.
Así también, el que compre este libro, caso de que
no valiese nada lo que en él hay de nuestra cosecha,
no podrá nunca decir que ha malgastado su dinero.
7. — Tal presentamos de nuevo, confirmado en
su infancia, el Vocabulario noplatense razonado. Ata-
viado a usanza de la tierra y del propio modo ha-
blando; de entre esteros y tacuruzales, pero no enlo-
dado, antes envuelto en hojas de trupe, sahumado
con la rustica esencia del torocaa, y ungido, en fin,
con el óleo del selvático ayutuandi; cuando la ater-
ciopelada flor del ceibo engalana los montes donde se
esconde el arisco guazubirá y clamorea lúgubremente
el urutaú, y el atrevido guembé, encimado en la más
alta rama del eminente urunday, descerraja la cárcel
que lo aprisiona, ansioso de contemplar, siquiera
sólo un día, el jubiloso y espléndido movimiento
primaveral de la naturaleza indiana en las regiones
que se avecinan a la hoguera de los trópicos; tal cual
vez jovial, sin que lo sea por condición, y sin que
jamás pueda decirse que imita con su risa el descom-
pasado estrépito del estallante capororoca, ni que
atropella los fueros de la decencia y las claras leyes
de la hidalguía, desciende en brazos del inquieto
Uruguay, para arrojarse confiado en los soberbios del
Plata, a cuyas márgenes deja, ya marchitos, los des-
nudos camdotes que cortejaron su canoa.
Daniel Granada,
Salto iRep Or del Urug J * 1889
141}
AL PARANÁ
Augusto Paraná, sagrado río,
Primogénito ilustre del Océano,
Que en el carro de nácar refulgente,
Tirado de caimanes recamados
De verde y oro, vas de clima en clima,
De región en región vertiendo franco
Suave frescor y pródiga abundancia,
Tan grato al portugués como al hispano:
Si el aspecto sañudo de Mavorte,
Si de Aíbión los insultos temerarios,
Asombrando tu cándido carácter,
Retroceder te hicieron asustado
A la gruta distante, que decoran
Perlas nevadas, ígneos topacios,
Y en que tienes volcada la urna de oro,
De ondas de plata siempre rebosando:
[43]
DANIEL GRANADA
Si las sencillas ninfas argentinas
Contigo temerosas profligaron,
Y el peine de carey allí escondieron
Con que pulsan y sacan sones blandos
En liras de cristal de cuerdas de oro,
Que os envidian las deas del Parnaso*
Desciende ya, dejando la corona
De ¡uncos retorcidos, y dejando
La banda del silvestre camalote;
Pues que ya, el ardimiento provocado
Del heroico español, cambiando el oro
Por el bronce marcial, ocupa el llano.
Cerquen tu augusta frente alegres lirios
Y coronen la popa de tu carro.
Las ninfas le acompañen, adornadas
De guirnaldas de aromas y amaranto,
Y altos himnos entonen con que aviven
Tu tránsito a los dioses tributarios.
El Paraguay y el Uruguay lo sepan,
Y se apresuren próvidos y urbanos
A salirte al camino, y a porfía
Te paren en distancia los caballos
Que del mar patagónico trajeron,
Los que, ya zabullendo, ya nadando,
Ostenten su vigor, que, mientras llegas,
Lindos céfiros tengan enfrenado.
Baja con majestad, reconociendo
De tus playas los bosques y los antros;
Extiéndete anchuroso, y tus vertientes,
Dando socorros a sedientos campos,
Den idea cabal de tu grandeza:
No quede seno que a tu excelsa mano
Deudor no se confiese. Tú las sales
Derrites, y tú elevas los extractos
[44]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
De fecundos aceites; tú introduces
El humor nutritivo, y suavizando
El árido terrón, haces que admita
De calor y humedad fermentos caros:
Ceres de confesar no se desdeña
Que a tu grandeza debe sus ornatos.
No el ronco caracol; la cornucopia,
Sirviendo de clarín, venga anunciando
Tu llegada feliz.
Acá tus hijos,
Hijos en que te gozas (y que a cargo
Pusiste de unos genios tutelares
Que por divisa la bondad tomaron:
Céfiros halagüeños), por honrarte,
Bullen y te preparan sin descanso
Perfumados altares, en que brilla
La industria popular, triunfales arcos,
En que las artes liberales lucen;
Y enjambre vistosísimo de naos
De incorruptible leño, que es don tuyo,
Con banderolas de colores varios
Aguardándote está. Tú, con la pala
De plata las arenas dispersando,
Su curso facilita.
La gran corte
En grande gala espera. Ya los sabios
De tu dichoso arribo se prometen
Muchos conocimientos más exactos
De la admirable historia de tus reinos;
Y los laureados jóvenes, con cantos
Dulcísimos de pura poesía,
Que tus melifluas ninfas enseñaron,
Aspiran a grabar tu excelso nombre
Para siempre del Pindó en los peñascos,
Ni}
DANIEL GRANADA
Donde de hoy más se canten tus virtudes,
Y no las iras del furioso Janto.
Ven, sacro río, para dar impulso
Al inspirado ardor, bajo tu amparo
Corran, como tus aguas, nuestros versos.
Manuel José de Labardén.
ADVERTENCIA
Las citas pertenecientes a las obras de que se
hace mención en la reseña de la lexicografía hispano-
americana que forma parce del Prólogo, se indican,
por lo regular, con el solo nombre de su autor res-
pectivo. Cuando citamos a D. Ricardo Palma, nos
referimos a una carta con que este insigne y cele-
brado literato se dignó favorecernos, la cual contiene
una lista de las voces usadas en el Perú en el propio
sentido que en el Río de la Plata, conforme a la
I a ed. del Vocabulario. En la I a ed. se habrá echado
de menos el concurso que nos hubieran proporcio-
nado los escritos lexicográficos de su índole publica-
dos ya en Chile, Perú y Colombia, cuando la dimos
a luz; pero entonces no los conocíamos, ni siquiera
teníamos noticia de ellos, así como tampoco de que
Salva hubiese registrado en su Diccionario voces
provinciales de América.
[47]
SIGNOS PROSÓDICOS
DE LAS VOCES GUARANÍES
A falta de los signos comúnmente usados por
los filólogos para indicar los diversos sonidos con
que se pronuncian las voces guaraníes, empléanse en
este Vocabulario los siguientes:
gutural,
a gutural-nasal
* nasal.
£48}
ABREVIATURAS
EMPLEADAS EN LA CLASIFICACION LEXICOLÓGICA
DE LAS VOCES CONTENIDAS EN EL VOCABULARIO.
a . . .„ .
. . verbo activo.
acep . . .
. . acepción.
adj;-. . .
. . adjetivo.
adv.- . .
. . adverbio.
-amb. .
. . ambiguo.
anfc . . .
. \ anticuado.
Ant. . .
. Antiguamente.
arauc -
. . araucano.
dim
. -diminutivo.
expr.
expresión.
f. . . .
sustantivo femenino.
fam.
. , familiar.
figurado
fr. . . .
. . frase.
proverb .
proverbial.
' #uar. . .
, . guaraní. r
ínter j.
^ interjección
m . . .
sustantivo masculino
A. .
verbo neutro.
pl . .
plural.
Por ext
Por extensión.
port. . . .
. . portugués.
quich. .
quichua.
r. . . .
. . verbo reflexivo.
sent. . . .
sentido.
Ü. . .
Üsase,
Ü. t. c. s.
. . Úsase también como sustantivo.
V . .
. . Véase.
[49}
A
ABATI, m. ant — Maíz.
Del guar. abatí.
En las cattas y relaciones antiguas del Río de
la Plata hállase esta voz, sin expresión de su signi-
ficado, «Siembran e cogen abatí e calabazas;» «co-
men abatí e carne e pescado.» (El capitán Diego
García, Mem. de la naveg. que hizo al río de la
Plata el año de 1526.) «Siembran abatí y calabazas
y habas;» «el buen recado de abatí que traíamos.»
(Carta de Luis Ramírez, 1528, Rev. de la Bibl. P.
de Buenos Aires publ. por D. M. R. Trelles.)
ABIPÓN, na, adj. — Dícese del indio cuya
generación, dividida en varias parcialidades, habitaba
al norte de la provincia de Santa Fe, junto al Paraná,
corriendo el sur del Chaco. O. t. c. s. — Perteneciente
a dicha generación.
Los abipones, bravos y belicosos, después de
haber batallado largo tiempo, ya contra los españo-
les, ya contra otras parcialidades del Chaco, se re-
dujeron a la vida civil a mediados del siglo decimoc-
tavo, formando varios pueblos en Santa Fe y Co-
rrient es, bajqj ajdirgcdón_d^ ¡os jesuítas. - , -
% ^""^BDMESDD^ da, adj. — Entre aturdido e
imbécil. Ü. Les. — Es un abombado. ¡Qué abom-
bada!
{51}
DANIEL GRANADA
ABOMBAR, a. — Aturdir, marear, incomodar
sobremanera, ya sea que este efecto lo cause un ruido
fuerte y continuado, una atmósfera pesada, un aire
viciado, una conversación enfadosa, etc Ú. t. c. n
y c. refL — Echar a perder el agua, de manera que
despida mal olor. Ü. t. c refl. — se. Tratándose de
una caballería, quedar imposibilitada de caminar,
por efecto del sol y del cansancio, lo que regular-
mente sucede en días de mucho calor.
RefL: como aturdirse (Rodríguez): ponerse
fétido un líquido (Paz-Soldán): principiar a corrom-
perse el agua, formando burbujas, que en Venezuela
llaman bombas o bombitas (Rívodó).
Intrans. en Ja provincia brasileña de Río Gran-
de del Sur, tratándose de un caballo, con la misma
significación que en el Río de la Plata (Beaurepaire-
Rohan). Tomaron los riograndenses el vocablo de
¿us vecinos los orientales del Uruguay
«Bombo, ba, (De bomba) adj. fam. Aturdido,
atolondrado con alguna novedad extraordinaria o
con algún dolor agudo.» (La Acad.)
ACABIRAY, m. — V. IRIBUACABIRAY.
Es, sin duda, preferible el uso de la voz acabiray.
"ACIONERA, f. — Pieza de suela, que, ase-^
gurada al lomillo del recado de montar, sirve para j
sostener la.s estriberas. _j
ACRIOLLARSE. — Acomodarse el extranjero
a los usos, costumbres y carácter especial de los hijos
del país, de manera que las cualidades correspon-
dientes que por hábito haya adquirido parezcan en
él natiyaáu^
~ ACUTÍ, m. — Cuadrúpedo montes, de unas dos
cuartas de longitud, de color pardo verdoso el lomo
VOCABULARIO RIOPLATENSE
V
\
y bayo blanquizco el pecho, pelo largo y en algunas
de sus condiciones parecido al conejo.
Del guar. acutí.
«No dudo que sería fácil domesticarlos desde
jóvenes, para comerlos como el conejo, y costaría
poco alimentarlos, porque comen de todo; pero ten-
drían eHnconwniente^de que toda lo roen.» (Azara.)
" *"ACHlKXTf. — Planta que se cría en los terre-
nos húmedos, de una vara y media a dos de alto, de
tallo nudoso, hojas puntiagudas, aovadas y largas, y
flor colorada. En Gibert Sagit baria L. (alis macee).
Colmeiro menciona tres especies de achira del Perú,
ACHUCHARSE. — Contraer la dolencia lla-
mada chutho.
ACHURA, f. — Cualquier intestino o menudo
del animal vacuno.
ACHURADOR, m, — El que achura.
ACHURAR, a. — Quitar las achuras a un
animal.
ADULÓN, na, adj. — Dícese de la persona que
tiene el vicio de adular. Ü. t. c. s.
Voz usada, sin duda, en el sentido indicado, en
toda la América, pues la traen Paz-Soldán (Perú),
Rodríguez (Chile) y Rivodó (Venezuela).
AGACÉ o agás, adj. — Dícese del indio que al
tiempo del descubrimiento navegaba el río Paraguay
hacia su desembocadura, de la misma parcialidad que
el payaguá. Ú. t. c. s. — Perteneciente a dicha par-
cialidad.
AGALLUDO, da, adj. fam. — Dícese de la per-
sona que es de ánimo esforzado. Suele tomarse en
mala parte, por picaro audaz y de marca, capaz de
cometer las más grandes fechorías.
Derívase, como es notorio, de agalla r. fig. y fam.,
1531
DANIEL GRANADA
que trae y define la Acad. ánimo esforzado, usado
particularmente con el verbo tener.
En Chile valiente y esforzado* y también tai-
mado > astuto (Rodríguez). En Venezuela codicioso,
cicatero (Rivodó).
AGARRAR, a, — Asir o tomar, aunque sea
con las yemas de los dedos un finísimo pañuelo de
ftanduü o la flor más delicada.
Lo mismo en toda América, según tenemos en-
tendido. De más es decir que no abogamos por esta
impropiedad
AGUA DE LAVANDA. — Esencia de alhu-
cema.
No porque sea particular (que no lo es cierta-
mente) del Río de la Plata, sino por peregrino, ha-
cemos mención de este nombre. Cuervo, refiriendo,
entre otras cosas, que el espliego o alhucema se llamó
antiguamente lavdndula, agrega: «los perfumistas,
las mujeres y los amujerados debieron figurarse que
de eso no había ni noticia en castellano, y he aquí
una voz flamante, que nadie entiende y que aun con
mayúscula escriben.» Seguramente estuvieron de
moda en el siglo pasado, junto con el remedio, el
nombre, que D. Ramón de la Cruz pone en boca de
un almibarado petimetre en el Chasco de los adere-
zos. Es de advertir que la ed. de Duran trae la randa
por lavando*.
Venancia,
¿Desmayóse doña Juana?
Alberto.
¿Qué es esto?
Diego (el petimetre).
¡Señora!
[54]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Todas,
¡Amiga!
Diego.
¿Tenéis agua de la vanda?
Venancia.
Yo la traigo aquí conmigo.
Echarla bien.
G regona.
¡Qué desgracia!
¿No vais vos?
Felipe.
¿Y para qué?
No entiendo de desmayadas;
Ella volverá, si vuelve.
¿Y si no?
Jesús!
Justo.
Felipe.
Caiga el que caiga.
Juana.
Alberto.
Ya ha vuelto.
Juana (volviendo en sí).
¡Ay de rní!
¡Lagotería!
Diego.
Ea, vaya:
Respiremos, corazón.
[55}
DANIEL GRANADA
AGUACHARSE. — Hablando de un caballo,
echar barriga y carnes, a causa de haber estado pas-
tando ocioso una larga temporada.
En Chile el verbo aguacharse equivale a enca-
riñarse, domesticarse; y así es obvio que se derive de
guacho, como lo indica Zorobabel Rodríguez;
porque el animal que se cría en las casas, natural-
mente se domestica y encariña con las personas que
lo cuidan. Pero no sucede lo mismo en el Río de la
Plata y en la provincia brasileña de Río Grande del
Sur del Brasil, donde aguacharse significa, literal-
mente hablando, llenarse de agua un caballo. Hace-
mos esta observación a vista del siguiente artículo
de Beaurepaire-Rohan: . . — -
«Aguachado, "adjr'm.'XR-' Gr. del S.) Dícese
del caballo que, después de muchos meses de reposo,
se halla muy gordo y descansado, y de resultas inha-
bilitado (y como tal impropio) para una larga mar-
cha. — Ettm, Derívase de guacho, al que se asemeja
el caballo bien tratado. (Zorob. Rodr.)»
AGUACHENTO, ta, adj. — Dícese Sel fruto
aguachado.
Cuervo dice que en Bogotá equivale a agua-
noso, advírtiendo que se usa en Cuba y que en ga-
llego hay el adjetivo agoacento. En el Perú> a seme-
janza del Río de la Plata, aplícase a la fruta (Paz-
Soldán). En Chile lo mismo que aguanoso (Rodrí-
guez). La trae también Rívodó.
AGUADA, f. — Aguas potables que hay en
un campo, paraje o región determinada.
«No puede darse mejor lugar para criar anima-
les, pues todos los terrenos son sumamente pastosos,
y, como he dicho, abundantes de aguadas.» (D. Luis
VOCABULARIO RIOPLATENSE
de la Cruz, Exp. de la Concep. de Chile a Buenos
Aires.)
«Mar, Provisión de agua dulce que lleva un
buque para su consumo. — Mar. Sitio en tierra ade-
cuado para tomar agua potable y conducirla a bor-
do,» (La Acad.)
«Beben de aguadas hechas a mano » (Reh geo-
gráf. de Irtd., Santa Cruz de la Sierra, publ. por D.
M. Jim» de la Esp.)
«Los campos de la jurisdicción de la ciudad de
Corrientes son fértiles, amenos y deliciosos, así por
las muchas lagunas que en sí contienen y le bañan,
como por los muchos montes y frondosos bosques
que hay en ellos, con aguadas permanentes de buen
sabor y saludables.» (Descrip* de Con. por el maes-
tre de campo D. Bernardino López Lujan, tent. de
gob. etc., 1760; Rev. de la B. de B. A. por Trelles.)
«Lo más ventajoso de la provincia (del Para-
guay) es que en los referidos campos, y en toda ella,
jamás faltan aguadas.» (D. AL A. Molas, Descrtp.
del Parag.)
AGUAPÉ, m. — Planta acuática, de tallo fofo,
de hoja acorazonada, y flor pequeña compuesta de
tres pétalos conglomerados blancos, menos en la
parte interior hacia el pie, donde cambia el color
blanco en amarillo primero y después en morado;
de tres estípulas morado-verdoso-amarillentas, y de
estambres amarillos. Sus hojas, deshechas con la mano
en el agua y aplicadas a la cabeza, curan la insola-
ción, quedando ellas achicharradas. Aplicadas con
unto a cualquier otra parte del cuerpo, producen
efecto análogo: extraen el calor; y dice la gente del
campo que se han curado de este modo enfermeda-
[571
DANIEL GRANADA
des pulmonares. Dan también a tomar el cocimiento
de las mismas hojas.
Del guar. agua^é^
«Malezales cubiertos de camalote y aguapéis.»
(D. Ignacio de Pasos, Recon. del Parag,, en An-
gelis,) . . _ „_
AGUÁK£7ni. — Especie de zorro grande; de
pelo ondulado y largo, amarillo rojizo, y crin negra.
Del guar. aguará.
Es fama que su piel cura las hemorroides, sen-
tándose sobre ella por la parte del pelo.
AGUARAIBÁ, m. — Árbol terebentináceo, de
palo negro, hojas estrechas, agudas, dentadas, pare-
cidas a las del sauce llorón, florecitas blancas en ra-
cimo y semilla negra a manera de granos de pimienta,
del cual los jesuítas de las Misiones del Paraná y
Uruguay hacían un jarabe y pasta llamados balsamo
de Misiones, al que se atribuían varias virtudes cura-
tivas, considerándosele eficaz particularmente en los
reumatismos, heridas, úlceras, males de orina, debili-
dad de estómago y cólicos.
Del guar. aguarMká.
Este sanalotodo es géneró de molle, del quich.
y arauc. molle ó mullí, al que en las comarcas fron-
terizas al Brasil llaman comúnmente amera, del port,
aroetra, lentisco, o sea el anacahuita, árbol de la pi-
mienta, o, según se expresa Colmeiro, árbol de la
falsa pwuenta (schmus molle L: terebintáceas). Cita
asimismo Colmeiro la aroetra del Brasil (schinus an-
tarthritica Mart.), el molle del Perú (schinus molle
L) y el molle de Chile (Uthroea molle C. Gay).
Danle también en las regiones del Paraná y Uruguay,
cuyo es el árbol de que hablamos, el nombre de
aguaribay y de guarlbay, corrupción posible de aguar
15S]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
raibá, que es la forma primitiva del vocablo, pues
así lo escribe Ruiz de Montoya, que dice ser el mo-
lle yerba conocida (palabras suyas). Sin embargo,
el nombre de guafibay es muy apropiado al árbol
de que se trata, suponiéndolo compuesto de las voces
guaraníes guarí, cosa torcida, e tbá> fruto de árbol,
y también árbol, con lo que se haría alusión a lo
tortuoso de su tronco y ramas, circunstancias que lo
^distjfiguen t an^señal ndarnen tg , y final canto la
lleva guafibay como aguareaba: Azara aguaratbay. Ad-
viértase, con respecto a esta palabra, que la forman
las voces aguara (de aguá, plumaje) e tbá o ib al
(árbol que da fruto), y que el erudito lingüista bra-
sileño Dr. D. Bautista Cayetano de Almeida Noguei-
ra dice que aguará es nombre de zorros monteses y
de frutos vellosos (pennugentos). Aguaraibá o agua-
raibay significaría, por consiguiente, árbol de fruto
velloso, circunstancia que no lo caracteriza; al con-
trario guaribay, que lo distingue por su condición
más sobresaliente: la notable tortuosidad de sus ramas.
Antes que arnera, lentisco; pero, no siendo
exactamente el lentisco o aroeira, lo propio y legi-
timo, para individualizarlo cual conviene, es darle el
nombre particular que ha llevado de muy antiguo y
lleva aún hoy en la tierra que lo produce: aguar aihá,
guaribay. Pertenece al mismo género que el turbmto
del Perú, al cual es muy probable que le den allí
también el nombre de molle, como en las provincias
argentinas arribeñas. En éstas hay vina especie de
molle, cuyas semillas, que son coloradas, sirven para
dar fortaleza a la chicha, en donde suelta de su en-
voltura una sustancia melosa, y para hacer aloja, con-
siderada como una bebida refrigerante sin igual en
el mundo, como un néctar divino, especialmente
[59]
DANIEL GRANADA
cuando el viajero fatigado necesita reponer las des-
caecidas fuerzas a fin de continuar su camino en
una larga travesía. Hay el molle que llaman de curtir,
rico en tanino. Haylo que da un fruto esférico, le-
choso, del tamaño y color de una avellana, del que
sale una especie de tábano, quedando un agujero
hacia el centro. Hay el aguaraibá de espina encono-
sa, cuya cáscara, haciendo buches con su cocimien-
to, sirve para entonar las encías. Famoso es el árbol
que en las regiones bañadas por el Uruguay llaman
amera mala o simplemente arnera, a distinción de
la medicinal, que dicen mansa: tortuosos, como los
de ésta, el tronco y ramas, pero muy diferentes las
hojas, que son más anchas, más cortas y más dobles,
no caídas, y sin jugo resinoso.
La amera mala, que más bien debiera llamarse
guaribay bravo, es famosa en las regiones que baña
el Uruguay, por la propiedad que tiene de excitar de
tal manera la sangre en algunas personas, con sólo
pasar por debajo de ella o acercársele, que les deja
el cuerpo lleno de turgencias, como si fueran lazari-
nos: hínchanse, les da una especie de fiebre o mareo
y núblaseles la vista. Así los hombres del campo
la miran con supersticioso recelo. Sus cenizas sirven
para hacer lejía, y también le atribuyen propiedades
medicinales. Suele morir ahogada entre las profusas
ramas sarmentosas de cierta planta parásita trepa-
dora llamada yerba del pajarito, que parece prefe-
rirla por víctima, como si se propusiera librar a la
humanidad de tan peligroso viviente. Contrahecho,
tuberoso, moribundo, hemos visto al temido aguarai-
bá maléfico en los montes de Ñaquirá, luchando en
vano con su aleve y tosco huésped, fiera imagen de
la ingratitud. Dicen que la mencionada parásita nace
{601
VOCABULARIO RIOPLATENSE
de la semilla que entre el excremento deja cierto
pájaro pequeño en las ramas de los árboles, de cuyo
jugo se va alimentando mientras las raíces que suel-
ta no llegan al suelo, donde al cabo prende fuerte-
mente, y se ensoberbece, y multiplica y engruesa sus
brazos, y estruja y mata a quien debe su existencia.
AGUARAIBAY, m. — V. AGUAR A1BÁ.
AGUARIBAY, m. — V. AGUARAIBÁ.
AGUATERO, m. — Aguador.
Observa don Rufino José Cuervo que es usual
en Chile, y califica de vulgar el vocablo. En el Río
> de la Plata rara ve* dicen aguador.
AGUAY, m. — Árbol recto y alto; de hoja
i estrecha; que da un fruto muy oloroso, de olor algo
j parecido al del melón, pero delicado: tan dulce que
/ empalaga, no comible, antes causa náuseas e irrita-
\ ción de estómago; ovalado, del tamaño de un higo,
/ colorado cuando pintón, negruzco de maduro, con
carozo. — Árbol parecido al antedicho; de hoja más
estrecha; de aspecto semejante al del olivo, y de
, fruto también semejante a una aceituna, amarillo,
l comible, con carozo. — Fruto de estos árboles.
\ Del guar. aguaL
\ Al primero llámanle también aguay bravo y
mataojo colorado, por ser muy semejante al árbol
P de este nombre jrjener, de. su color la „cáscara.
— 'ETToImeiro aguay del Brasil (apocináceas).
¡AIJUNA1 — Interj. vulgar con que se denota
ira, sorpresa, admiración o pena.
Elip. y contr. de ¡Ahí hijo de una. . ./ apoco-
padas.
Es expresión enteramente vulgar, agreste; y
pertenece a la familia de las puteadas (V.). Pero
hacemos mención de ella, porque Beaurepaire-Rohan
{61]
DANIEL GRANADA
la registra como provincial de Río Grande del Sur
del Brasil, sin dar razón de su etimología u origen,
bajo el título de ¡Aicuna! definiéndola: «expresión
de admiración, ¡Alcana! qué valiente militar!» tos
ríograndenses tomaron esta expresión de sus vecinos
los orientales del Uruguay, y, a lo menos hacía el
sur de la provincia, esto es, del lado de la frontera,
pronuncian claramente aijuna. ¡Aijuna! qué valiente
militar! equivale a decir: ¡Oh! qué militar valiente!
pero literalmente significa: ¡Ah! militar valiente,
hijo de una. . .
Otras veces parece como que sueltan la reserva,
dando a conocer velado su pensamiento: ¡aijuna-
mante! a saber: ¡ah! hi¿o de una amante!
^ AILLO, m. — Boleadoras de bolas de cobre,
usadas por los indios del antiguo Perú.
«Peleaban (los collaguas) con unas mazas de
palo recio y fuerte, y, para que lo fuera más, afo-
rrábanlas con plata o cobre tirado, y al cabo una
porra de plata o de hierro con unas puntas, e con
hondas e hachas de cobre; e con unas cuerdas de nier-
vos recias, y al cabo puestas unas bolas de cobre pe-
sadas, tirábanlas; llaman a éstas ayllos, y hoy lo usan
en sus cazas y monterías.» (ReL geogr. de Ind. pubL
por D. M. Jim. de la Esp.; Collaguas.)
«Huyendo los animales, de una parte a otra,
de la multitud de los indios, los cuales les van tirando
a todas partes con flechas y hondas, y con una arma
arrojadiza que llaman ayllo, que tiene dos bolas del
tamaño de un durazno, colgadas de una cuerda em-
parejo, y asidas de otra; y arrojados estos ayllos, hie-
ren y enlazan a lo que tiran,» (Gonzalo Argote de
Molina, Disc. sobre el lab, de moni, del rey D<
Alonso.)
\ í>2 |
VOCABULARIO RIOPLATENSE
AINDIADO, da, adj. — Que tira a indio, o que
tiene el color y facciones propias de los indios.
También en Cuba, según Salvá, no obstante que
define: «De color de indio, es decir, entre rojo y
cobrizo.»
Ají, m. — Pimiento, sea o no picante; y asf,
para distinguir el uno del otro, les dan respectiva-
mente la denominación de ají picante, ají dulce, —
En especial, pimiento picante. De ahí que en sentido
figurado digan del que tiene muy mal genio, que es
más bravo que un a]L — Planta que da el ají.
Hay en Corrientes, Misiones, el Paraguay, etc.,
un ají pequefiito, de color encarnado muy subido,
picante con extremo: quema que es tma temeridad,
según se expresa la gente campesina. Llámanle cum-
barí, voz tomada del guaraní (cumbarí); y, en sent*
fig., mas vivo que ají cumbarí, significa mas vivo
que una cendra.
*Ajt, ques pimienta de las Indias, de muchos
géneros.» — (ReL geogr* de Ind., Ntra. Sra. de la
Paz.)
«Algún género hay de axi que se puede comer
crudo, e no quema.» (Oviedo.)
Mi tronga y mi ñata
Riñeron por mí:
j Zambomba! iQue genios!
¡Caramba!
De ají cumbarí!
(D. F. Acuña de Figueroa.)
También en España se ha formado una metá-
fora idéntica, empleando, en vez del nombre de ají,
el de pimiento:
163]
DANIEL GRANADA
iVaya, que la muchacha
Es viva como un pimiento!
(D Ramón de la Cnifc, Pagar
la burla a buen pterio,)
«Los españoles llaman al pimiento chile o ají.
La primera palabra se deriva de qnauh-chili, la se-
gunda es una palabra haitiana que no se debe con-
fundir con axe, que, como ya lo hemos observado,
designa el dtoscorea alafas (Humboldt, tr. de Gonz.
Arnao, Ens, pol. sobre Nuev. Esp.)
«Esta voz (ají), tenida por americana, parece
original del persa, si no lo fuere de un idioma pre-
histórico, del cual pueden haberla tomado también
los dialectos americanos. — Tiénela asimismo el ára-
be, y aun es posible que de esta lengua la hayamos
tomado, no sólo por el sonido de la voz y por las
relaciones que apuntaremos, sino porque en los idio-
mas indígenas de América se encuentran diversas pa-
labras de origen africano; y varios estudios lingüís-
ticos y las afirmaciones de escritores árabes hacen
creer que en época remota pasaron tribus africanas
a la América meridional.» (D. Julio Calcaño, Actas
de la Acad. Venezolana Corresp. de la Esp.)
En Colmeiro, ají arnaucho del Perú, de las An-
tillas, de Nueva Granada, de Quito, guaguao de Cuba.
«Especie de pimiento americano, encarnado, pe-
queño y picante. — Salsa usada en América, cuyo
principal ingrediente es el pimiento» (La Acad.)
ALAMBRADO, m. — Cerco o construcción de
alambre afianzado en postes, generalmente de ñan-
dubay, que es madera incorruptible, antes se petrifica
debajo de tierra.
[64]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ALAMBRAR, a. — Cercar de alambre, afian-
zado en postes, un campo o terreno.
ALBARDÓN, m. — Loma o trozo de tierra
que sobresale en las costas muy explayadas o entre
lagunas, esteros y charcos*
«Albarda, dice Covarrubias, notoriamente es
arábigo y en su genuina terminación. Berdeatum, del
verbo berdea, que vale cubrir las espaldas o el lomo,
con el artículo al-berdeatum, y en corrupción al-
barda.» En la ed. del Tesoro que poseemos, año 16 1,
hay, entre otras, una nota marginal manuscrita de
pluma muy erudita, como versada en las lenguas
vivas y muertas, incluso las orientales, que declara el
texto de este modo: «Da la verdadera etimología
Covarrubias; y aun indica la familia a que pertenece,
que es la de bardas. Bard viene de partir, separar una
cosa de otra. Bardas son lo que separa un jardín,
huerta o corral, de las tierras inmediatas. Albarda
es la que parte, la que media entre el lomo del ani-
mal y la carga. Pertenece pues a la familia partir.
Es el francés barde. Es el árabe» . . . etc. El propio
origen que a al barda, atribuye Covarrubias a al ba-
rrada. De una u otra voz puede derivarse el aumen-
tativo albardón: o llanamente de albarda, o corrom-
pido de dbarrada. En cualquiera de los dos casos, y
particularmente en el segundo, significaría, con arre-
glo a la explicación del docto acotador anónimo
del Tesoro, trozo de tierra que parte, que separa las
aguas, que media entre charcos. Esta inferencia tiene
en su abono un pasaje del Reglamento general de
las medidas de las aguas, publicado en Méjico el año
de 1761 por D. Domingo Lasso de la Vega (V.
apénd. a Escache), que dice así: "Álveo del río se
interpreta en una ley por lo mismo que camino del
[65}
4. * T 1.
DANIEL GRANADA
río, por donde corre; y las paredes en que insiste,
si son artificiales* de terraplén o céspedes, se llaman
con grande propiedad albarradones». Corrompido el
vocablo en albardón, a la par que modificada algún
tanto su significación primitiva, pudo haber acabado
por expresar lo que expresa en el Río de la Plata.
Voz de uso antiguo y constante. En el acta de
señalamiento de término y jurisdicción de la ciudad
de Montevideo por el capitán don Pedro Millán, se
lee: «hasta las cabezadas de los ríos San José y
Santa Lucía, que van a rematar en un albardón que
sirve de camino a los faeneros de corambres.» El
ing. D. José M. Cabrer, comis. de Hm. de los dom.
de Esp. y Port., dice en el Diario de la exped. de
que formaba parte: «permite (la costa) paso franco
por medio de varios albardones que tiene a trechos,
entre los cuales se encuentran algunas lagunillas.»
«Yace la laguna Merín al occidente de la del Pas-
toreo o Teyxeira, a muy corta distancia; y entende-
mos por albardón de Siiveira aquel istmo o faja de
tierra que las separa.» (El mismo ) «Esta cañada de
lagunas (algunas de las cuales tienen peces) se llena
en tiempo de muchas aguas de tal modo que corta
el paso de la pampa con su parte meridional, o a
lo menos las aguas comunicadas no lo dejan sino
vadeándolas por lo más alto de los albardones, que
son orillas de las lagunas en las secas. (Carta sobre
B. A. en el Vtaj. unir, por D. P. E.) «La laguna
de San Lucas que tenemos a la vista, está separada
de esta de los Paraguayos por un albardón.» etc.
(D. Pablo Zizur, pil de la R. Arm., Exp. a Sahnas.)
«Esta porción está separada del resto de la laguna
por un albardonato, que a lo sumo tendrá sesenta
varas de ancho» (El mismo.) «Los albardones y las
[66}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ciénagas de las costas occidentales (del Uruguay).»
(El Gen. de Ing. D. José M a Reyes, Desc. geog.
de la R. O. del U.) «Dicen que dentro de él (de
un estero) hay una gran laguna limpia, y es creíble,
como que no faltarán tampoco ísletas o albardones
que no se anegarán.» (Azara, Viaj. méd. publ. por
Mit. y Gut.) «Llevando la línea por el referido d-
hardón o cresta, que divide aguas, por una parte al
Uruguay, y por otra al Yacuí y río Grande » ( D.
Vic. Aguilar y D. Francisco Requena, Dem. de Um.
en la Amér.)
Un departamento de la provincia argentina de
San Juan lleva el nombre de Albardon.
ALBARDON. — Departamento de la provincia
argentina de San Juan. — V. SAN MARTIN.
ALECRIN, m. — Árbol de Misiones, Paraguay,
Chaco, etc., cuya madera es semejante a la caoba, pero
más fuerte y pesada y de color aún más hermoso.
Según Colmeiro, es voz portuguesa procedente del
árabe (alecrím en port.). Menciona el alecrín bravo
del Brasil (hipencmeas) y el do campo (verbenáceas),
ALFAJOR, m. — Golosina que consiste en dos
pie2as de masa circulares, adheridas la una a la otra
por medio de un dulce cualquiera.
Antiguamente, hasta hace pocos años, hacían las
negras los alfajores, que consistían en dos piezas
circulares de masa hojaldrada, de tres a cuatro pul-
gadas de diámetro, juntas la una a la otra con dulce
de leche. Hoy lleva el nombre de alfajor cualquier
golosina de igual forma, sea cual fuere la calidad
de la masa y del dulce que se empleen en ella.
En Venezuela llaman alfajor a una «Pasta hecha
de harina de yuca, papelón, piña (bromelia ananás)
-£671
DANIEL GRANADA
y jengibre. Se le da forma de paralelogramo.» (D.
Julio Calcaño, Acad. Venez.)
En España se llama indistintamente alfajor o
alajú a la «Pasta de almendras, nueces, y, a veces
de piñones, pan tostado y rallado y especia fina, con
miel muy subida de punto.» (La Acad.) Es de ad-
vertir que en el Río de la Plata ni siquiera se conoce
la palabra alajú.
ALGARROBILLO, m. — En las provincias
argentinas arribeñas, fruto del algarrobo. — En ge-
neral todo fruto semejante a la semilla en vaina del
algarrobo, y el árbol que lo produce.
ALMACÉN, m. — Casa donde se venden por
menor comestibles y bebidas. V. PULPERIA.
ALOJA, f. — V. CHICHA.
ALPAMATO, m. — Arbusto de la familia de
las mirtáceas, de hoja aromática y medicinal, la cual
se toma en lugar de té por la gente del campo.
AL PASO, mod. adv. — Tratándose de caba-
llerías, paso a paso.
«Los trabajos vienen al trote, y se vuelven al
paso», (Antiguo proverbio citado por Julián de Me-
drano, Sil. cur., en Sbarbi, Refr.)
ALTO. — Departamento de la provincia argen-
tina de Catamarca, — Capital del mismo departa-
mento.
ALTOGRACIA. — Capital del departamento
cordobés de Anejos.
AL TRANCO, mod. adv. — Hablando de ca-
ballerías, a paso un poco extendido, que parece ser
lo que denomina la Acad. paso castellano, «paso largo
y sentado».
[68]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ALÜA, f. - — Luciérnaga grande, especie de es-
carabajo con dos discos luminosos permanentes cerca
de la cabeza. V. TUCO.
También la llaman linterna, y a la verdad suple
por ella en caso necesario. Nada dijo de más el P.
Alonso de Sandovai cuando dijo, refiriéndose a los
cucuyos, como las nombran en otras partes de Amé-
rica: A mí me faltó (la luz) en una noche oscura,
y acabé de rezar con la que ellos me comunicaron.
ALZADO, da, adj. — Se dice del animal o ga-
nado que, viviendo ordinariamente bajo la depen-
dencia del hombre, se ha sustraído a su dominio y
anda libre como el cimarrón o salvaje Por lo regular
se oculta entre el monte, de donde sale solamente a
comer y beber.
Los Códigos Rurales del Río de la Plata dicen:
ganado, hacienda alzada; la que no obedece a rodeo,
definición tan breve como inequívoca.
AMADRINAR, a. y refl. — Acostumbrar a un
caballo a andar en tropilla, siguiendo la yegua ma-
drina.
«Se amadrinan mejor a la yegua, si ésta tiene
potrillo.» (Azara.)
Lo mismo en el Perú. (Palma.)
AMANZANAMIENTO, m. — Acción y efecto
de amanzanar.
AMANZANAR, a. — Dividir un terreno en
manzanas, delineándolas conforme a las leyes y re-
glamentos que rigen en la materia. V. CUADRA.
AMARILLO, m. — Arbol. V. TATARÉ.
ANANA, m. — Planta, y su fruto. En el Río
de la Plata, y lo mismo en el Brasil, ananá es una
dicción aguda del género masculino. Según la Acad.,
1693
DANIEL GRANADA
es voz llana del género femenino, y procede de la
peruana nanas.
Del guar. anana, la planta, anana, su fruto.
En Colmeiro ananás (bromeliáceas).
ANCASTE. — Departamento de la provincia
argentina de Catamarca. — Capital del mismo de-
partamento,
ANCHETA, f. — Acción o dicho simple, des-
airado, de ninguna oportunidad o importancia. Ú. en
expresiones como las siguientes* ¡Qué ancheta! vaya
una ancheta! gran ancheta! ridiculizando a quien se
ufana de haber ejecutado o propuesto una cosa a que
atribuye mérito o importancia y que en realidad de
verdad no vale la pena.
«Para nosotros dos peruanos) ancheta es sim-
plemente ganga,* dice Paz-Soldán, esto es, todo lo
contrario de lo que en el Río de la Plata.
El sentido que más comúnmente dan a esta voz
en Venezuela es broma, mal negocio, según D. Bal-
domero Rivodó
ANDALGALA. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Catamarca. — Capital del mismo
departamento
ANDINO, na, adj. — Perteneciente a los Andes
ANEJOS. — Departamento de la provincia
argentina de Córdoba. Su capital Altograria
ANGADO. — Departamento de la provincia
argentina de San Juan. Su capital Salvador.
ANGUAY, m. — Árbol grande, frondoso, aro-
mático, de hojas alternas, cuya cara va mirando siem-
pre al sol, ya de madera negra, ya de madera blanca
incorruptible. Empleaban esta los jesuítas, por ,1a
magnitud de las vigas que de ellas pueden formarse,
en la fábrica de las grandes iglesias. Así el fruto
[70}
VOCABULARIO RIOPL ATENSE
como la cortesa y tronco dan un bálsamo aromático
eficaz en la cura de heridas, fístulas, caries, etc.
Del guar. anguau
ANTA. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Salta. — Capital del mismo departamento.
APADRINAR, a. — Acompañar un jinete, en
caballo manso, a otro que monta un potro o redo-
món, educando a éste con el buen gobierno y opor-
runos movimientos del suyo.
APARTE, m. — Operación que consiste en
separar de entre el ganado que pasta en un campo
los animales que resulten pertenecer al que pide
rodeo.
Voz de uso común, autorizada por los Códigos
Rurales del Río de la Plata.
APEALAR, a. — Enlazar de las manos un ani-
mal para derribarlo.
Formóse este verbo de apea: «soga como de
una vara de largo, con un palo de figura de muletilla
a una punta y un ojal en la otra, que sirve para
trabar y maniatar las caballerías.» (La Acad.) Pero
el instrumento de trabajo con que se apeala, que es
un lazo, así como el objeto y modo de la operación
a que se aplica, ninguna semejanza tienen con la apea.
«Cuando se quiere matar para comer, enlaza
un hombre a caballo la res por las astas o cuello, y
otro la apeala, que es enlazarla por el pie, y tirando
opuestamente, la sujetan y degüellan» (Azara.)
Se apeala para matar una res, ensillar un potro o
cualquiera otra operación que lo requiera.
De apealar es corrupción pialar, usado común-
mente.
APEREÁ, m. — Cuadrúpedo del orden de los
roedores, de un pie próximamente de longitud, sin
[71}
DANIEL GRANADA
cola, de condiciones algo semejantes a las del conejo,
pero con boca de rata y de su mismo color el cuerpo
Del guar. apena,
«Y a la boca del río (de la Plata) están los
jacroas, que es una gente que se sostiene de montería
de venados e de avestruces e de otros animales lla-
mados apareaes, los quales en la Nueva España y en
las otras partes de España llaman cortes.» (Gons,
Fernz. de Oviedo, Htst. gen. y nat. de las Ind. publ.
por la Acad. de la Hist.) Los cortes a que alude
Oviedo son indudablemente los conejillos llamados
cutes que difieren notablemente de los apereaes del
Río de la Plata.
APERO, m. — Recado de montar propio de un
hombre de campo, más lujoso que el común, par-
ticularmente si está chapeado.
APIO CIMARRÓN. — Apio silvestre, de pro-
piedades medicinales.
En Gibert, helosciadium ranuncultjoltum D. C.
{umbellinece).
ARAGUIRÁ, m. — Pajarillo de lomo rojizo y
pecho y copete de hermosísimo rojo subido.
Del guar. ara, el día, la luz, y gmrá, pájaro, en
razón del brillante color rojo que lo singulariza.
«Estos colores son del araguira.» (Azara.)
ARATICÜ, m. — Árbol, especie de chirimoyo,
de fruta amarilla (fam. de las anonaceas).
Del guar. arattcú.
En Colmeiro, araticu do mato y araticum do ala-
gadisso o do río en el Brasil {anonaceas).
ARAUCO. — Departamento de la provincia
argentina de La Rioja. — Capital del mismo depar-
tamento.
(72}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ARAZA, m. — Arbol de la familia de las mir-
táceas. — Su fruto. — Planta leñosa rastrera de la
familia de las mirtáceas, — Su fruto.
Del guar. aragá, que es el fruto; aragas, el árbol;
aragámtrí, la planta.
El fruto es comible.
En Colmeiro, aragá del Brasil y de praya en el
Brasil (mirtáceas).
ARCABUCO, m. — «Amér. Lugar fragoso y
lleno de maleza.» (La AcaA) Entendemos que debe
registrarse esta vo2 como anticuada. Usóse, no sólo en
América, sino también por los literatos españoles.
Esparcidos imagina
Por el fragoso arcabuco . . .
¿Ebúrneos, diré, o divinos . . . ?
Divinos, digo, y ebúrneos
Los bellos miembros de Tisbe.
(Góngora)
ARCAISMOS DE PRONOMBRE Y VERBO.
— Indicaremos algunos. Cuando se descubrió y con-
quistó la América tú era el tratamiento familiar o
doméstico, y el de vos se aplicaba a los inferiores
(vasallos, criados, etc.). Hoy el tratamiento de vos
en el Río de la Plata es tan usado familiarmente
como el de tú, y el vulgo jamás dice tú, que le choca,
sino vos, cuando habla con sus iguales. Por el mismo
tiempo acostumbraban omitir la d final de la segunda
persona del número plural del modo imperativo y la i
penúltima de la terminación del pretérito perfecto de
indicativo, y es presumible que, si no escribiendo, en
la conversación al menos, omitiesen también la i
(73]
DANIEL GRANADA
penúltima de la terminación de igual persona y nú-
mero del presente de indicativo y subjuntivo, Fácil-
mente podríamos llenar algunas páginas con ejem-
plos de escritores antiguos que al presente sirven de
modelo de buena dicción castellana, para demostrar
la frecuente supresión que hacían de las letras d e i
en el imperativo y pretérito perfecto de indicativo
que hemos dicho; pero carecería de objeto útil, por-
que esto lo saben perfectamente todos aquellos que
no menosprecian la literatura castellana, y los que
la menosprecian no merecen que lo sepan. Lo único
que haremos es recordar, por no ser a los más noto-
rio, que el primer adelantado del Río de la Plata D.
Pedro de Mendoza, al regresar doliente de cuerpo y
de alma a España (1537), dejó un papel escrito
para su lugarteniente Juan de Ayolas en el cual,
entre otras cosas, le hacía las siguientes recomenda-
ciones: «Por eso mira; pues os dejo por hijo y con
cargo tan honrado — Al capitán Francisco Ruiz
trata bien. — Si os sirvieren bien, hacedles honra, y
si no, no cures dellos. — Y en todas las cosas le
poné delante (refiriéndose a Dios). (Doc. méd, etc
de Ind., t. 10.) Tal manera de expresarse es la que
en el Río de la Plata usa invariablemente hoy día
el vulgo y, si no invariablemente, con harta frecuen-
cia, la gente educada: nadie escrupuli2a en semejante
irregularidad, que al cabo hablan como hablaron y
escribieron Fray Luis de León y Santa Teresa de
Jesús, sublimes artistas, soberanos de la lengua y del
ingenio.
Pero es el caso que la gente culta (no la vul-
gar, y mucho menos la campesina, que no deja nunca
el vos) suele hacer un maridaje ilegítimo, que jamás
consintieron los antiguos, del pronombre tü con el
C74J
VOCABULARIO RIOPLATENSE
número plural de la segunda persona de los modos
y tiempos susodichos. Anda tú primero; leélo tú; de-
císelo tú; tú le bablastes, y no se lo dipstes; ¿no te
acor das? ¿cómo lo sabés? Este término medio entre
el uso antiguo y el moderno, entre la rustiquez y la
cultura del lenguaje actual, bien se comprende que
es un solecismo de tomo y lomo, pero solecismo en
el cual incurre la generalidad de las personas que
han nacido o vivido largo tiempo en los países de
que se trata; sólo que unos lo hacen voluntariamente,
por gusto o en consideración a las circunstancias u
ocasión en que hablan, y otros sin darse cuenta de
ello o por causa de su ignorancia.
Un estudio erudito del lenguaje vulgar y fami-
liar del Río de la Plata y de la América española
en general proporcionaría no cortos y no poco efi-
caces recursos al de la lengua castellana.
ARGENTINO, na, adj. — Natural de alguna
de las provincias o territorios que integran la Con-
federación Argentina. Ü t. c. s. — Perteneciente a
unas u otros. V. CONFEDERACIÓN ARGENTINA.
v ARMADA, f. — Forma en que se dispone el
lazo por la parte de la llapa, al tiempo de lanzarlo.
El rollo, que se forma con el resto del lazo, sostiénese
con la mano izquierda.
ARMADILLO, m — TATÜ.
ARO, m. — Arete, pendiente.
ARREADA, f. — Extracción furtiva o violenta
de ganado ajeno. V. ARREAR.
ARREADOR, m. — Especie de látigo que usan
los troperos carretilleros, etc. Su cabo es un palo
consistente, de media vara a tres cuartas de largo,
en cuya punta tiene un agujero que corresponde con
[75}
DANIEL GRANADA
dos laterales, por los cuales pasa una guasca que
queda en forma de ojal. A éste va asida una argolla,
y a la argolla una trenza de tiritas de cuero (tientos),
de una vara y media de largo. La trenza termina en
una tira de una cuarta o más de largo, a la cual dan
el nombre de sofera (V. AZOTERA).
ARREAR, a. — Alzar violenta o furtivamente
ganado ajeno.
Hubo un tiempo en que las campañas de
las regiones del Plata estaban pobladas de ganado
cimarrón, siendo tanta su abundancia que, no ya el
gobierno superior y cabildos, sino los simples particu-
lares, arreaban el que habían menester para sacar
recursos de su corambre o para cualquier otro apro-
vechamiento. Refiere Fray Pedro José de Parras
(Diar. y derrot- de sus viaj* publ. por don Manuel
R. Trelles en la Rev. de la BÍbL P. de Buenos Aires)
que el número de vacas, caballos y yeguas que había
allí por todas partes llegó a ser tan considerable, que
era necesario espantar las manadas de los caminos
para poder transitar por ellos: que cada uno mataba
lo que quería; y que, cuando a principios del siglo
en que escribía (1700) empezaron a cargar cueros
para España aprovechando el regreso de los navios
que se permitió navegasen al puerto de Buenos Aires,
valía un toro dos reales, el caballo un real y la yegua
medio. Pero a mediados del mismo siglo ya valía
un buey de trabajo cuatro pesos, un toro o novillo
tres, una vaca veinte reales, una ternera doce, una
yegua tres, y cada caballo dos pesos. Entonces arrear
tofos y vacas con ese objeto hacia los pueblos, chacras
y estancias de los vecinos, era mirado como una cosa
lícita: recaía la saca sobre bienes mostrencos o de
propios, o, hablando aún con mayor exactitud, sobre
(76]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
bienes de ninguno. Verdad es que, a vista del desor-
den que hubo en ello y de los abusos que trajo con-
sigo el desorden, se estancó la granjeria, fijándose re-
glas para el uso que de ella podían hacer los vecinos
en época determinada del año; pero aun así, cuando
alguno, quebrantando las disposiciones gubernativas,
sacaba una punta de los campos desiertos, se hallaba
en caso muy distinto que el cuatrero, cuyo delito cas-
tigan severamente las leyes. De ahí que el goberna-
dor de las provincias del Río de la Plata D. Pedro
Esteban Dávila, «por el gran daño y consumo que
había en el anear del ganado vacuno,» prohibiese
matar vacas ni terneras, «pena que la persona que
lo hiciere pierda la carne que se le hallare y el cuero
de las tales reses,» «y más diez pesos corrientes.»
(Auto en la Rev. del Arch. Gen. de Buenos Aires
por D. M. R. Trelles.) A este tenor se dictaron por
los gobernadores y cabildos diversas disposiciones y
órdenes, mientras el ganado cimarrón anduvo en ma-
nadas por las pampas y cuchillas. Una vez extinguido,
no pudo ya, propia y legítimamente, arrear ganado
sino su dueño particular; pero la costumbre preva-
leció sobre la gramática y las leyes: quien hurtaba
animales, no hacía, en su concepto, más que arrearlos^
para que se trasladasen al punto que le convenía,
con el sano propósito de sacarles el cuero o de ven*
derlos en el Brasil, ios guaraníes de las Misiones,
después de la expulsión de los jesuítas, empezaron a
desparramarse por Corrientes, Entre Ríos y Banda
Oriental. «No omiten, decía Azara (Descrip. e bist.
del Parag. etc.), el robo ratero, porque casi lo creen
habilidad, ni a esto llaman hurtar, sino tomar, y, si
son ganados, arrear.» Hoy es, y todavía conserva esta
expresión el indicado sentido histórico.
[77}
DANIEL GRANADA
Fue necesario, de resultas, inventar una palabra
que supliese por hurto o robo, y se vino a los labios
la palabra arreada, que a la vez evitaba la molestia
de tener que usar un circunloquio extracción furtiva
o violenta de ganado ajeno. No tiene, pues, motivo
fundado de queja la severa lengua castellana; que
si se ha desfigurado el sentido de uno de sus verbos,
también por vía de compensación ha acrecido su
caudal con un nuevo nombre sustantivo graciosa-
mente histórico.
ARRIBA (provincias de). — Provincias argen-
tinas que están junto o próximas a los Andes, o sea
entre las de la costa del Plata y Paraná, y la Cordi-
llera. — Decíase en especial provincias de arriba a
las que están situadas al norte de Buenos Aires junto
o próximas a los Andes y en dirección al Perú, esto
es, con exclusión de las antiguas de Cuyo, en razón
de haberse hallado éstas sujetas a la gobernación
de Chile hasta que se creó el virreinato del Río de
la Plata.
Se dice provincias de arriba, porque lo están, en
efecto, con relación a las ribereñas.
«Hay en todo este distrito, fuera de esta ciudad
de Arequipa, cuatro pueblos de españoles, uno con
nombre de ciudad, que es la de San Marcos de Arica,
puerto de mar y escala de todas las provincias que
en común estilo se llaman de arriba, porque señalan
lo más alto deste Perú.» (Reí. del obispo de Are-
quipa, 1649; Reí geogr. de Ind. pubL por D. M.
Jim. de la Esp., Ap. 2 o del t. 2 o )
ARRIBEÑO, ña, adj. — Natural de las pro-
vincias de arriba. Ü. t. c. s. — Perteneciente a ellas
o a la región que abrazan.
Aun sin residir en las costas del Plata y Paraná
puede usarse sin impropiedad del adjetivo arribeño,
C78]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
como lo hacemos frecuentemente en este Vocabulario,
para indicar las provincias que están junto o próxi-
mas a la cordillera de los Andes; pues se sobrentiende
la referencia que aquella palabra envuelve y el cono-
cimiento geográfico de las regiones de que se trata.
«Arribeño, ña. — (De arriba.) adj. Méj. Aplí-
case por los habitantes de las costas al que procede
de las tierras altas. Ú. t. c s» (La Acad.) Vaga-
mente Salvá: «El que procede de las provincias inte-
riores del Río de la Plata.»
ARROCINAR, a. — Amansar enteramente un
caballo. Se doma un potro; se arrocina un redomón.
Ü, t. c refl.
ARROPE, m. — En las provincias argentinas
arribeñas, cierto dulce que hacen de la tuna, algarro-
billo y otras frutas y semillas.
Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma.
ARROYO, m. — Caudal de agua que, naciendo
en una eminencia y formando cauce, corre a desaguar
en un río, laguna u otro receptáculo, y sólo puede
ser navegable, ordinariamente, por embarcaciones
menores, como lanchas, botes, canoas, etc. — Río poco
caudaloso, de corta extensión, aunque ordinariamente
navegable por buques de regular calado.
Decimos naciendo en una eminencia, porque lo
regular es que así suceda; si bien hiy caudales de
agua que hacen de lagunas, como de la famosa Iberá
y sus inmediaciones los ríos Santa Lucía, Corrientes,
Bateles y Mmñay. Pero aun en este caso, las cabece-
ras de ellos se hallan en lugar eminente con relación
al curso que siguen sus aguas.
La nomenclatura geográfica de las regiones del
Plata y sus afluentes no concuerda, en algunos casos,
[79}
DANIEL GRANADA
por circunstancias especiales, con la general de Eu-
ropa; y uno de ellos se verifica en la palabra arroyo,
que define la Acad.: caudal corto de agua, que corre
casi siemprei paraje por donde corre. La razón es
obvia. En América, como dice Azara, las sierras, los
valles, llanuras, ríos, cataratas y todo, son tan grandes,
que en su parangón la mismas cosas en Europa deben
reputarse miniaturas y muñecos. De ahí resultó que,
según el concepto en que era tenido en América el
caudal de agua del Piratiní, se le designase en el trata-
do de 1777 como el arroyo que debía servir de límite
a la pertenencia portuguesa. Corrientes de agua ma-
yores aún que el Piratmí, que en Europa serían con-
sideradas como ríos caudalosos, suelen ser miradas
en América como arroyos. Sin embargo, aunque el
arroyo que entra en el desaguadero de la laguna
Merín, a que se refería el tratado, no podía ser otro
que el Piratiní, el comisario portugués tomó ocasión
de ser, en Europa, un verdadero río, para negarse a
reconocerlo como el límite indicado por las partes
contratantes. Caso es éste notable, que traemos a la
memoria para corroborar lo que dejamos insinuado
con respecto a la variedad de significado que algunos
términos geográficos tienen en Europa y América.
En la definición propuesta, hemos tratado de
encerrar las circunstancias que, en general, caracte-
rizan a un arroyo; no las excepcionales. ¿Quién no
ha visto arroyos secos?
«Son bienes nacionales de uso público... 3.°
Los ríos o arroyos navegables o flotables en todo o
parte de su curso. Se entenderán por ríos o arroyos
navegables o flotables, aquellos cuya navegación o
flote sea posible natural o artificialmente.» (Art. 430
del Cód. Civ. de la Rep. Qr. del Vrug.)
£801
VOCABULARIO RIOPLATENSE
«Las palabras río y arroyo no tienen significa-
ción diferente muchas veces, y menos en aquellas
partes (en la América meridional), donde se dan
indiferentemente a los que en Europa llamaríamos
ríos caudalosos.» (Azara, Mem. sobre el trat. de lím.
de 1777.)
«El considerable caudal de aguas de este arroyo
(de San Luis) ha hecho que muchos le llamen río,
y por tal pasaría en Europa, donde no los hay de
tanta consideración como en América.» (D. José M a
Cabrer, Diar, de la 2$ sub. de lím. esp, entre los
dom. de Esp. y Port. en la Amé. mer.)
ARTIGAS. — Departamento de la República
Oriental del Uruguay, fronterizo al Brasil.
ARUERA, f. — V. AGUARAIBÁ, MOLLE.
Del port. aroeira; tomada del Brasil.
ASADO DEL CAMPO. — Famoso asado del
Río de la Plata, que los hombres del campo hacen
al aire libre. Ensartan en un asador de hierro, del
largo de una espada, o, no teniéndolo, en un palo
cualquiera descortezado y con punta, un costillar de
vaca o de vaquillona* Con ramas del monte hacen
una fogata al aire libre, buscando la sombra de un
árbol. Cuando está bien prendida la hoguera, pero
sin esperar a que se convierta en brasas, clavan en tie-
rra el asado un poco inclinado hacia el fuego, cuidan-
do de darlo vuelta una y otra vez según se va asando
la carne de cada uno de sus lados, y de tenerlo siem-
pre a barlovento (digámoslo así), a fin de que las
llamas no lo quemen. Hacen una salmuera, y con
un manojito de ramas la van echando sobre la carne
de tiempo en tiempo. ¿Qué cosa más sencilla? Pero
también ¿qué cosa más inútil, si llega a faltar el ojo
y pulso experimentados, la baquía que sólo los hom-
[81}
DANIEL GRANADA
bres del campo poseen? Brillar Savarin dice que para
hacer bien un asado es preciso haber nacido con un
don especial, que no puede suplir el arte. Si hubiese
conocido el asado de ios criollos del Plata, sin duda
hubiera discernido a éstos la palma de superioridad
en la materia, y hubiera puesto aquél en la primera
página de su libro famoso, proclamando que, como
sano y apetecible, no hay plato en el arte culinario
que pueda disputarle la preferencia.
ASADO CON CUERO. — Un buen trozo de
pecho o de anca adobado, con su correspondiente
cuero, el cual ha de sobresalir tres o cuatro dedos,
a fin de que, cuando se encoja al quemarse, no deje
descubierta por un lado la carne. Hecha la fogata
de que se habla en el art. Asado del campo, exponen
a las llamas la parte donde está el cuero, hasta que
éste quede bien chamuscado. Entretanto se van for-
mando las brasas, sobre las cuales, a corta distancia,
se coloca después el trozo del lado de la carne, bien
estirado de antemano con unos palitos atravesados
por dentro y acomodados los extremos de los mismos
en unos cascotes o troncos. Cómenlo caliente y fiam-
bre, siendo de una y otra manera tanto o más esti-
mado que el anteriormente descrito.
ASIDERA, f. — Correón corto, de una cuarta
a lo sumo, afianzado en la argolla de la cincha del
caballo, y en cuyo extremo lleva también una ar-
golla, en la que se asegura el lazo para sujetar al
animal sobre quien se arroja, o el mamador con que
se cuartea un vehículo o se tira de un carretón o
rastra, etc.
De asir.
ASUNCION. — Capital de la República del
Paraguay, en los 25° 1635" de lat. aust., fund. año
[82}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
* 1536 por Juan de Ayolas, quien estableció allí
fuerte, subiendo el río de aquel nombre en busca
na comunicación con el Perú. Domingo de Irala,
adelante, diole forma y gobierno de ciudad,
ndo a ser desde entonces definitivamente el cen-
le las operaciones de la conquista,
ATUSAR» a. — Cortar la cnn de cualquier
aal.
AUCA, adj. — Dícese del indio de una parcia--
d, rama de los araucanos, que corría la Pampa
las cercanías de Mendoza. Ú. t, c. s. — Pertene-
ce a dicha parcialidad.
Los aucas fraternizaron con los pampas, si-
iendo su misma suerte.
AUCANO, na, adj. — V. AUCA.
™*A VOLAPIÉ. — Mod. adverb. con que se denota
1 circunstancia de perder pie el caballo al pasar un
rado, teniendo, por tanto, que atravesarlo ora úndan-
'o, ora nadando. Denótase asimismo la circunstancia
hallarse en tal estado un río o arroyo, que obliga
caballo a pasarlo a volapié; y así se dice: el río
•*royo esta a volapié.
En la provincia brasileña de Río Grande del Sut
pé (Beaurepaire-Rohan), con el propio signifi-
~> que en el Río de la Plata, de donde, sin duda,
tómaron el vocablo los nograndenses.
«Prosiguió su camino la partida, y llegando al
arroyo Yaguacá, que estaba a volapié, se cuarteó con
mucho trabajo.» (Cabrer.)
«Medio andando y medio volando.» (La Acad.)
Este es el sentido propio o primitivo de la expresión,
del cual ofrece una representación bien clara el si-
guiente pasaje del capitán Pedro Sarmiento de Gam-
boa- «Viéronse una manera de patos, pardos y ber-
[83}
DANIEL GRANADA
mejos, sin pluma, que no vuelan» sino a vuela pie
corren,, y por el agua no se pueden levantar smo a
vuela pie, dando con los alones a manera de remo.»
(Viaj. al estr. de Mag.)
AYACUÁ, m, — Diablillo diminuto e imper-
ceptible, que algunas generaciones de indios se ima-
ginaban armado de arco y flechas y otros elementos
de destrucción, y a cuyas heridas atribuían la causa
de sus dolencias. Creían que los curanderos mágicos
tenían comunicación oculta con estos malignos lili-
putienses, y que, merced a esa circunstancia, se daban
maña para extraer, sajando y chupando la parte afec-
tada, las flechillas, uñitas, dientecillos y astillitas que
el doliente tenía en el cuerpo.
Del guar. añd qua, diablo pequeño.
AYUlÑANDl, m. — Especie de laurel, que da
el incienso. Extráese éste, ora del fruto, que es a
manera de bellota, ora de la corteza, que, haciendo
en ella una incisión, lo destila. Un emplasto de sus
hojas, flor, fruto o aceite, sirve de contraveneno. El
cocimiento de la cascara de las extremidades de las
raíces, deshace las piedras de la vejiga.
Del guar. ayutñandi, aceite de laurel.
AYUINÉ, m. — Especie de laurel, cuya corteza,
haciendo en ella una incisión, hiede a excremento
humano.
Del guar. aymné, laurel hediondo,
AZOTERA, f. — de un láttgo: parte con que
se castiga o estimula a la caballería o al animal que
se arrea. O bien tren2a de filamentos de cuero, o cor-
del o guasquita que, añadida al látigo, chicote o arrea-
dor, forma su punta, o tira de cuero sobado que forma
la del rebenque. — de las riendas: extremo de ellas,
con que se castiga o guasquea a la caballería.
[84]
VOCABULARIO RIOPL ATEN SE
Sofera dicen comúnmente, pero es una evidente
corrupción de azotera, un vicio de pronunciación pro-
pio de la gente del campo, de quien procede; pues el
vocablo se deriva de azotar, parte con que se azota.
Voz útil; por lo cual, restituyéndola a su primi-
tiva pureza, la registramos en este lugar.
AZUA, f. — V. CHICHA.
«No hacen caudal de la azua* como los indios
del Perú.» (ReL geogr. de Ind.; Tucumán.)
«Bebida espirituosa que los indios hacen de la
harina del maíz.» (La Acad.)
AZÚCAR Y VINO DE LA ASUNCIÓN. —
La Asunción del Paraguay, Mendoza, San Juan, Mi-
siones, etc., beneficiaron de muy antiguo la vid. Des-
pertando actualmente tan fervoroso entusiasmo la vi-
ticultura, no desagradará cualquiera reminiscencia
histórica que tenga relación con este punto, mayor-
mente si concurre a poner de reheve los solícitos afa-
nes de los primitivos pobladores de la cuenca del
Plata. Leemos en el acta del antiguo cabildo de Bue-
nos Aires, inserta en el Reg. estad, publicado por D.
M. R. Trelles, que a pedimento de la ciudad de la
Asunción, el gobernador y capitán general de las
provincias del Río de la Plata proveyó auto prohi-
biendo se introdujese por el puerto de Buenos Aires
azúcar ni vino, a fin de que tuviesen salida los que
procedían de las cosechas del Paraguay y se aprove-
chasen sus industriosos vecinos. Juntas a cabildo la
justicia y regimiento de la ciudad bonaerense a 24
de enero del año 1611, el procurador general de ella
representó la conveniencia de que se pidiese reposi-
ción de dicho auto, como así se hizo inmediatamente,
por ser en daño de la república, porque la Asunción
no podía ordinaria ni suficientemente abastecer de
185]
DANIEL GRANADA
aquellos géneros a los consumidores, por que lo que
en retomo de sus permisiones les venía por la mar
era con más comodidad en el precio, y por otras
justas causas. ¿Que más pudiera pedirse en nuestros
días, contra el sistema proteccionista, a un tribuno de
la escuela liberal en materias económicas ?
AZUCENA DEL BOSQUE. — V. JAZMIN
DEL PARAGUAY, por cuyo nombre es comúnmente
conocido este arbusto en el Rio de la Plata*
AZUCARERA, f — Azucarero, voz que nunca
emplean. Lo mismo en el Perú, según Paz-Soldán.
AZULEJO, ja, adj. — Aplícase al caballo o
yegua de color blanco azulado. Ú. t. c. s.
[86]
B
BACARAY, m. — V. VACARAY.
BAGRE, m. — Pez de los ríos, sin escama, de
color pardo atigrado, cabeza grande a proporción de
su cuerpo, pocas espinas y gustosa carne amarillenta;
armadas las aletas y el lomo de sendas espinas muy
agudas, recias y aserradas, con los dientes inclinados
hacia su raí 2, cuya herida se reputa enconosa; voraz;
amigo de vivir donde hay fango, en la costa y junto
a las barrancas, y del cual hay varias especies, algu-
ñas de colosal tamaño, distinguidas por nombres par-
ticulares.
«Común y abundante en casi todos los ríos de
América» dice D. Antonio de Alcedo, (Dice, geogr.
hist* de las Ind. O ce.)
En Buenos Aires y particularmente en Monte-
video se le desestima por completo, tanto por la abun-
dancia que hay de otros pescados, como porque su
voracidad le induce a tragar sin reparo cualquier cosa
que halla en los parajes inmundos que frecuenta.
El poeta oriental D. Francisco Acuña de Figue-
roa hizo el retrato y celebró los méritos y servicios
del bagre en la forma que se verá en seguida. (Vaya
en gracia el galicismo que acomodó el poeta en el
último de los versos, y el manto de escamas con que,
por una distracción lastimosa, lo viste.)
{87]
DANIEL GRANADA
¡Bagre! nombre infeliz que, desdeñado,
Ni aun en el Diccionario lugar tienes,
Cuando de ti y por ti siempre ha gozado
La aflicta humanidad auxilio y bienes.
¿Qué cetáceo del mar, ni qué pescado
Logra el lauro y ventajas que tú obtienes?
Pues, desde la ballena a la sardina,
Ningún pe2 más laudable se cocina.
Guarnecida de barbas glutinosas
Tu cabeza es enorme, dura y chata;
Anchas son tus agallas y esponjosas,
Y tus aletas de zafiro y plata.
Oscilante tu vientre, con grandiosas
Dimensiones se encoge o se dilata,
Y en tu lomo cerúleo y escamoso
Brillan vislumbres de color dudoso*
Tu grande boca de taurón o harpía
A una enorme cazuela se asemeja;
Y, si orejas tuvieses, se diría
Que es tu boca también de oreja a oreja.
Peces, piedras, metal, cuanto Dios cría,
Nada, insaciable tu apetito, deja;
Y en tu panza, que engulle cuanto alcanzas,
Pareces un ministro de finanzas.
El bagre remedió las penurias de los habitantes
de Montevideo durante los asedios de los años 1812-
14 y 1843-51, A eso alude el primer cuarteto.
Tales son las hazañas del bagre. Pero hay más
todavía: el bagre ha contribuido a enriquecer la len-
gua castellana; pues de una mujer muy fea se dice
que parece o que es un bagre. Bien merece, por tanto»
el despreciado bagre que siquiera se ponga su nombre
en el Diccionario.
£88]
VOCABULARIO RIOPL ATEN SE
BAGUAL, la, adj. — Dícese del caballo o ye-
gua salvajes, — del caballo o yegua muy bravos,
- — del caballo o yegua muy matreros, — del caballo
entero — y del potro, cuando lo están domando.
(X t. c s. — Dícese asimismo de toda clase de ganado
salvaje, particularmente del vacuno.
Del arauc.-pampa cahual.
El caballo, como es sabido, fue importado por
los españoles; pero, alzado, se hizo salvaje, propa-
gándose considerablemente por las pampas del sur
de Buenos Aires, Los indios que las habitaban aco-
modaron a su lengua el nombre que de boca de los
conquistadores entendieron se daba a ua cuadrúpedo
que no conocían, llamándole cahuallu, cabuellu y
cahual. Los españoles, tomando a su vez de los pam-
pas este último vocablo ligeramente modificado, die-
ron en llamar bagual al caballo que allí hallaron
salvaje, con lo que le distinguían del manso o sujeto
al dominio del hombre: adjetivóse la voz castellana
al volver transformada a sus labios de labios de
los indios.
«Habían recogido este ganado de todas las tie*
rras de la estancia, que son siete leguas, a fin de
matar algunos caballos enteros (que acá llaman
baguales).» (Fray Pedro José de Parras, Diario de
su viaje publ. por D. Manuel Ricardo Trelles.)
«Los caballos cimarrones viven en todas partes
en tropas tan numerosas, que no es exageración decir
que se componen algunas de 12.000 individuos. In-
comodan y perjudican; porque, sobre comer el pasto
inútilmente, embisten al galope a las caballadas
mansas siempre que las ven, y, pasando entre ellas
o junto, las llaman y acarician con bajos relinchos
de afecto, las alborotan, y ellas se incorporan sin
(893
DANIEL GRANADA
dificultad, yéndose todas juntas para siempre. Así
sucede a los viajeros que íes embisten los baguales
y los dejan sin poder continuar, llevándoseles los
caballos mansos de respeto o de remuda, que siempre
llevan sueltos por delante. Para evitar esto, al di-
visar la bagualada, que embiste infaliblemente, es
preciso que hagan alto para rodear a sus caballos
sueltos y salir a encontrar a los baguales, espantan-
dolos para que se desvien. El modo de embestir no
es en línea de batalla, sino que algunos van delante
y siguen todos en columna, que jamás se corta o
interrumpe, y a lo más tuerce la dirección si la
espantan. A veces dan muchas vueltas, antes de ausen-
tarse, al rededor de los que los desvían: otras, pasan
una sola vez, y no vuelven; y otras, llegan los ba-
guales tan ciegos que se estrellan contra las carretas,
si las hay.» (Azara.)
«Llaman baguales a los caballos salvajes, de
que abundan estas campañas, los cuales, cuando ex-
trañan algún ruido, se dejan venir en tropel en gran-
des porciones, arrebatando como un torrente impe-
tuoso cuanto encuentran » ( Cabrer. )
Salvá dice ser provincial de América, por bravo,
feroz, indómito. Creemos que es peculiar del Río de
la Plata y, si no estamos mal informados, también
de Chile.
BAGUALADA, f. — Conjunto de baguales. —
Caballada. — En sent. fig., barbaridad, torpeza grande.
Refiriéndose a la caballada alzada y cimarrona,
dice Azara* «habiéndole impuesto los indios bárba-
ros querandís, llamados ahora pampas, el nombre
de bagualada, lo han adoptado también estos espa-
ñoles.»
{90}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
BAGUALÓN, na, adj. — Dícese del caballo
o yegua recién domados o que conservan aún cierto
grado de fiereza, Ü. t. c. s.
BAGUARl, m. — Especie de cigüeña, de unos
tres pies y medio de longitud, cuerpo blanco, alas
y cola negras.
Del guar. mbaguart.
«Estos españoles le llaman por excelencia
güeñas, y aun le creen de la especie de Europa, pero
no lo es.» (Azara.)
BAICURÚ, m. — V GUAICURÜ (la planta).
Del guar.
- — ~ BAJERA, f. — Pieza del recado de montar,
que consiste en una manta pequeña de lana o de
algodón, la cual se aplica sobre el lomo de la ca-
balgadura y sirve de sudadero Llámase también jerga.
BALSA, f. — Construcción plana de tablones
o troncos, que sirve para transportar en los ríos y
arroyos, aguas abajo, o de una orilla a la otra, cual-
quiera clase de carga* aguas abajo, llevada de la
corriente; de una orilla a la otra, por medio de una
maroma, y, si es mucha la anchura, a remolque. V
JANGADA.
«Porción de maderos que, unidos unos con
otros, forman una especie de embarcación plana y
rasa. Empléase para navegar en ríos y lagunas, y
en caso extremo de naufragio, para salvar la vida
en los mares.» (La Acad.)
Alcedo dice que la embarcación de que se trata
toma el nombre de una madera fofa, porosa, tan li-
gera como el corcho, de que construyen las que na-
vegan el río de Guayaquil.
BÁLSAMO DE MISIONES. — V. AGUA-
RAYBÁ.
{91]
DANIEL GRANADA
BANANA, f. — Fruto del banano.
BANANO, m. — Planta que da la banana.
BANDA. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Santiago.
BANDA ORIENTAL. — Decíase Banda Orien-
tal, en razón de quedar al oriente de Buenos Aires,
al territorio que se extendía desde la margen izquier-
da de los ríos de la Plata y Uruguay hasta las pose-
siones portuguesas. Comprendía primitivamente la
hoy República Oriental del Uruguay y las provincias
brasileñas de San Pedro de Río Grande del Sur y
Santa Catalina. A principios del siglo que corre, so-
lamente llegaba hasta las Misiones. Posteriormente
' no pasaba más allá del río Ibicúy. Constituida la
Banda Oriental en estado independiente bajo el nom-
bre de República Oriental del Uruguay, hizo un arre-
glo de límites con el antiguo imperio del Brasil,
fijándolos en el río Cuaréin,
BAÑADO, m. — Terreno húmedo, a trechos
cenagoso, con pajonales, y frecuentemente inundado
por las aguas pluviales o por las que se desbordan
de algún no, arroyo o laguna, en cuyas inmediaciones
es donde, por lo regular, se forma.
BAPOROITl, m. — V. IBAPOROiTÍ.
BAQUEANO, adj. — Dícese del que conoce
prácticamente la campaña o una región cualquiera*
pasos de ríos y arroyos, picadas de montes, atajos,
pastos, aguadas y demás circunstancias mediante las
cuales pueda hacerse con la brevedad posible y sin
peligro ni penurias excusables una larga travesía,
Ú. t. c. s. — Dicese del que por práctica es hábil
y diestro en las cosas peculiares a los usos y costum-
bres del país y en las operaciones propias de las in-
{92]
VOCABULARIO BIOPLATENSE
dustrias nativas. Ú. t. c. s. — Dícese del que es
práctico en la navegación de los ríos. Ú. t. c, s.
Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma.
Esta palabra baqueano es voz, no sólo de uso
antiguo y constante en el Río de la Plata, sino única
precisa en su línea como significativa de las ideas
que expresa la definición que precede. V. BAQUÍA,
y BAQUIANO.
Baqueano: «práctico de los caminos, trochas y
atajos de algún paraje; es general en toda la Amé-
rica.» (Alcedo.)
«Podrá alguno ignorar el significado de la pa-
labra baqueano; y asi es de advertir que cualquiera
que en estas partes (en el Río de la Plata) sirve de
guía o ptáctico de la tierra, llaman con ese nombre,
y en el río lo es fel que da el rumbo y manda las
maniobras de velas en la embarcación y finalmente
el que hace el oficio de piloto, y no se llama así,
porque en realidad ignoran todo lo que conduce a
la ley de pilotaje y su profesión, respecto de que ni
se observa el sol, ni se gobierna por la brújula, sino
por el conocimiento de la costa del río, que siempre
está a la vista.» (Fray Pedro José de Parras. Diario
de su viaj. publ. por Trelles,)
«Aunque queríamos marchar esta tarde, no
quiso el práctico o baqueano, porque el estero que
debíamos cortar no permitía andar de noche.» (Aza-
ra, Viaj.)
«No es menos admirable el tino con que los
prácticos vaquéanos conducen al paraje que se les
pide por terrenos horizontales, sin caminos, sin ár-
boles, sin señales ni aguja marítima, aunque disten
cincuenta y más leguas.» (Azara, Apunté)
(93]
DANIEL GRANADA
«Nosotros proseguimos caminando, pero los
vaquéanos erraron el rumbo.» (Inf del P. Voltear po
Dufo sobre lo sucedido en la entrada que se bizo<
el año de 1715 al castigo de los infieles, publ por
D. M. R. Trelles, Rer. del Arch. de B. A.)
«Y atento que los indios de los pueblos inter-
medios eran poco diestros en nadar, no muy preveni-
dos de cueros, los que nos servían de vaquéanos, sin
decirme nada y sin saber yo por donde iba, determi-
naron coger y cogieron un rumbo muy alto y muy
distante del Uruguay, para tomar, o aun evitar total-
mente, las cabeceras de los nos y arroyos.» (El jesuíta
misionero que condujo la exp, de Ibirapitá-Gua2u
hasta S. Dom. de Sor., Ret\ de la Bibl P. de B. A. }
Trelles.)
«Baqueano de los mejores de la sierra y campaña
oriental.» (Cabrer.) «Y no acertando con el rastro
antiguo de la picada, por falta de baqueano» etc.
(El mismo.)
BAQUETEO, m. — Efecto de baquetear.
BAQUÍA, f. — Conocimiento práctico de la
campaña o de una región cualquiera, señaladamente
de sus atajos, picadas de montes, pasos de ríos y arro-
yos, pastos, aguadas y demás condiciones de territorio
de que es necesario estar bien enterado para hacer
con la brevedad posible y sin peligro ni penurias ex-
cusables una larga travesía. — Habilidad y destreza,
adquiridas con la práctica, para ejecutar bien una
operación perteneciente a las industrias propias del
país o peculiar a sus usos y costumbres.
Baquía, como baqueano, son voces usadas de
antiguo en Santo Domingo, Méjico, Guatemala, Nue-
va Granada, etc. Pues se usan y han usado siempre
en el Río de la Plata, es probable que no haya región
[94]
VOCABULARIO BJOPLATENSE
de la América española donde no suceda lo mismo.
Por lo tanto, las voces baquía y baqueano deben ser
registradas en el diccionario de la lengua castellana.
BAQUIANO, adj. — V. BAQUEANO.
Sólo la gente del campo dice hoy baquiano.
Baquiano es, sin embargo, la derivación legítima del
radical de que procede, que es baquía, voz significa-
tiva de antigüedad y experiencia, y baquiano dijeron
los escritores antiguos. Baquiano y muy diestro de la
tierra, dice con redundancia Vargas Machuca en las
ApoL y dtsc. de las Ind. O ce, publ. por D. A. M.
Fabié. Multitud de vocablos hay en la lengua caste-
llana (como sucede en todas las lenguas) que, usa-
dos con arreglo a su legítima derivación etimológica,
constituirían el día de hoy un defecto en que no le
sería lícito incurrir a una persona medianamente edu-
cada: mesmo por mismo, fugir por huir, invidia por
envidia, etc., etc., que es el modo que tiene de expre-
sarse la gente campesina, depositaría constante de la
lengua y costumbres tradicionales.
Por lo dicho se verá que no podría aplicarse
totalmente a los habitantes de los países del Plata el
siguiente razonamiento de D. Rufino José Cuervo:
«Se engañó indudablemente Alcedo, y Salvá siguió sus
huellas, al estampar en sus diccionarios baqueano por
baquiano. Prescindiendo de que nadie, que no sea
empalagosamente remilgado, dice así, no queda ni
un ápice de duda si se considera que esta voz viene
de baquía (no baquea), que vale hoy entre el vulgo
de nuestro país habilidad, destreza; significación que
fue probablemente la antigua de este vocablo,» etc.
D. Zorobabel Rodríguez tiene por arcaico ba-
quiano, si bien lo considera preferible a baqueano ,
y cita el siguiente pasaje de Mateo Alemán, «que
[95}
DANIEL GRANADA
como tan baquiano en la tierra, todo lo conocía»
(Guzmán de Alf atache); lo que demuestra que, ha-
biendo en España arcabucos (Góngora), era razón
que no faltasen allí baquianos.
Baqueano también, o vaqueano, en el Brasil
( Beaurepaire-Rohan ) .
BARBIJO, m. — Cinta pendiente del sombre-
ro, la cual se aplica a la barba para afirmarlo en la
cabeza, evitando que se caiga o que el viento se lo
lleve. Úsalo la gente del campo, que anda siempre
a caballo.
BARBOTE, m. — Insignia usada por algunas
parcialidades de indios, la cual consiste en un palito
embutido en el labio inferior.
«Y que los descubrió un indio que salió a ellos,
que llevaba un gran barbote de plata en el labio
bajo.» (Herrera, Déc.)
BARRACA, f. — Edificio grande, especie de
corralón techado en parte, donde se depositan cue-
ros, lanas, maderas, carbón u otros objetos comercia-
les de semejante naturaleza.
Lo mismo en Chile: depósito de maderas, hierro ,
etc. (Rodríguez, Solar.)
BARRACÓN, m. — Aum. de barraca,
BARRANQUERO, ra, adj. — Perteneciente a
la barranca.
BARRERO, m. — Terreno salitroso que en
ciertos parajes, donde las aguas son muy dulces y
los pastos participan de esta condición, escarba y lame
con ansia el ganado.
Del barrizal que se forma con la escarbadura
y pisoteo de los animales que frecuentan esta clase
de terrenos, les viene el nombre de que se trata, que
es castellano. Üsase de antiguo en tal sentido, y con-
C96]
VOCABULARIO RÍOPLATENSE
tituladamente hasta el día de hoy. Ruiz de Montoya,
hablando del anta, refiere que de día come yerbas, y
de noche barro salobre, y «hay en algunos parajes
tanto rastro como en un corral muy grande de vacas.
Los cazadores acuden de noche a estos barreros, y en
sintiendo que viene cerca, sacan de repente un ha-
chón encendido, con que, deslumbrada, da lugar a que
la maten.» (Conqu. espi,) Siendo los terrenos sali-
trosos los únicos de cuya substancia se aprovechaban
los animales, removiéndolos constantemente y con-
virtiéndolos de resultas en barrizales o barreros, de
ahí que la palabra barrero haya venido a significar
exclusivamente el terreno salitroso de que se apro-
vecha el ganado. Así, en el Río de la Plata no todo
barrizal es barrero.
Tratando del ganado vacuno, dice Azara: «na-
die le da cubierto, ni más comida que el pasto del
% campo, ni tampoco sal, ni la necesita desde los 27
grados hasta Malvinas; pero desde dicho paralelo ha-
cia el ecuador no subsiste sin comer lo que llaman
barrero. Éste es una tierra salada que come con ansia
toda clase de ganados y aun otros animales, sin lo
cual se van aniquilando y perecen antes de seis me-
ses.» (Apunt. etc.)
«Se contienen en ellas varios potreros de pasto
para invernadas de ganado; pero carecen de barreros
(D. Mariano Antonio Molas, Descrip. hist. de la ant.
prov, ¿el Parag. publ. por IX Ángel Justiniano Ca-
rranza. )
BATAT1LLA, f. — Planta pequeña, de hoja
parecida a la del bibí, flor colorada, y en cuya raíz
echa un bulbo gomoso, que, crudo, causa efectos de
purga extremadamente fuerte, a la vez que de vo-
mitivo.
[97}
5-1 i
DANIEL GRANADA
Este feroz purgante cura (dicen, por experien-
cia) la elefancía.
BATUQUE, m. — BaiJe y mezcla desordenada
de hombres y mujeres. — Baraúnda. — Confusión,
desconcierto en acciones y cosas en que intervienen
muchas personas.
Es alusión a los bulliciosos bailes de los negros.
La voz probablemente de origen africano.
1 feAYÁ (mbayá), adj. — Dícese del indio cuya
parcialidad habitaba al occidente del río Paraguay,
cerca de Bahía Negra. Ü. t. c s. — Perteneciente a
dicha parcialidad.
Los bayaes, confederados con los payaguaes, ma-
taron a Juan de Ayolas, el primero que atravesó el
Chaco hasta el Perú, cuando de él regresaba inmune
entre tanta penuria y riesgos, hallándose ya cerca de
Íla Asunción. Eran los bayaes gente brava, esforzada,
indomable y presumida de altas dotes.
' BECASINA, f. — Ave semejante a la becada
europea.
«Así las llaman (becasinas) los españoles - los
guaranís yacaberés, y algunos en Montevideo agua-
teros, figurándose que anuncian lluvia, cuando al ano-
checer y romper el día y a veces con la obscuridad
suben casi verticalmente a mucha altura, de donde
se dejan caer abandonadas, plegadas las alas, cabeza
abajo, sonando bere bere muchas veces continuas, y
antes de llegar al suelo vuelven a subir, repitiendo
lo mismo algún rato» (Azara.)
BELÉN. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Catamarca. — Capital del mismo depar-
tamento.
BELGRANO. — Departamento de la provincia
argentina de La Eioja. — V. CATUNA DEL SUR.
Í98]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
BELLACO, ca, adj. — Dícese de la cabalgadura
que es difícil de gobernar y que se encabrita con
frecuencia.
BELLAQUEAR, n. — Encabritarse, hablando
de cabalgadura. — En sent* fig>, resistirse con maña,
o por todos los medios posibles, a ejecutar alguna
cosa.
«Antes de llegar a la corriente fuerte, bellaqueó
el caballo.» (Azara.)
BELLAVISTA. — Departamento de la provin-
cia argentina de Corrientes. — Capital del mismo
departamento.
BENTEVEO, m. — Pájaro de una cuarta de
longitud, lomo pardo, pecho y cola amarillos y una
mancha blanca en la cabeza. Su canto parece querer
pronunciar las palabras bien te veo.
«Los españoles del Río de la Plata le dan el
primer nombre (bienteveo), y los guaranís del Para-
guay el segundo (piutaguá.)* (Asara.),
f ""BlBÍ, m. — Planta, semejante en todo y por
todo, menos en su tamaño, porque es pequefiita, al
' lirio* La hay de flor morada, amarilla, blanca, etc., y
\ variamente matizada; uodas de suave fragancia. Su
raíz es un bulbo menor que el de la cebolla: crudo,
tiene un gusto que recuerda al coco; asado o co-
cido, se acerca al de la castaña. Era muy apetecido
de los charrúas.
Abunda en la banda oriental del Uruguay. Sin
duda a él se refería Oviedo en el siguiente pasaje:
«Hay en aquella tierra (costa norte del Río de la
Plata) unas cebolletas debaxo de tierra, que es buen
manjar para los naturales y aun para los españoles».
{HtsU gen. y nat. de las Ind. publ, por la Real
Acad. de la Hist.)
199]
DANIEL GRANADA
BICHARÁ, adj, — Dícese del poncho basto
de lana. Ü. t. c. s. — Dícese del poncho descolorido
de tanto usarlo. Ü. t c. s.
En la provincia brasileña de Río Grande del
Sur s, m., poncho de lana gruesa con listas blancas
y negras a lo largo (Beaurepaire-Rohan).
■ BICHEADERO, m. — Atalaya.
En los cerritos y otros puntos eminentes de la
banda oriental del Uruguay hállanse unos montones
de piedras en forma de pirámide cónica, de dos a
tres metros de altura. Algunos, a un par de pasos
de distancia, están cercados por una pared de piedra
suelta, de una vara de alto poco más o menos. A esto
es a lo que la gente del campo llama bicheaderos
o bichaderos, donde (dice), cuando los charrúas te-
mían ser sorprendidos en sus aduares, apostaban un
centinela para atalayar a sus enemigos. Es posible
que los charrúas se sirviesen de aquellas pirámides
y cercos para bichear, pues les proporcionaban la
ventaja de poder estar escondidos, observando, sin ser
vistos. Pero no es verosímil que tal hubiese sido su
primitivo objeto. Lo probable es que con las pirá-
mides señalasen el enterramiento de sus caciques, y
que les pusiesen el cerco para significar el respeto
con que debían ser miradas. Suele hallarse más de
una pirámide en un mismo punto, como en el cerro
Verde de Valentín de la República Oriental del Uru-
guay, donde hay dos, a diez o doce pasos el uno del
otro. Es propensión de los indios hacer sus cemen-
terios en alto. Los charrúas, por otra parte, como
hordas errantes que eran, improvisaban sus tolderías,
y no es creíble que para bichear, acaso sólo un día,
cuando eran perseguidos, levantasen los monumentos
de que se trata. Los hemos puesto, sin embargo, bajo
[100]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
t ;
el título de bicheaderos, porque ese es el nombre
que les dan vulgarmente y con que son conocidos.
En el departamento de Paysandú de la república antes
citada hay un cerro llamado del Bichadero, por tener
en su cumbre una de dichas pirámides.
W BICHAR. — V. BICHEAR.
BICHEAR, a. — Espiar, observar a escondidas
lo que pasa en un sitio cualquiera. — Seguir los
pasos y observar los movimientos de una expedición
o persona, agachándose, serpenteando por entre el
pasto y ocultándose detrás de las matas, como acos-
tumbraban hacerlo los indios.
Dícese generalmente bichar, forma, al parecer,
impropia.
El teniente gobernador de Yapeyú (antiguas
Misiones ) en informe (M S.) al virrey marqués de
Aviles, año 1800, dice: «Fueron (los españoles) vi-
cheados, día por día, de los infieles minuanes.»
f^^^JSm duda puede usarse también como neutro.
BIGUÁ, m. — Ave acuática de unos dos pies
y medio de longitud, de color negro, con alguna mez-
cla de blanco en la cabeza y cuello.
Del guar. mbi^nL
Llámanle también zaramagullón, como si fuera
propiedad suya exclusiva el zabullirse.
«Don Antonio Cruz Fernández, teniente de pro-
tomédico en el Paraguay, me dijo que habiendo vi-
1 sitado a Dña. Petrona Roa, postrada de asma, la
encontró de repente sana, y que, admitado, le pre-
guntó el motivo, y le contestó que había ^ abierto
vivo a este pájaro (el biguá), y lo había aplicado al
pecho, quedando repentinamente sana.» (Azara.)
L, BINCHA, f. — Cinta que se ciñe en torno de
la cabeza a las niñas, para sujetar el pelo, a la vez
non
DANIEL GRANADA
que por vía de adorno. — Pañuelo que los hombres
de campo, cuando trabajan en las estancias, cortan
leña en los montes, corren carreras, etc., llevan ceñido
en torno de la cabeza, por razón de comodidad o por
costumbre, o para sujetar el pelo, que generalmente
lo usan largo, — Cinta usada del mismo modo y
con el propio objeto que en los casos precedentes,
por los indios e indias pampas, charrúas y de otras
parcialidades.
En Chile huincha, cinta gruesa de lana con que
se ribetean los ponchos, alfombras, etc.; del araucano
y quichua huincha, cinta que se ponen los indios en
la cabeza para sujetar el pelo, llamada vulgarmente
vincha o yaque. (D. Zorobabel Rodríguez.)
Arauc. huincha, «fajita angosta de lana que (a
los indios de Chile) les sirve de trenzadera para
amarrar los cabellos.» (El P. Andrés Febrés, Calep.
chd. - hisp.)
«En general tienen (las indias, en el Perú)
una cinta hecha de lana de colores, tan ancha como
dos dedos, que les ciñe la cabeza, y lo. llaman bincha
(huincha), y traen el cabello suelto.» (Reís, geográf.
de Ind., Rucanas antamarcas; publ. por D. M. Ji-
ménez de la Espada.) «Y luego les mandó que las
hijas y mozas de diez y seis años se peinasen los ca-
bellos, echando sus binchas.» (Joan de Santa Cruz
Pachacuti Yamqui, publ. por D, M. Jim. de la Esp.)
BIRARÓ, m. — Arbol de la familia de las
bignontáceas, parecido al lapacho.
BLANDENGUE, (de blandir), m. — Antiguo
lancero del Río de la Plata, conocedor muy práctico
del país, destinado primitivamente a guerrear contra
los indios de las pampas de Buenos Aires.
U02 ]
\
VOCABULARIO RIOPLATENSE
A mediados del siglo pasado, los indios pam-
pas, que hasta entonces se habían contentado con
disfrutar del ganado cimarrón prodigiosamente mul-
tiplicado a raíz de la conquista, el cual vendían en
Chile, empezaron, ya casi extinguido, a molestar a
los vecinos de la provincia de Buenos Aires, inva-
diendo sus estancias. El gobernador que era a la sa-
zón del Río de la Plata D. José Andonaegui orga-
nizó, para repelerlos, un cuerpo expedicionario. Pron-
to éste para salir a campaña en la plaza principal
de Buenos Aires, desfiló ante el representante de la
autoridad soberana, blandiendo sus lanzas ,en señal
Íde homenaje y rendimiento. La gallardía de los lan-
ceros ai ejecutar el reverente saludo, arrancó de la
boca del concurso entusiasmado la palabra blanden-
gue, cuyo eco pasó en seguida a la nomenclatura
| militar de las provincias del Plata.
¡ Posteriormente, en la época del virreinato, se
¡ organizaron también cuerpos de blandengues en
j Montevideo y otros puntos. Batallar con los indios
¿ salvajes, perseguir a ios contrabandistas y cuatreros,
, { a los reos, vagos, desertores y facinerosos, llevar, co-
mo chasques, comunicaciones oficiales, dar cuenta de
cualquiera novedad que interesase ai orden público,
escoltar expediciones: tales eran los encargos pro-
pios del ministerio en que los blandengues ejercita-
ban su pericia y esfuerzo.
Formábanse los cuerpos de blandengues, eli-
giéndolos entre los hombres más prácticos del país,
entre los más baqueanos: vestían lujosamente; dis-
tinguíanse por su gallarda apostura; su valor y es-
fuerzo eran proverbiales.
«Arbitré formar una compañía de 50 blanden-
gues voluntarios, gente muy propia, como V. E. sabe,
DANIEL GRANADA
para las marchas forzadas, pasaje de ríos y toda
clase de fatigas.» (El virrey Arredondo.)
«Soldado armado con lanza, que defendía los
límites de la provincia de Buenos Aires.» (La Acad.)
BOBETA, adj. — Bobalicón. Ü. t. c. s.
BOBl. — Departamento de la República del
Paraguay.
BOCA DEL GUAZO- — V. DELTA PARA-
NAENSE.
BOCADO, m. — Guasca que, aplicada a la
quijada inferior de un potro, hace veces de freno
para domarlo. Lo propio en el Perú, según D. Ri-
cardo Palma. Usábanlo también los indios, en lugar
de freno.
BOCHINCHE, m. — Desorden, escándalo,
barullo: confusión y alteración del concierto propio
de una cosa, por efecto de la ineptitud, abandono,
travesura o malicia de la persona o personas que
dirigen su ejecución, Así se dice, refiriéndose a una
oficina mal administrada, es un bochinche; a una
tertulia en que poco o nada se ha respetado, era un
bochinche: a un debate que degeneró en pendencia,
fue un bochinche: a una empresa en que los que la
dirigen están en desacuerdo y no hacen nada a de-
rechas, ¡qué bochinche!
La Acad. establece que bochinche significa en
América alboroto, asonada, cosas que en algunas
ocasiones pueden no pasar, en efecto, de un bochin-
che, pero a las cuales no les hubiera dado este nom-
bre el Duque de Rivas, aunque hubiese nacido en
América, al relatar con pluma de oro los hechos de
Masaniello.
Rodríguez lo asemeja a batahola, alboroto. Paz-
Soldán admite la definición de Salva: motín, asonada.
I 104 1
VOCABULARIO RIOPLATENSE
En la prov. de Río Grande del Sur del Brasil, especie
de batuque, según el vizconde de Beaurepaire-Rohan.
formaron los riograndenses este vocablo de sus ve-
cinos los orientales»
BOCHINCHERO, ra, adj. — Que promueve
o se mete en bochinches» Ü. t. c, s.
En «Amér. Alborotador, alterador de la tran-
quilidad pública.» (La Acad.)
BOHÁN, na, adj. — Dícese del indio que dis-
curría por la costa oriental del río Uruguay, al norte
del río Negro. Ü. t. c. s. — Perteneciente a dicha
generación.
Los bohanes fueron exterminados por los
charrúas.
BOLA CHARRÚA. — V. BOLA PAMPA. i
BOLA ERIZADA. — Instrumento ofensivo, i
usado por los indios del Río de la Plata. Consiste ^
en una piedra dura y pesada, redondeada y erizada \
de púas desiguales, por entre las que, formando cír- j
cunferencia, pasa un surco, en donde es evidente que ' f
iba afianzada la cuerda o guasca con que se mane-
jaba el instrumento. Si la bola lisa era terrible, ¿qué
no lo sería este erizo? Tiene treinta y seis promi-
nencias cónicas, o sea púas, la mayor de dos centí-
metros y algunos milímetros. La circunferencia que,
trazada por el vértice de los conos, ofrece en su tota-
lidad la bola erizada, es de veintisiete centímetros
o sea del tamaño de una naranja algo grande. El
surco deja justamente dieciocho púas a un lado y
dieciocho al otro, quedando, por lo mismo, equi-
librado el peso de la bola, si, aplicándole allí un
cordel, se la suspende. Adquirimos esta rareza al nor-
te del Cuarém, cerca del Uruguay. El aspecto del
arma arguye una antigüedad remotísima.
[1051
DANIEL GRANADA
D. Florentino Ameghino (La Ant. del hom< en
el PL) no hace mención de ejemplar alguno que se
parezca al descrito. Habla solamente de la bola Usa.
Es de presumir, por tanto, que la erizada que posee-
mos es sumamente rara o desconocida.
Tal decíamos en la I a ed. de este libro. Pos-
teriormente obtuvimos otra bola de forma semejante
a la descrita; sólo que, en lugar de esférica, es acha-
tada y oblonga, mayor, y las púas, que son dieci-
nueve, más gruesas y largas.
BOLA PAMPA O CHARRÚA. — Instrumen-
to ofensivo, usado de muy antiguo por los indios de
ambas márgenes del Río de la Plata y actualmente
por los de la Patagonia, Consiste en una bola de
piedra muy consistente y pesada, que lleva abierto
en redondo un surco, en el que se afianza un cordel,
trenza o guasca retorcida de tientos (tiritas de cuero)
para manejarla. Arrójase a la distancia, volteándola
a modo de honda. Peleando cuerpo a cuerpo, re-
tiénese asegurada de la mano, al dar el golpe, la
extremidad de la cuerda, guasca o trenza. Dos bolas
de piedra sujetas a los extremos de un cordel, trenza
o guasca, sirven, ora como instrumento de caza,
arrojadas a las patas o al pescuezo del animal que
se quiere aprisionar, o ya accesoriamente de arma
ofensiva. Parece como que la misma naturaleza,
inspiradora y maestra de los pueblos infantes, hu-
biese puesto en manos de los indios que erraban por
la pampa el modelo del arma de que se trata. En
efecto, desde los ramales de los Andes tenían de-
lante de los ojos la muestra El alcalde provincial
de la Concepción de Chile D Luis de la Cruz, que,
al decir de Angelis, con un pequeño séquito, cortos
auxilios y muy escasos conocimientos del país que
VOCABULARIO RIOPLATENSE
se propuso atravesar, se arrojó como un cóndor desde
las cumbres de la Cordillera hacia las pampas de
Buenos Aires, cuenta que cerca del estero de Guita-
lechecura hay un cerrillo que remata en peñas gran-
des, que forman como tres ganchos. «Me ponderó
Molina, prosigue, abundaba de piedras en forma de
balas.de todos calibres: fui a verlas, y aunque las
hay parecidas, no con perfección. Es cosa común en
muchos lugares de estas cordilleras, y en especial me
han asegurado que al lado del oriente de las salinas
Grandes, por cuyo camino vamos andando, hay un
valle nombrado Muí uche mélico } que sólo se com-
pone de piedras redondas y de todos tamaños, que
apenas podrán encontrarse algunas que no sean idén-
ticas a los calibres usados j» Al tiempo del descubri-
miento y conquista del Río de la Plata sólo consta
que usasen la bola de piedra, como instrumento de
guerra y de caza, los pampas y los charrúas, salvo
alguna que otra parcialidad vecina de ellos que imitó
sus costumbres. Los españoles que componían la ex-
pedición del primer adelantado del Río de la Plata
D. Pedro de Mendoza, vieron la bola de piedra en
manos de los indios que ocupaban la costa austral
de dicho río, a quienes llamaron querandíes. Por
efecto de esa arma terrible perecieron algunos caba-
lleros en la batalla con que se dio principio a la
conquista, cerca de Buenos Aires, hecho que relata
Schmidel del modo siguiente, según la versión cono-
cida de su Viaje: «Queriendo atropellados, nos resis-
tieron, peleando tan furiosamente que dieron muerte
a D. Diego de Mendoza, a seis hidalgos y a cerca
de veinte soldados de a pie y de a caballo. De los
indios murieron cerca de miL Pelearon fuerte y ani-
mosamente con sus arcos y dardos, género de lan-
do?]
DANIEL GRANADA
cilla a modo de media lanza con punta de pedernal
aguzada y tres puntas en forma de trisulco. Tienen
unas bolas de piedra atadas a un cordel largo, como
las nuestras de artillería: échanlas a los pies de los
caballos (o de los ciervos, cuando cazan), hasta ha-
cerlos caer; y con estas bolas mataron a nuestro ca-
pitán y a los hidalgos referidos, y a los de a pie
con sus dardos, lo cual vi yo. Pero, no obstante su
resistencia, los vencimos y entramos a su pueblo.»
El instrumento ofensivo y de caza que nos ocupa,
era peculiar de las parcialidades de indios que en la
época del descubrimiento y conquista de América
acampaban en las márgenes austral y septentrional
del Río de la Plata. De ahí la admiración del pri-
mer cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Ovie-
do, cuando de él tuvo noticia. Transmítela de este
modo. «Los otros que en él (en el grand río de la
Plata) entraron, no vieron lo que estos de don Pedro
(de Mendoza) probaron con su daño la tierra aden-
tro, y en especial en ¡a manera de cierta arma ojén-
ssiva que en aquella tierra usan los indios, que a mi
parescer es cosa de notar mucho, e a mis orejas cosa
muy nueva e nunca oyda ni leyda, la qual arma no
la usan todos los indios, ni son hábiles para ella
sino los que ellos llaman guaranias; y este nombre
no supieron decirme si es de esta gente e género apar-
tado que usan esta nueva arma y la exercitan en la
caza para matar los venados, o si al mismo exercicio
o a tal arma la llaman guarania, con la cual assimesmo
mataban a los españoles como los ciervos, y es desta
manera. Toman una pelota redonda de un guijarro
pelado, tamaña o mayor que un puño de la mano
cerrado, y aquella piedra átanla a una cuerda de ca-
buya, gruessa como medio dedo, y tan luenga como
(108]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
cient passos, poco más o menos, y el otro cabo de la
cuerda átanla a la muñeca del brazo derecho, y en
el revuelto lo restante de la cuerda, excepto quatro
o cinco palmos della, que con la piedra rodean o
traen al rededor, como lo suelen hacer los que tiran
con hondas; pero como el de la honda rodea el brazo
una o dos veces ante ques se suelte la piedra, estos
otros la mueven al rededor en el aire con aquel cabo
de la cuerda diez o doce o más vueltas, para que
con más fuerza salga la pelota e más furiosa vaya.
E quando la sueltan, va adonde la guían o enderes-
can, y en el instante soltándola, extiende el brazo
el indio que la tira, porque la cuerda salga y proceda
libremente, descogiéndose sin detenencia ni estorbo
para la piedra. E tiran tan cierto como un muy buen
ballestero, e dan a donde quieren a quarenta e cin-
cuenta passos e más; e aun algunos de los que son
más diestros tiran a cient passos; y en dando la
pelota, va de tal arte e industria arrojada, que ella
misma, después que ha llegado y herido, da muchas
vueltas con Ja cuerda al hombre o caballo que hiere,
e lígalo, e se traba con él de manera en torno, que
con poco que tira el que tiene la cuerda atada al
brazo, como he dicho, da en el suelo con el hom-
bre o caballo a quien ha herido, e assí acaban de
matar al que derriban. Decían estos españoles que
aquí aportaron, que en tanto número de chripstianos
como fueron a aquella tierra, habiendo muchos dellos
sueltos y mañosos, ninguno supo tirar aquellas pie-
dras segund los indios, aunque infinitas veces mu-
chos españoles lo probaron* A mi parescer cosa es
extremada tal arma en el mundo para los hombres,*
{HtsU gen. y nal. de las Ind. etc.)
El juego compuesto de tres bolas retobadas es
no91
DANIEL GRANADA
posterior a los tiempos de la conquista. Son las
boleadoras, denominación comprensiva asimismo del
juego compuesto de solas dos bolas» Cuando se dice
boleadoras > se entiende siempre que las usan los hom-
bres del campo en los trabajos propios de la industria
pecuaria o los indios en la ca¿a.
Poseemos cierto número de bolas charrúas ha-
lladas en la banda oriental del Uruguay. Todas son
de piedra pardusca, muy dura y pesada, con su co-
rrespondiente surco, de diferente tamaño y forma:
unas esféricas, otras ovaladas; las más comunes algo
menores que una naranja mediana y algunas trabaja-
das con tanta perfección que no saldrían mejor he-
chas a torno. Hacíanlas a mano, raspando una piedra
con otra, ya en sus aduares, ya (después de la con-
quista) al tranco del caballo*
BOLA PERDIDA. — V. BOLA PAMPA o
CHARRÚA
BOLEADORAS, pl, f. — Instrumento para
aprehender animales, usado por los hombres del cam-
po y por los indios de la Patagonia. Consisce en dos
o tres bolas de piedra u otra materia pesada, retoba-
das y sujetas a otros tantos ramales de guascas torci-
das o bien de trenzas formadas de tientos (tiritas de
cuero). En el juego compuesto de tres bolas, dos de
éstas son iguales, y de tamaño menor la tercera, que
sirve de manija en el acto de voltear aquéllas el
jinete para darles vuelo y dirección. Arrojadas a las
patas del animal (toro, caballo, etc.) que se trata
de aprisionar, enrédanse en ellas, por cuyo efecto cae
en tierra. En el juego de dos bolas, la una, que sirve
de manija, es menor que la otra, y ambas, por lo
regular, menos grandes y más livianas que las del
juego de tres, así como más delgada y corta la trenza
r noi
VOCABULARIO RIOPLATENSE
o guasca que las sujeta. Üsanse en especial estas bo-
leadoras para bolear avestruces, venados y otros ani-
males semejantes, arrojándoselas a las patas o al
pescuezo. El retobo , en lo que se emplea regular-
mente el garrón por su forma y consistencia, a la
vez que sirve para afianzar la bola en la guasca o
trenza, evita que la piedra, hierro, etc., de que está
formada, dañe al animal, cuando se le quiere sola-
mente aprehender, como sucede en los trabajos de
las estancias.
Usaron asimismo las boleadoras retobadas los
pampas y los charrúas. Los soldados de caballería
paraguayos, en la guerra contra la Triple Alianza,
que comenzó el año de 1865, llevaban cada uno dos
juegos de boleadoras de tres bolas, y asida a la muñeca
con una trenza de cuero o guasca una bola igual-
mente retobada, como parte de sus armas.
BOLEAR, a. — Arrojar las boleadoras a las pa-
tas o pescuezo de un animal para aprehenderlo. —
En sent. fig, envolver, enredar, trampear a alguno,
hacerle una mala partida.
Prov. de la Amér. merid., según Salvá. Cree-
mos lo sea sólo del Río de la Plata y Chile.
BOLICHE, m. — Casa de negocio por menor,
muy pobre, de ninguna importancia, — En especial,
tienda de baratijas.
En las provincias del norte de Chile y en la
costa de Bolivia y Perú boliche equivale a bodegón
de víala muerte. según D. Zorobabel Rodríguez, quien
presume que aquel vocablo procede de la germanía
En efecto, Juan Hidalgo (Vocab.) y la Acad lo traen
por casa de juego. En la provincia brasileña de Río
Grande del Sur taberna pequeña de poco surtido o
[111]
DANIEL GRANADA
de poca importancia, según el vizconde de Beaurepai-
re-Rohan.
BOLICHEAR, n. — Ocuparse en negocios de
muy poca importancia.
BOLICHERO, ra., m, y f. — Persona que tiene
un boliche. — Por ext., persona que se ocupa en
negocios de poca importancia, insignificantes, que no
valen la pena.
BOMBACHA, f. — Pantalón muy ancho, ce-
ñido por la parte inferior. Úsalo actualmente la gente
del campo que se ocupa en trabajos propios de la
industria pecuaria, prefiriéndolo, por más cómodo,
al chiripa, que va desapareciendo.
En el Perú bombacho (Palma).
BOMBEAR, a. — Explorar el campo enemigo.
— Seguir los pasos de una expedición observando
sus movimientos. — Observar cautelosamente a al-
guno, a fin de descubrir su intento, o con cualquier
otro objeto.
«Antes de amanecer fue sorprendida Cía es-
colta) y cruelmente insultada por los indios tupíes,
que parece la hubieran venido observando de lejos
por las orillas de los bosques, o, como dicen común-
mente, bombeando, que es la costumbre de estas na-
ciones hasta lograr su depravado intento» (Cabrer.)
«Por cuyo motivo había mandado el chasque
al comandante, diciéndole había bombeado los in-
dios, que estaban a distancia de 8 o 10 leguas.» (D
Juan Antonio Hernández:, Exp. contra los indios te-
güelcbes, 1770 )
También en la provincia brasileña de Río Gran-
de del Sur, con la propia significación que en el Río
de la Plata (Beaurepaire-Rohan).
Prov. de la Amér. mer. (Salva.) Es probable
[112}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
no se extienda tanto; quizás no pase del Río de la
Plata y Paraguay.
Respecto a su erim. V. BOMBERO.
BOMBERO, m. — Explorador del campo ene-
migo. — Espía que va siguiendo los pasos y obser-
vando los movimientos de una expedición cualquiera.
Derívase del port. pombeiro, palomero, nombre
que se dio antiguamente a los que en el Brasil se ocu-
paban en la compra y venta de indios para reducirlos
a cautiverio. De pombeiro hicieron los españoles pri-
meramente pombero, y por último bombero.
«Tuvo noticia (el padre Romero) de unos tupís
que son banqueros o cajeros de los vecinos de San
Pablo, a quien en lengua portuguesa llaman pom-
beros y en nuestro castellano palomeros, a la simili-
tud de los palomos diestros en recoger y hurtar palo-
mas de otros palomares... Estos pomberos, si bien
profesan ser cristianos, son los mismos demonios del
infierno . * . Tienen las casas llenas de mujeres gen-
tiles, compradas para sus torpezas* incitan a los gen-
tiles a que se hagan guerra y se cautiven y prendan,
y los traigan al contraste y venta.» (Ruiz de Mon-
toya, Conqu. espir.)
En la provincia brasileña de Río Grande del
Sur bomheiro de pombeiro, con la propia significa-
ción que en el Río de la Plata, en donde es muy
probable, dice Beaurepaire-Rohan, que se introdujese
el vocablo cuando las tropas brasileñas guarnecían
el territorio que constituye hoy la República Oriental
del Uruguay. Juzgamos más probable que pombeiro
se haya corrompido en bombero en boca de los espa-
ñoles, y que de éstos h.iyan tomado la voz así trans-
formada los portugueses de Río Grande del Sur (en
cuyo lenguaje influyeron de una manera tan eficaz
[113]
DANIEL GRANADA
y notoria), convirtiéndola a su vez en bombeiro. Los
portugueses, cuando hubiesen dado a la voz pom-
betro el sentido traslaticio que hoy tiene en el Río
de la Plata y provincia de Rio Grande del Sur del
Brasil, hubieran conservado su estructura primaria,
por serles enteramente familiar como de su lengua.
Que se usó en el Río de la Plata mucho antes, y no
sólo desde la época en que, como lo presume el ilus-
trado filólogo brasileño, las tropas portuguesas ocu-
paron la Banda Oriental del Uruguay, lo demuestran
los siguientes pasajes:
«Habiendo descansado un rato, llamó el cura
al bombero del pueblo. Por bombero debe entenderse
un explorador a cuyo cargo está salir a correr el cam-
po y traer las noticias de si hay indios enemigos por
las cercanías.» (Fray Pedro José de Parras, Dmr. de
su viaj. al Río de la Plata, Ret\ de la B. ¿fe Bs. As.
por Trelles.)
«Cuando han resuelto (los charrúas) una inva-
sión, ocultan las familias en algún bosque, y antici-
pan seis leguas a lo menos algunos bomberos o
exploradores bien montados y separados. Éstos ade-
lantan con suma precaución. Se detienen a obser-
var y van echados a la larga sobre los caballos, de-
jándolos comer para que, si los ven, se crea que los
caballos están sin jinete.» (Azara, Descnp. e hist.
del Par. etc.)
«Estos indios se iban llegando; pero luego que
los llamé con la voz de amigos, pararon, y recono-
ciendo cuanto la distancia les permitía el barco, sor-
prendidos de una cosa para ellos no vista, se entre-
garon a una presurosa, fuga. Quedamos esta noche
con cuidado de si serían bomberos (llaman así a los
E 1143
VOCABULARIO RIOPLATENSE
espías) que venían observando nuestros movimien-
tos, y dudando al mismo tiempo si fuesen chirigua-
nos u otros indios de naciones enemigas.» (D. J. A,
Fernández Cornejo, Exp. al Chaco, 1780.)
Antiguamente llamaban bombero al indio espía
o explorador; hoy se usa el vocablo en sentido lato.
Prov. de la Amén merid., según Salvá.
BONAERENSE, adj. — Perteneciente a la ciu-
dad o a la provincia de Buenos Aires. V. PORTEÑO.
BOSTA, f. — Excremento del ganado vacuno
y caballar, y en general de todo cuadrúpedo.
También en Chile estiércol de vaca o caballo
(Rodríguez) y en el Perú (Palma).
Voz legitimada, no sólo por uso antiguo y cons-
tante, sino por su derivación del lat. bos, buey, vaca;
de donde su sentido recto: excremento del ganado
vacuno.
«La muía tiene de asno el sufrimiento, el comer
cualquiera cosa, sin excluir la bosta de las tripas de
las vacas que se matan,» etc. (Azara, Apunt. etc.)
mBosta equivale a boñiga.» (D. Baldomero Ri-
vodó.)
BOSTEAR, n. — Tratándose de animales va-
cunos, caballares y otros cuadrúpedos, excrementar.
V. BOSTA.
BOYERO, m. — Pájaro pequeño, negro, que
acompaña siempre al animal vacuno y caballar cuan-
do está pastando, y con el cual se familiariza de tal
manera que a su sombra se preserva de los rayos del
sol, pasease por su lomo y casi le quita de la boca
el alimento. Hace el nido en el fondo de una bolsa
de una vara o más de largo, pero angosta, que él
rus]
DAIS! IBL GRANADA
teje con cerda y filamentos de plantas y cuelga de
una rama en las lagunas y otros parajes semejantes.
Vio colgado a un laurel, sobre las aguas,
Un nido de boyeros.
(D Rafael Obligado.)
BOZAL, adj. — En sent. fig. y fam., que se
expresa con dificultad y aturulladamente en caste-
llano.
BOZALÓN, na, adj. — Dim. de bozal.
BRACEAR, n. — Echar el caballo las manos
hacia uno y otro lado, cuando anda, circunstancia que
lo hace más airoso y aumenta su estimación, — Ña-
dar, sacando los brazos fuera del agua y volteándolos
hacia delante.
BRASIL. — Esta parte del continente america-
no era muy abundante de la madera que, por ser de
un color encarnado tan encendido que parece una
brasa, recibió el nombre de brasil, de donde tomó
el suyo la tierra que lo producía. Fue descubierta
por los españoles Vicente Yáñez Pinzón y Diego de
Lepe en eí año de 1500. Algunos erradamente atri-
buyen el descubrimiento al capitán portugués Pedro
Alvares Cabral, quien, en el mismo año, navegando
para la India, alejóse tanto de las costas de Africa,
por evitar las calmas allí reinantes y a fin de doblar
desembarazadamente el cabo de Buena Esperanza,
que dio con tierras al occidente, a las que puso el
nombre de Santa Cruz o sea el Brasil,
Capmany f Mem. htst. etc. de BarcJ observa que
los europeos, comparando, sin duda, el color encen-
dido del palo a una brasa de fuego, le dieron el
nombre de brasil cuando comerciaban en levante,
[1161
VOCABULARIO RIOPLATENSE
mucho antes del descubrimiento del Nuevo Mundo,
ues desde fines del siglo XII lo halló nombrado
rassillum y braxillum en documentos de Italia y de
Cataluña.
BRASILERO, ra, adj. — Brasileño o natural del
Brasil. — Perteneciente a esta nación.
Voz formada del port. faasileiro, a consecuen-
cia de la constante e inmediata comunicación con
el Brasil y de la dominación portuguesa en la Banda
Oriental del Uruguay.
BRETE, m. — En las estancias y mataderos,
sitio cercado con fuertes maderos, para marcar ani-
males, matarlos, etc.
BUENOS AIRES. — Capital de la Confedera-
ción Argentina. 34° 35' 30" de lat. aust.
El año de 1535 arribó a la costa austral del Río
de la Plata la expedición del adelantado D. Pedro de
Mendoza. El primero que saltó en tierra fue Sancho
del Campo, exclamando: ¡qué buenos aires son
éstos! La imposibilidad de mantener un puesto tan
distante de la Asunción del Paraguay, donde algunos
años después determinaron fijar el centro de las ope-
raciones de la conquista los pocos españoles que la
guerra y el hambre habían dejado con vida, les in-
dujo a abandonarlo. Pero el año 1580 fundó defini-
tivamente la ciudad de Buenos Aires, D. Juan de
Garay, teniente general del adelantado Juan de To-
rres de Vera y Aragón.
V. CONFEDERACIÓN ARGENTINA.
BURUCUYÁ, m. — Planta trepadora, abun-
dante en los montes, cuyos árboles entreteje y her-
mosea en la estación de las flores. Da una fruta en-
carnada, de cáscara pulposa. Su flor, de colores varios,
señaladamente azulados, encierra particularidades que
[117}
DANIEL GRANADA
se asemejan a los instrumentos de la pasión de Jesu-
cristo; por lo que lleva el nombre de pasionaria o
flor de la pasión. Passiflora coetulea L. (Gib.) En
Colmeiro murucuyá del Brasil y de las Antillas.
Del guar. mburucuíá.
«Llamárnosle los españoles granadillo, y con
nombre más piadoso flor de la pasión.» (Lozano.)
Lo más apropiado es llamar burucuyá a la plan-
ta y a su fruto, y a la flor, pasionaria, o flor de la
pasión,
Mburucuya simbólico, que guardas
De la pasión cristiana el gran misterio.
(D A. M^annos Cervantes i
BURRUYACÜ. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Tucumán. — Capital del mismo
departamento.
[118]
c
CAÁ, m. — Nombre guaraní de la yerba del
mate y del árbol que la produce. V. MATE.
Los guaraníes denominaban caá al árbol cono-
cido en botánica por ilex-mate o ilex paraguay ensis.
Pero como caá, a la par con capii s significaba tam-
bién genéricamente diversas yerbas del campo, los
españoles, traduciendo a la letra el vocablo, llamaron
yerba al árbol de que se trata. Puede ser que los
guaraníes le nombrasen caá por antonomasia, aten-
didas las SLñaladas virtudes que reconocían tener sus
hojas, como si se dijera en castellano yerba por ex-
celencia; pero es dudoso, porque el misionero jesuita
Antonio Ruiz de Montoya> a cuyo Vocabulario y
Tesoro de la lengua guaraní, dio fm t según el mismo
se expresa, el tiempo de treinta años que había gas-
tado entre gentiles y con eficaz estudio rastreado len-
gua tan copiosa y elegante, observa que en lo de
ahuyentar el sueño parece a algunos que se semeja
o es la misma yetba de la Chma llamada cha, que
lo quita, y que aun el nombre que le dan los natu-
rales (caá) no desdice mucho (Conquista espiritual,
etc). Esto no lo diría Montoya si la voz caá corres-
pondiese en este caso con el nombre genérico yerba
particularizado en el árbol a que se alude y en sus
hojas.
I 119]
DANIEL GRANADA
CAACATl — Departamento de la provincia
argentina de Corrientes. — Capital del mismo de-
partamento.
CAACURUZÜ, m. — Planta aromática, resi-
nosa, con ramitas en forma de cruz, llamada también
hierba sania* por su acreditada virtud de preservar
de las pestilencias, purificando el aire inficionado.
De la voz guar. caá* hierba, y de la española
cute, corrompida por los guaraníes, o sea curngú: las
cuales, aglutinadas, forman un vocablo que significa
hurba de la cruz, aludiendo a la disposición de las
ramas de esta planta.
CAAPAÜ, m. — Conjunto de árboles o monte
de corta extensión, aislado, que no está junto a río
o arroyo Lo mismo que isla por trasl.
Del guar. caapaú } monte aislado.
Dijose antiguamente caapaú o caapáu, que son
formas apropiadas a la etimología del vocablo.
El jesuila misionero que condujo la expedición
de guaraníes desde Ibirapitá-Guazú hasta Santo Do-
mingo de Soriano, cuyo Dtar, ha publ. D. M. R,
Trelles (Rvi\ de la Bibl P. de B. A.) escribe: «Ca-
minamos unas cinco leguas hasta el Yeyuca, en donde
encontramos al cabo de un triste caapaú.»
En algunas partes, como en la República Orien-
tal del Uruguay hacia el norte y en Misiones, dicen
capón s que no es otra cosa que la voz portuguesa
capdo castellanizada a favor del contacto inmediato
en que están con los brasileños los habitantes de
aquellas regiones.
Leemos en el Diar, de D. José Cabrer:
«Bosques cortados en forma de islas, a que los por-
tugueses llaman comúnmente capoens,*
1*120]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CAAZAPÁ. — Departamento de la República
del Paraguay.
CABALLADA, m. — Conjunto de caballos,
sea cual fuere su número, con especialidad cuando
están destinados a un determinado objeto, como los
que se echan por delante de un vehículo para re-
mudar los de tiro, los que pertenecen a un cuerpo
de ejército o los de una mensajería.
CABILDANTE, m. — Individuo de cabildo
secular.
Nunca se dio en América el nombre de con-
cejos o ayuntamientos a los cuerpos representantes
del municipio, sino el de cabildos. De ahí el llamarse
cabildantes a los individuos que los componían. De
manera que, diciendo cabildo, se entendía el cuerpo
municipal de que se trata, a distinción del cual de-
nominaban cabildo eclesiástico al de las iglesias ca-
tedrales. Llamóse también cabildo el edificio en que
se juntaba la corporación, donde regularmente estaba
la cárcel.
«Cabildante, parecido en su formación a come-
diante, creemos que se usa también en España en
lugar de regidor; sin embargo no se encuentra en
el Diccionario de la Academia. Hallamos además
aquella voz en el Resumen de la historia antigua
de Venezuela por D. Rafael María Baralt.» ( Cuervo.)
«El que maneja los acuerdos y votadas del cuerpo
a que perrenece, y a veces las de otros. — fam.
Capitular. » ( Sal vá. )
Desaparecieron los cabildos con la nueva forma
política que se dieron las antiguas colonias hispano-
americanas después de la independencia. Era la ins-
titución más benéfica de su mecanismo gubernativo.
Los individuos que los componían, elegidos de entre
DANIEL GRANADA
los vecinos más capaces y honrados, supieron con-
formar dignamente, en todas ocasiones, la mayor
energía y firmeza en la defensa de los intereses de
los pueblos que tenían bajo su guarda, con el res-
peto que infundían ios virreyes y monarcas. La his-
toria y en particular las actas de los cabildos de Bue-
nos Aires, Montevideo, Córdoba y Santiago del Es-
tero que se han publicado, ofrecen tan singulares y
constantes ejemplos de patriótico celo, que parecía
como ingénito en aquellos cuerpos concejiles. El re-
nombrado escritor argentino D. José Rivera Indarte,
abogando por la restauración de los cabildos con
arreglo a los principios constitucionales que se ha-
bían dado las repúblicas del Plata, prohijaba los si-
guientes conceptos de D, Pedro de Angehs: «Estos
cuerpos integrados por los vecinos de más nota, se
habían hecho recomendables por su amor al país,
por la pureza con que administraban sus rentas y
sobre todo por la energía que desplegaban cuando
se trataba de defender sus inmunidades y sus dere-
chos. En su organización y sus debates, los cabildos
ofrecían, aun en el sistema colonial de la España,
el primer simulacro de las asambleas deliberantes en
las formas más perfectas de los gobiernos reptesen-
tativos, y llenaban desde entonces las funciones be-
néficas de defensores del pueblo, no con la petu-
lancia de un tribuno, sino con la circunspección y
prudencia de un sabio administrador. A falta de otros
funcionarios públicos, estos honrados vecinos los
reemplazaban en los vanos ramos de la administra-
ción: los asuntos contenciosos, la protección de los
pobres y los menores, el cuidado de las cárceles, de
los hospitales, de los hospicios, de la higiene, del
abasto, etc., todo entraba en sus atribuciones y era
l ir:i
VOCABULARIO RIOPL ATENSE
verdadetamente admirable el celo con que las lle-
naban.»
CABURÉ, m. — Ave de rapiña, menor que el
puño, parda, redondita y fornida. Da un chillido,
mira a su alrededor, y los pájaros que se hallan al
alcance de su voz, se terrifican, quedando enteramente
entregados a su voracidad. Entonces elige el que más
le place y lo devora. Cuentan que su víctima predi-
lecta es el chingólo, que parece el más tímido y
cauteloso, y de ahí la frase proverbial en el campo:
por desconfiado, mata al chingólo el caburé. La gente
campesina atribuye multitud de excelencias a las
plumas del caburé. Pero no las quieren las chinas,
porque, dicen ellas, cuando tienen un hijo, se les
llena la casa de gauchos. Atesoran, no siempre para
mal, las plumas del caburé fuerza atractiva; y si no,
díganlo las pulperías, donde las guardan escondidas
como oro en paño, a fin de que acudan maf chantes
que dejen mucha plata. Dígalo el que tiene la fortuna
de llevar sobre sí las venturosas plumas, infundiendo
y concillándose el amor de la persona a quien soli-
cita y quiere. El caburé busca las selvas, huyendo
lejos de las ciudades: anda por Corrientes, Misiones,
el Paraguay, el Chaco. ¡Lástima grande! Si lo tuvié-
ramos más a mano, no habría bicho viviente que,
quieras no quieras, rehusase entregar bonitamente el
cuello al yugo del matrimonio.
Del guar. caburé.
«Me parece que no hay pájaro más vigoroso
(que el caburé) a proporción del volumen, ni más
feroz é indomesticable.» (Azara.)
CACUNDA, f. — Parte superior del espinazo,
cuando es algo abultada. Úsase esta voz especialmente
[123]
DANIEL GRANADA
con referencia a la espalda de los negros, de cuya
lengua originaria parece provenir el vocablo.
CACHAFAZ, adj. — Díccse de la persona des-
baratada, picara y sinvergüenza, Ü, t. c. s.
CACHARPAS, pl. f. — Conjunto de objetos
o prendas de uso, en especial cuando son viejas. Así,
las piezas que componen un recado de montar y los
trastos de una familia pobre, cuando tienen ya algún
uso, se llaman cacharpas, y también se da este nom-
bre a las insignias y condecoraciones de un general,
Rccoia, amigo, sus cacharpas [Lis piezas de su re-
cado). Llevé en un carro mis cacharpas (mis mue-
bles). Iba el general con todas sus cacharpas (sus
insignias y condecoraciones).
«Tal vez del quichua llachapa, andrajo, trapo
desechado, o bien de rachapa, andrajos.» (D. Zoro-
babel Rodríguez).
«Voz indígena; algo como petates, en la frase
metafórica de liar los petates.-» (D. Pedro Paz-Soldán
y Uninue.)
Moratín dijo: «porque es fama que el tal dios
(Mercurio) no puede dormir en verano, sí no de-
pone todos los trastos^ quedándose a la ligera como
su madre lo parió.» Aquí hubiera encajado bien
cacharpas en lugar de trastos.
CACHE, adj. — Dícese de la persona o cosa
mal arreglada y sin gracia ni gusto en los adornos
que lleva o se le han puesto. No es lo mismo que
charro, charra, que se aplica a las personas o cosas
adornadas con exceso, sin gusto y que ostentan co-
lores chillones.
CACHI. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Salta. — Capital del mismo departa-
mento.
C 1241
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CACHUA, f< — Pájaro pequeño, pardo, que
hace el nido en el suelo, de hierbecillas y cerda, y
anda siempre rastreando por el campo, de donde el
llamársele también correcammo.
. _ CACHIRLA, f. — V. CACHILA.
j CACHIMBA, £ — P020 de corta profundidad,
* — Ojo de agua manantial. ^
Es voz importada del África, en donde signi-
■ fíca la densa neblina que al caer de ía tarde se forma
en algunos puntos de sus .costas y también pozo
artificial para sacar agua.
En el Brasil dicen cacimba. En el Río de la
Plata decían antes también cacimba, según escribe
Cabrer: «En el fondo del puerto (de Montevideo)
hacen las embarcaciones su aguada, para lo que hay
cubiertas (abiertas t sin duda) varias casimbas sobre
la misma arena, a corta distancia de la playa, y en
ellas se filtra un agua clara, de buen gusto» etc.
Casimba^ en el Perú, es, según Paz-Soldán, «una
especie de cisterna a que apelan los industriosos piu-
ranos para aprovechar del agua de su río, que muy
pronto deja de correr». Agrega que «son unas exca-
vaciones abiertas en el cauce mismo, lecho, madre o
álveo del río»: que es voz corriente en Cuba en ese
^sentido; y que Pichardo la cree de origen africano
CACHIMBO, m. — Pipa de fumar ordinaria
y tosca, en especial la que usan los negros viejos.
En Chile le llaman cachimba (Roduguez), así
como en el Perú (Palma, Paz-Soldán) y en Cuba
(Salvá). Palma dice: «la voz cachimbo la hemos
inventado los politiqueros peruanos para bautizar
con ese nombre a los soldados de la guardia nacional
o cívica». Rivodó trae cachimbo como equivalente
a cachimba, y entendemos que les atribuye el signi-
r 125]
DANIEL GRANADA
ficado de pipa de fumar. La Acad. establece que en
América se llama cachimba a la pipa, tomada esta
voz en la 2 a acep. que le da el Dice, esto es, como
pipa de fumar.
Acaso sea el Río de la Plata donde con más
propiedad se aplique la voz cachimba, que es la an-
tigua casimba, como actualmente en Cuba y en el
Perú, donde la palabra conserva su forma portuguesa,
lengua de la cual parece haber pasado a la española
en America. Como quiera que sea, es necesario de-
terminar la diversidad de sentidos que se da en Amé-
rica al cachimbo y a la cachimba. En port. cachimbo
pipa de fumar.
CACHO, m. — Racimo» tratándose de bananas.
Del port, cacho.
CADAANERO, adj. — Decíase de los cargos
concejiles que sólo duraban un año, a distinción de
los perpetuos.
Los individuos del cabildo eran renovados por
elección año a año; pero como había oficios vendi-
bles, de ahí que algunos dejasen de ser cadaaneros.
Díjose también, indudablemente, cadañero
(anual. — La Acad,), que es mas propio.
Y veo estar muy a raya
a los jueces cadañeros.
(La Stlv. de Medrano, en Sbarbi, Refr.)
CAFAYATE. — Departamento de la provincia
argentina de Salta. — Capital del mismo departa-
mento.
CAFETERA, f. — V. CALDERA.
CAÍ, adj. — Dícese de un mono que habita
en los montes del Paraná y Uruguay arriba, así como
VOCABULARIO RIOPLATENSE
en los del Paraguay, y de las vertientes que respec-
tivamente les tributan, de tres cuartas a una vara de
longitud, color pardo amarillento, y el cual se dis-
tingue por su graciosas gesticulaciones y actitudes.
ü. t. o s.
Del guar. caí, vergonzoso, modesto, aludiendo
a la acción habitual en este mono de taparse la
cata con las manos, lo que ejecuta de un modo tan
expresivo, que semeja cabalmente a una persona mo-
desta que se avergüenza. Es voz general, y hemos
oído referir a personas que lo han presenciado, que
cuando la hembra tiene cría, y un cazador le apunta
con la escopeta, llama clamorosamente a sus hijuelos,
que en el acto acuden, y, tomándolos en hombros y
en los brazos, se los presenta angustiada, para que,
a vista de ellos y por ellos, le perdone la vida. En-
tretanto el macho, confiando en los ruegos de su
compañera la salvación de ella y de su prole, huye
despavorido,
CAIGUÁ, adj. — Dícese del indio guaraní que
habitaba en los montes del Uruguay, Paraná y Pa-
raguay. Ú. t. c. s.
Del guar. caaigttara, montaraz, que habita en
los montes.
«En este tiempo tuvieron los indios (de Santa
María del Iguazú) una guerrilla con unos que llaman
caaiguás, que quiere decir indios que viven dentro de
los montes, sin habitación o casas.» (Carta anua del
P. Nicolás Duran, prov. del Parag., de la Comp. de
Jes., publ. por Trelles, Rev. del Arch. de Br. As,)
«De modo que no hay más guaraníes libres
que conserven sus costumbres antiguas, sino los chi-
riguanás y algunos llamados coaiguás (montesinos)
[127]
DANIEL GRANADA
en el Paraguay,» (Azara, Descrip. e hist. del Parag.
etc.)
CALCHAQUÍ, adj. — Dícese del indio que ha-
bitaba en un valle del Tucumán llamado de Cal-
chaqui. Ü. t. c. s. — Dícese igualmente de un indio
del sur del Chaco, junto a. la provincia de Santa Fe,
sin duda originario del valle de Calchaquí. Ü. t, c s.
— Perteneciente a dichas generaciones.
Los calchaquíes eran gente esforzada y belicosa.
Causaron estragos considerables en los pueblos y ciu-
dades fundadas por los españoles, batallando sin cesar.
CALDERA, f. — Vasija, regularmente de hie-
rro, donde se pone a calentar el agua para hacer te,
café» etc., o cebar mate Por sobre la boca tiene un
asa, y, en la misma dirección de ésta, saliendo de
junto al fondo, un largo pico, por donde se sirve
el agua.
Llámase también cafetera y, familiarmente,
pava, con alusión al pico. En Chile tetera, según
Solar.
CALDERA. — Capital del departamento del
mismo nombre de la provincia argentina de Salta.
CALAMUCHITA. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Córdoba Su capital La Cruz. Es
fronterizo a la provincia de San Lius.
CALANDRIA, f. — Ave de seis a Mete pul-
gadas de largo, de color ceniciento y de variado y
melodioso canto. Anida con preferencia en los árboles
que circundan Jas casas de las estancias y los ranchos.
Son muy mansas: entran en las habitaciones a comer
y beber, y, posadas en una rama, entretienen largas
horas de la mañana y de la tarde con los encantos
de su voz. Pero no se les prive de su libertad, por-
fl28 2
VOCABULARIO RIOPLATENSE
que, al poco tiempo de enjauladas, se entristecen y
mueren.
CALICANTO, m. — Muro de cal y canto, muy
sólido y fuerte»
En el acra del cabildo de Córdoba del Tucumán,
fecha a 14 de enero de 1760, se lee* «expuesta (la
ciudad) continuamente a las inundaciones de las llu-
vias, especialmente por la parte del sur y poniente
con las avenidas de la cañada, de que la defiende un
calicanto» etc. Diciendo hoy día en Córdoba el cali-
canto, todos saben que se trata del sólido muro que
defiende la ciudad de las avenidas de la cañada que
la atraviesa.
CALINGASTA. — Departamento de la provin-
cia argentina de San Juan. — Capital del mismo
departamento.
CAMALOTAL, m. — Paraje cubierto de cama-
lote.
«La isla que forma este riacho es, en parte, rasa,
anegadiza y de bañado: en tal cual parte se ven al-
gunos manchoncitos de árboles pequeños y maleza,
y en otras camalotalj* (D. Ignacio de Pasos )
CAMALOTE, m. — Planta acuática, que se
cría en las lagunas y festonea las costas de los ríos,
introducido en el agua y afianzado en el fondo por
medio de raicillas como hebras su largo y fofo tallo,
que termina, como el aguapé, en una hoja nerviosa,
pero mayor y casi redonda, en lugar de puntiaguda,
del tamaño de un plato, y adornada por la primavera
con una sencilla flor azul. — En general, toda planta
del mismo género que la antedicha, que se le ase-
meje, aunque la flor sea diferente. — Conjunto flo-
tante de esta clase de plantas que, enredadas por sus
raíces y unidas con otras de especie diferente, así
[129]
DANIEL GRANADA
como con ramas y troncos que las crecientes de los
ríos arrancan de sus costas, suelen formar a manera
de islotes capaces de sostener el peso de animales
corpulentos como el tigre, al que más de una vez se
le ha visto bajar navegando por el Paraná y Uruguay,
cual náufrago que huye de una inundación, sorpren-
dido por las aguas en su vivienda.
Según Gibert pcmtcderta nymphceifoUa Kttnth
(bromeliodene) y eíchhorma azurea (id-, id.). El ca-
malote de Guayaquil y Nueva Granada que mencio-
na Colmeíro, es planta diferente (gramíneas).
«Cuando el río (Paraná) crece, suele traer con
sus crecientes muchos leños, árboles enteros y mu-
chas hierbas enlazadas; particularmente bajan algu-
nas que llaman camalotes. Es cada una mata al modo
de los vástagos de las calabazas; pero tan grande y
con tantas ramas, que suelen esas hierbas, bajando
por medio del río, ocupar más de veinte varas en
cuadro sobre la superficie del agua; y como sus ca-
noas (las de los indios payawár) son de tan poco
bordo que no pasa de dos dedos fuera del agua, pue-
den con facilidad ocultarse bajo de aquellos camalo-
tes y dejarse venir con la corriente del agua. Muchas
veces ha sucedido, y como pueden muy bien dar el
rumbo a toda aquella armazón, con poca diligencia,
hacia los barcos, suelen llegar a ellos sin ser sentidos,
y, estando inmediatos, se enderezan, arman su gri-
tería y confusión, y como logren alguna turbación
en Jos españoles, ya los vencieron C Fray Pedro
José de Parras, Di uto publ. por Trelles.)
«Les di camalote* que es una planta acuática, y
no la quisieron comer» (Azarad
, Los verdes camalotes florecidos.
(D> Rafael Obligado.)
{130]
VOCABULARIO RIOPLATENSB
CAMBADO, da, adj. — Que tiene las piernas
torcidas.
Vocablo port. procedente del. Brasil.
Del lat. gamba, como en castellano antiguo,
CAMBARÁ, m. — Árbol frondoso de hoja dis-
colora (verde la cara y blanco el envés) y flor blanca
diminuta.
Es medicinal. Ligeramente cocidas las hojas,
mezcladas con azúcar quemada y unas gotas de sebo
y de limón, sirven para curar la tos, etc., aplicado
un parche a la boca del estómago.
CAMBUÍ, m. — Árbol de tronco liso semejante
al guayabo, que da unas semillas en racimo pareci-
das a la pitanga, pero coloradas. — Fruto de este
árbol.
Del guar. cambui.
CAMINI, m, — V. MATE. — Era la yerba
más estimada.
Del guar. caá míni,
CAMOATI, m. — Especie de la familia de las
avispas. — . Panal del camoatí.
CAMPAÑA, f. — Campo en general. — Terri-
torio de un estado o provincia, con excepción de la
capital. Así se dice habitantes de campaña, departa-
mentos de campaña, a distinción de los habitantes
y departamentos de la capitaL
«Son caminos generales o principales los que,
partiendo de la ciudad o de otros puntos, cruzan
el todo o una parte de la campaña,» etc. (Cód. Rut.
de la Prov. de Buenos Aues.) «Ya sea simple vecino
de la campaña, ya pulpero.» {Cód. Ruy, de la R. O.
del U.) «Fruros que se conduzcan de un distrito a
otro de la campaña* (Cód. Rur. de la Prov* de
Entre Ríos.)
{131}
PAN J KL GRANADA
Es antiguo el uso del término campaña como
significativo del campo en general o del territorio
de un estado o provincia, con excepción de su capital.
«Campo llano sin montes ni aspereza,» (La
Acad.)
CAMPEAR, n. — Recorrer un campo, buscan-
do uno o más animales que se hayan extraviado o
dispersado.
Es término, no sólo usado comúnmente en el
sentido antedicho, sino también empleado por los
Códigos Rmaies del Río de la Plata. Tiene seme-
janza con la acepción que antiguamente se le daba
en la milicia, según la Acad. «correr o reconocer
con tropas el campo para ver si hay en él enemigos.»
Prov. de la Amcr. mend., según Salva.
CAMPERO, ra, adj. — Dícese de la persona
que es muy baqueana o práctica en el campo, así
como en las operaciones y usos peculiares de las es-
tancias. — Dicese del animal muy adiestrado en el
paso de nos, esteros, cañadas y zanjas, y en la tra-
vesía de montes por picadas, que conoce los peligros
y que obedece iáalmente a la rienda, siendo, por lo
tanto, útil, en especial, para ejecutar las operaciones
peculiares de las estancias, como parar rodeo, hacer
apartes, enlazar, etc.
«Se aplica (el adj. campero, ra) al ganado y a
otros animales, cuando duermen en el campo y no se
recogen a cubierto. — Méj Dicese de cierto andar
del caballo a manera de trote muy suave.» (La
Acad.)
CAMPO DE PUNA — En las provincias ar-
gentinas arribeñas, campo arenisco arcilloso, de pas-
tos fuertes o inservibles para la cría de ganados. V,
PUNA.
I 132 i
VOCABULARIO RIOPLATEN SE
CAMPO SANTO. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Salta. — Capital del mismo de-
partamento.
CANARIO, na, adj. — Dicese del natural de
la ciudad o del departamento oriental de Canelones
Ü. t. c. s. — Perteneciente a una u otro.
CANCELA, f. — En los cercos de las estancias,
puerta o entrada, variamente dispuesta, por donde
sólo puede pasar sin holgura un hombre a caballo.
CANCHA, f. — En general, recinto, lugar, sitio
o paraje espacioso, llano y desembarazado. — Tra-
tándose de ríos, espacio que media entre un recodo
o vuelta y el recodo o vuelta subsiguiente, sin islas
que lo embaracen o impidan navegarlo derechamente
y distinguir desde uno el otro extremo, o, lo que es
lo mismo, punto donde ofrecen a la navegación un
trayecto desembarazado, más o menos largo y di-
recto, sin islas interpuestas, desde un recodo a vuelta
hasta donde aparece cerrarse el río por efecto del
recodo o vuelta que forma más adelante. — En los
mataderos, saladeros, etc., lugar espacioso y llano
donde se descuartizan las teses, y aquel en que se
deposita el guano o residuos de la fabricación de la
grasa. — En los hornos de ladrillo, sitio llano y
desembarazado donde se amasa y pone a secar el
adobe. — En los montes, espacio talado y desbro-
zado donde la industria del leñador hace la parva
" de leña y la extiende después de carbonizada. — Con
respecto a ciertos juegos o diversiones de agilidad,
fuerza o destreza, como pelota, bochas, carreras, espa-
cio llano y desembarazado donde se ejecutan, y, ex-
tensivamente, edificio o lugar destinado a tales diver-
siones o juegos. — Expresión imperativa con que se
. anuncia la necesidad de dejar libre el paso o un lugar
1B3]
DANIEL GRANADA
cualquiera, cuando hay aglomeración de gente o algu-
na persona que estorbe. ¡Cancha! como en lo antiguo
¡plaza! o ¡aparta! aparta! Abran cancha: dejen cancha;
hagan cancha; den cancha; ¡caniba ! es como decir:
despejen; abran paso; den o hagan lugar, — ¡A la
cancha! Expresión imperativa con que se anuncia que
ha llegado el momento de poner por obra el designio
de dos personas que en sitio aparente (llano y des-
pejado) se disponen a luchar, lo propio que ¡a la
palestra! — Estar uno en su cancha. Expr. fíg, y
fam con que se da a entender que se halla uno en
el lugar donde tiene la plenitud de sus recursos e
influencia o puede disponer desembarazadamente de
ellos, contrarrestando en consecuencia a su adversario
de una manera eficaz, no temiendo a nadie, cam-
pando por su respeto.
Del quich. cancha,
Las diversas acepciones, varias, pero concordan-
tes entre sí, según se habrá observado, en que los
rioplatenses toman la voz cancha, concurren a poner
en claro el sentido recto que tenía originariamente
en la lengua quichua. Es racionalmente imposible
que una adaptación tan uniforme de sentido a mul-
tiplicidad de objetos diferentes en naturaleza y des-
tino, no descanse en una razón etimológica cierta.
Que en otras partes de América sufra excepción la
regla, poco hace al caso. El número de voces caste-
llanizadas de las lenguas aborígenes es, al parecer,
mucho mayor en el Río de la Plata que en otras
partes de América, y D. Pedro F. Paz-Soldán y Uná-
nue tuvo ocasión de observar que relativamente abun-
dan más en Buenos Aires que en Lima misma las
que proceden del quichua, con estar en el riñon del
imperio de los Incas la ciudad de los Reyes. Esta
[134}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
singularidad se explica considerando que la comuni-
cación del Río de la Plata con España, por lo que
respecta al comercio y por consiguiente al trato civil,
con tener tan a ia mano la vía del mar, fue, sin em-
bargo, la mas tardía y remota de América hasta el
último tercio del siglo pasado: su vida puede decirse
con propiedad que ha sido exclusivamente america-
na, indígena, nativa, durante dos largas centurias.
Cuan arrastrado anduvo y anda aun por otras regio-
nes el vocablo de que se ttata, lo dice el siguiente
pasaje de D. Rufino José Cuerva: «Cancha, sama
y, en ios perros, usagre; quichua cancha, empeine.
Otra acepción de cancha en Bogotá es la cantidad
que, como emolumento, el dueño del garito saca del
dinero que se juega, o sea el tablap s como dice el
Ordenamiento de las tafutenas (ley XL). Difícil-
mente habrá ejemplo de un envilecimiento semejan-
te: según el Vocabulario que acompaña la magní-
fica edición del Ollantai hecha en París, 1878, por
nuestro excelente amigo el ilustrado americanista D.
Gabino Pacheco Zegarra, el término quichua vale:
lugar cercado de muros; — recinto; — por extensión,
palacio, corte; y aun se daba este nombre a los tem-
plos. Pues bien: en ia América austral pasó a deno-
tar un patio o corral destinado a algún entretenimiento
o diversión, como cancha de bolos, de gallos, de
pelota, de carreras; entre nosotros se dice pagar la
cancha., como pagar el garito, y de ahí la cancha
produjo tanto. Si fuera de este lugar, bien podría
hacerse sobre este tema un sermoncito edificante.»
Adviértase que en el Río de la Plata no llaman
nunca cancha ai reñidero de gallos.
La idea que ofrece Pacheco Zegarra es, sin du-
da, la más legítima, según lo da a entender el mismo
(135)
DANIEL GRANADA
Cuervo: recinto. De ahí la cancha de pelota, la can-
cha de carreras, la cancha del leñador en el monte,
la cancha del saladero, la cancha del horno de ladri-
llo, la cancha minera. «Los que se ocupan de limpiar
el metal que sacan de las minas a las canchas, que
son las casas del cerro donde se recoge el metal»,
etc. (Reí. geogr. de Ind. publ. por D. M. Jim. de la
Esp.; Villa y Alinas de Potosí.) Tratando de las pro-
pias minas, el virrey del Perú marques de Montescla-
ros en informe a su sucesor en el mando (Colecc. de
docum. ined. etc. de Indias), dice también que el
lugar donde se amontonan las piedras metalíferas
lleva el nombre de cancha, cuyo sentido ilustra en
estos términos, «que es lo que en español plaza.»
Idea semejante nos da este pasaje: «El pueblo de
San Andrés de Chuqiacancha se llama así porque
está cercado un llano, que quiere decir chiúqni can-
cha, corral barrido, que es donde ellos se sientan a
sus juntas.» (ReL geogr. de Ind.; Repart. de Atun-
tíicana.) Así, es condición de la cancha que sea llano
y desembarazado el recinto, sitio o paraje que la
forma. Así invariablemente en el Rio de la Plata.
Asi en Chile: lugar pare ¡o* según D. Zorobabel Ro-
dríguez, que puede tener diferentes usos (cancha de
carreras, de bolas, de pelota); y abrir cancha (cami-
no), abrirse cancha (medrar a fuerza de trabajo e
ingenio), estar uno en sus canchas (donde puede
prevalecer entre los demás), etc. Así en la provin-
cia brasileña de Río Grande del Sur: lugar donde,
en los saladeros, se mata el ganado vacuno, sitio en
que un parejero esta acostumbrado a correr, y estar
uno en su cancha, por hallarse donde es más pode-
roso, etc., según se expresa el vizconde de Beaurepai-
re-Rohan, acepciones que los riograndenses tomaron,
rn<n
VOCABULARIO RIO PL ATEN SE
sin duda alguna, de los argentinos y orientales. Salvá
trae la voz como prov. de la Amér. merid. en el
sentido de casa en que los vivanderos venden los
víveres, y de patio o cotral destinado a algún entrete-
nimiento o diversión (cancha de bolas, de gallos, de
pelota, etc.) La primera de estas acepciones no corre
en el Río de la Plata, ni llaman cancha, según ya se
ha indicado, al reñidero de gallos. Tampoco dan ese
nombre a una plaza de toros, para lo cual no puede
haber otra razón que la muy sencilla de no necesi-
tarlo, por tener el suyo propio el lugar donde se
ejecuta la riña y lidia: circo, redondel. Cancha llaman
en el Perú al maíz tostado y a los lugares desuñados
a reñir gallos y conrer caballos, según D. P. F. Paz-
Soldán, quien advierte, sin embargo, que, como en-
seña Garcilaso, debe pronunciarse en el primer caso
con eme, porque con ene significa hamo de la ve-
cindad o un gran cercado, Camcha; cancha.
Leemos en una obra enciclopédica que actual-
mente se está publicando en España:
«Cancha. Geogr. — En el Chaco y lugares in-
mediatos de la America meridional se llama así a los
recodos y vueltas de un río, especialmente del Ber-
mejo. Las principales canchas del Bermejo son las
de Esteban, Maipú, Calafate y Larga.» Quien tal
dijo, no oyó a baqueano. El Chaco es un desierto
aún habitado por indios bravos, que no sabemos si
en su lengua dirán cancha. En él se están fundando
con harta dificultad algunas colonias de extranjeros,
a cuyos oídos es probable no haya llegado todavía el
sonido de la palabra. Mal pueden, en consecuencia,
usarla por allí. Los lugates inmediatos al Chaco son
nada menos que las fronteras de la República Argen-
tina, del Paraguay, del Brasil y de Bolivia: ¡qué hh
C 137 j
DANIEL GRANADA
gares! y ¡qué inmediación! Llamar cancha a los reco-
dos y vueltas de un río, siendo cabalmente lo contra-
rio o sea el punto donde el río no forma recodo ni
vuelta, es lo mismo que si llamáramos calle a las
esquinas y bocacalles de una ciudad- ¡Rara prerro-
gativa del Bermejo la de ser en él especialmente apli-
cable la voz cancha! Sin duda tendrá más canchas y
será, por ende, más fácilmente navegable que el Pa-
raguay, a quien tributa, y que el Paraná y el Uru-
guay, que las tienen muy buenas y a centenares. Y si
cancha fuese recodo y vuelta, ¡qué importancia se
daría al Bermejo, señalando con sus nombres par-
ticulares las principales! Las principales canchas del
Bermejo equivale a decir, en tal sentido, los recodos
y vueltas más importantes, más favorables a la na-
vegación que tiene el Bermejo, cuando en realidad
semejantes desigualdades son una de las peores con-
diciones que puede tener un río, salva la belleza.
La misma cancha Larga del Bermejo está indicando
que se trata de una cosa que se extiende en línea
recta.
De varias trazas eran, genios, modos;
Y aunque de armas tomar ninguno fuera
(Porque de los cincuenta pasan todos),
Son por una mismísima tijera
Cortados en tratándose de godos;
Y si de Elvira el nombre no sirviera
De protección, tuvieran hoy la cancha
En parte no tan fresca ni tan ancha.
(D. Andrés Bello, El Proscrito.)
CANCHERO, m. — El que tiene a cargo una
cancha (de pelota, etc.)
U3«1
VOCABULARIO RIOPLATENSB
CANDELARIA. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Salta. — Capital del mismo de-
partamento. — Departamento de la provincia argen-
tina de Corrientes. — Capital del mismo departa-
mento»
CANDOMBE, m, — Danza de negros. — En
sent. fig., inmoral desgobierno político.
Hacían estas danzas los negros africanos en
Montevideo, hasta hace poco tiempo, todos los años,
desde el día de Navidad (25 de diciembre) hasta el
de Reyes (6 de enero), con el aparato de instru-
mentos, trajes y clamoroso canto que les era peculiar.
Hoy en el día, habiendo muerto la mayor parte de
los negros africanos y de los que conservaban sus
costumbres, los candombes, aun cuando se repiten
todos los años en la época indicada, están despojados
de sus formas características, de manera que sólo tie-
nen de ellos el nombre.
CANELON, m. — V. CAPOROROCA.
CANGREJAL, m. — Terreno bajo, húmedo,
que, por la acción de ciertos cangrejillos negruzcos
que se crían con abundancia, se halla enteramente
lleno de hoyuelos y surcos en que se hunde mucho
la pisada, y que es, por lo mismo, no sólo panta-
noso, sino intransitable o de difícil acceso. El ani-
mal campero atraviesa estos terrenos pisando en los
caballetes que por lo regular se forman entre surco
y surco a manera de tierra arada.
«Todo este cantón es de una tierra ligera, are-
nisca, no de mucha sustancia, y cubierta de dilatados
pantanos y cangrejales.» (Cabrer.)
No es lo mismo cangrejal que tucutuzal, como
muchos creen, ni que tacuruzal, con el que suelen
también confundirlo.
[139]
DANIEL GRANADA
CANOA, f — Embarcación formada de un
tronco ahuecado, con un asomo de popa y proa en
sus extremos. Úsase en los ríos, por la facilidad de
su gobierno y acceso en cualquier paraje obstruido
por piedras o sin hondura. Pero es preciso ser muy
baqueano para manejarla, porque, al menor descuido,
se vuelca. Impúlsase con remos en forma de pala ?
cortos, manejándolos sin apoyarlos en la embarca-
ción. — Cualquiera embarcación semejante a la ca-
noa, aunque no esté formada precisamente del tronco
de un árbol
La canoa que se ha usado siempre y se usa eí
día de hoy en todos los afluentes del Plata por indios,
criollos y europeos avecindados en sus regiones, así
como eí modo de construirla, esto es, ahuecando el
tronco a fuerza de hacha y fuego, son exactamente
los mismos que describe Gonzalo Fernández de
Oviedo en el siguiente pasaje. «En esta Isla Espa-
ñola y en las otras partes todas des tas Indias que
hasta el presente se saben, en todas las costas del mar,
y en los ríos que los chripstianos han visto hasta
agora, hay una manera de barcas que los indios lla-
man canoa, con que ellos navegan por los ríos gran-
des y assi mismo por estas mares de acá; de las cuales
usan para sus guerras y saltos y para sus contracta-
ciones de una isla a otra, o para sus pesquerías y lo
que les conviene. E assi mismo los chripstianos que
por acá vivimos, no podemos servirnos de las here-
dades que están en las costas de la mar y de los
ríos grandes, sin estas canoas. Cada canoa es de una
sola pieza o solo un árbol, el qual los indios vacian
con golpes de hachas . . . , y con éstas cortan o mue-
len a golpes el palo, ahocandolo, y van quemando
lo que está golpeado y cortado, tornando a cortar y
[140]
VOCABULARIO JUOPLATENSE
golpear como primero; y continuándolo assi, hagen
una barca quasi de talle de artesa o dornajo, pero
honda e luenga y estrecha, tan grande y gruesa como
lo sufre la longitud y latitud de el árbol de que la
hacen; y por debaxo es llana y no le dexan quilla,
como a nuestras barcas y navios.»
«Sus canoas (de los timbúes) son de árboles de
80 pies de largo y tres de ancho, y las navegan con
remos (sin hierro), al modo de los pescadores de
Alemania». (Schmidel, tr. corr.)
«Canoa es barco hecho ordinariamente de una
pieza como artesa, de que usan los indios, y ellos
llaman a estas barquillas en su lengua atlcales . . >
Esto es lengua mejicana. Mas porque las tales bar-
quillas las llaman en Santo Domingo, donde primero
estuvieron los españoles, canoa, las llamaron a todas
de este nombre» (Covarrubias.)
«Canoa. (Voz caribe.) Embarcación de remo
de que usan los indios, hecha ordinariamente de una
pieza, en figura de artesa, sin quilla, proa ni popa »
(La Acad.)
CANOERO, m. — «El que gobierna la canoa.»
(La Acad.)
También es adj.
CANOERO, ra, adj. — Que anda en canoa.
«Río poblado de muchos indios canoeros.»
(Rui Díaz de Guzmán.)
CANTIMPLA, adj. — Dícese de la persona que
es callada y medio zonza. Ú. t. c. s.
Por ej., el que, aunque taciturno de su condición
o por hábito, suele romper su silencio e impasibilidad
soltando de repente la risa, sin motivo plausible, es
un cantimpla.
U41}
DANIEL GRANADA
CAÑADA, f. — Terreno bajo comprendido
entre dos lomas, cuchillas o sierras, bañado a trechos,
o bien, que es lo más común, en toda su extensión,
a manera de arroyo, por efecto de las aguas que
descienden de aquellas eminencias, y abundante en
hierbas, plantas y árboles propios de los parajes hú-
medos. Las hay muy anchas, como en las provincias
argentinas del sur, la cañada Grande, comprendida
entre las sierras del Pencoso y de la Punta de San
Luis, que, donde menos, tiene una legua, y en parte
alcanza hasta nueve.
«Espacio de tierra que hay entre dos montañas
o alturas poco distantes entre si,» (La Acad.) La ca-
ñada se forma naturalmente a raíz de las faldas o
remate inferior de las eminencias.
CAÑAS (^uego de). — Era costumbre en toda
la América española celebrar la exaltación de los
reyes al trono, la llegada de los virreyes y demás per-
sonajes revestidos de autoridad superior, y otros acon-
tecimientos señalados, con esplendidas solemnidades
y fiestas públicas, entre las cuales ¿como habían de
faltar las corridas de toros y cañas? Las de esta clase
que se ejecutaban en los países del Plata, costumbre
que duró hasta los últimos tiempos de la dominación
española, ofrecen una fisonomía peculiar a los usos
y condición social de sus habitantes. Curioso es ob-
servar el modo con que, a favor de las circunstancias
especiales a que se alude, iban transformándose aque-
llas antiguas fiestas de los caballeros árabes y espa-
ñoles. Entraban en el juego de cañas de que se trata,
cuatro cuadrillas: una de galanes, y las restantes re-
presentando naciones de wdtos, turcos y africanos*
Las cuadrillas de galanes, turcos e indios, paramen-
tadas con magnificencia a estilo y uso de sus res-
C142]
\
VOCABULARIO RIOPLATENSE
pectivas nacionalidades: la de africanos, en traje y
aspecto a más no poder risible, formando gracioso
contraste con la gallardía y lucimiento de sus con-
trarias. Apostadas en los cuatro ángulos de la plaza,
enviaban sucesivamente un faraute, seguido de dos
caballeros, a rendir pleito homenaje al primer go-
bernante de la provincia, ante cuyo palco se detenían,
pronunciando una arenga a nombre de sus gentes,
en castellano el galán y el turco, con su habitual
chapurreo el africano, y el indio en la lengua de su
nación. Las cabalgaduras, en el trayecto, levantaban
y asentaban acompasadamente las manos al son de
la música. Vuelto cada cual a su campo, desprendía
una de las cuadrillas por el costado de la plaza a
todo galope un jinete, que, al pasar por delante de
la más inmediata de sus contrarias, era perseguido por
otro de ésta armado de boleadoras de naranjas, con
las que se proponía aprisionarlo, arrojándoselas al
cuerpo con maestría. El caballero perseguido, al lle-
gar al puesto que ocupaba la cuadrilla subsiguiente,
deteníase, saliendo de ella un tercero, que a su vez
perseguía de igual manera al perseguidor, y así su-
cesivamente hasta quedar situadas las cuadrillas en
campos diametralmente opuestos a los que tenían al
principio. Salían después a la arena las cuatro cua-
drillas, y se entremezclaban simulando una batalla
y sorprendiendo a los espectadores embelesados, entre
vítores y aplausos, con graciosas, difíciles y variadas
evoluciones, ejecutadas ora al trote, ora a escape, ora
al tranco del caballo. D. Damián Hudson (Rev. de
B. A.) da noticia de las que se celebraron en Men-
doza, San Luis y San Juan el año de 1803-
En las antiguas y célebres misiones jesuíticas
del Paraná y Uruguay presentaban otra forma, no
1143)
DANIEL GRANADA
menos original, los juegos de cañas. Los charrúas y
minuanes, cuando estaban en paz con los guaraníes
cristianos, gustaban de asistir a las fiestas que en ce-
lebración de aJgún aniversario o acontecimiento no-
table se verificaban en los pueblos de las Misiones.
Y no solamente eran espectadores de ellas, sino que
también concurrían a darles lucimiento, simulando
batallas entre indios y españoles. Desnudos, pintado
el cuerpo y adornados con plumas, ejecutaban sor-
prendentes evoluciones, ahora saltando, apoyados en
su lanza, del caballo al suelo y del suelo al caballo
en lo más precipitado de la carrera, ahora sustrayén-
dose el jinete a la vista del enemigo con increíble
'destreza. Nada hay que pueda dar idea perceptible
de las maravillas que ejecutaban sobre el caballo
estos indios, verdaderos hipogrifos que sólo había
podido soñar la fábula.
CAPIBARA, m. — V. CAPINCHO.
Del guar. capkbá.
CAPIGUARA, m. — V, CAPIBARA.
Del guar. capuguá.
«Vimos diferentes capivaras o capiguaras, como
quieren otros,» (D. José María Cabrer.)
CAPINCHO, m. — Cuadrúpedo, de una vara
próximamente de longitud, sin cola, de color pardo
oscuro el lomo y pardo blanquizco el pecho, boca
y dientes de conejo, y el cuerpo un tanto parecido
al del cerdo. Habita a orillas de los ríos, arroyos y
lagunas y en las islas, viviendo como un anfibio,
pues nada y se zabulle con frecuencia. Aprovéchase
el cuero, curtiéndolo, y comen algunos charqueada
la carne.
Del guar. caphbá.
L144]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Descríbelo Oviedo. «Hay (dice, refiriéndose a
las regiones del Plata) una cierta manera de puercos
de agua, que son buena carne, y de cuatro pies, y
tienen cinco uñas en cada pie y cada mano, y el pelo
es áspero, de color como rubio, unos más oscuros
que otros, y salen a pacer en tierra y se tornan al
agua, y quando los siguen se zabullen y salen de rato
en rato, pero crían en tierra, y lldmanlos de agua
porque les es muy ordinario, y las más veces los
matan en el agua: llaman los indios a estos puercos
capivaras. (Htst. gen. y nat. de las Ind. publ. por la
Acad. de la Hist.)
CAPITÁ > m. — Pajarillo de cuerpo negro y la
cabeza de un color rojo encendido
Del guar. acang, cabeza, y pita, roja.
«No escasea (el capital en el Paraguay, ni en
el Río de la Plata.» (A^ara )
CAPITANEJO, m. — Capitán de un partida
de indios, dependiente de un cacique. — El que man-
da una partida de gente indisciplinada.
CAPOROROCA, m. — Árbol cuyas hojas,
arrojadas al fuego, estallan fuertemente. Es árbol
vistoso: empinado el tronco; altas las ramas; las hojas
de color verde oscuro. Myrstne L. (primuláceas) en
Gibert: canelón.
Del guar. caá apocopada, y powrog, hierba que
estalla.
Llámanle también canelón,
CARACARÁ, adj. — Dícese del indio cuya
parcialidad habitaba en la banda occidental del Pa-
raná, junto al Carcarañal; Ü. t. c. s. — Dícese igual-
mente del indio cuya parcialidad habitaba en las islas
e inmediaciones de la laguna Iberá. La una y la
{145]
DANIEL GRANADA
otra de la generación guaraní. Ü. t. c. s. — Perte-
neciente a dichas parcialidades.
CARACARÁ, m. — Ave de rapiña, de unos
dos pies escasos de longitud, de color pardo oscuro,
en parte blancas las plumas de las alas y cola, el
pico y uñas corvas, la vista perspicaz. Aliméntase de
cadáveres, insectos, reptiles, pájaros, etc.
Del guar. caracará, expresión imitativa de su
grito: carear carrr. «En el Río de la Plata le llaman
carancho.» (Azara),
CARACÜ, m. — Tuétano — Hueso del tué-
tano.
Nunca dicen tuétano, y la gente del campo ig-
nora lo que esta palabra significa.
Del guar. caracú.
«Dos jóvenes estaban ocupados en asar sobre
las brasas unos trozos de carne, con algunos caracúes
o tuétanos de vaca.» (Estala.)
CARACÜ, adj. — Dícese de cierta casta de
ganado vacuno de pelo corto y muy fino y cola muy
delgada. Engorda más que el común; pero no resiste
los rigores del frío.
Del guar., probable corrup. de caragi t corto.
Lo propio en las prov. brasil, de San Pablo y
Minas Generales, según Beaurepaire-Rohan, y sabe-
mos que también en la de Río Grande del Sur.
CARAGUATÁ, m. — Planta de la familia de
las bromeliáceas, de hojas estrechas, recias y espino-
sas. Hay en ella varias especies: la una de hojas
largas de seis a ocho cuartas, cuyas hebras sirven para
hacer tejidos y cuerdas muy fuertes y resistentes, y
que da un fruto semejante al anana, pero despreciable
por lo que al gusto respecta: otra de hojas menos
largas, que echa un tallo de unas tres cuartas y en él
[146]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
unas florecitas de cuatro pétalos blanco-rosados, y
unos frutos comibles de forma semejante al dátil,
también textil: la otra parecida a la segunda; y la
parásita, que se cría en los árboles más elevados. —
Hilo de estas plantas. — Su fruto.
Del guar. caraguatá.
En las provincias argentinas arribeñas la llaman
también chaguar, y en algunas otras partes del Plata
cardo.
En Colm. caraguatá del Paraguay: agave ame-
ricana L (amarilideas). En Gibert eryngtum Turn.
(umbellmece).
Se refiere evidentemente al caraguatá, Gonz.
Fern. de Oviedo (Hist. gen. y nat. de las Ind. publ.
por la R. Acad. de la Hist.) cuando, describiendo
las reglones del Rio de la Plata, dice: hay «pinas
de cardos que llaman garabata, pero son agras.» Fray
Juan de Rivadeneira (Relación de las provincias del
Rio de la Plata publ. por D. M. R, Trelles en la
Rev. de la BibL P. de Buenos Aires) le llaman gara-
bata, y da noticia de él en los siguientes términos:
«Tienen mucho garabata, que es como lino o cáña-
mo de España, digo, que se sirven del como acá
del cáñamo, para telas, camisas, sábanas, jubones, cos-
tales, sogas, alpargates y calcetas y jarcias y amarras
de navios, y para calafetear los navios; y desto hay
mucha suma, y es bravo y silvestre y sin beneficio
alguno.»
«Tengo entendido que una cuerda de cáñamo
de doce líneas de circunferencia, de buena calidad y
trabajada en núes cr os arsenales, rompe con 633 libras;
y como las resistencias sean como los cuadrados de las
circunferencias, hecha la proporción se deduce que un
cable de doce pulgadas de caraguatá tendrá el aguante
1147}
DANIEL ÍjKA NA DA
que otro de doce pulgadas y dtez y medía líneas de
cáñamo,» (Azara, Dvscrip. e htst. del Par. etc.)
CARANCHO, m. — V. C ASACARÁ.
Voz imitativa.
Paz-Soldán dice que en el Perú llaman cor ancho,
carancho y calancho a una especie de buho, y agre-
ga: «En castellano capacho es nombre de un ave noc-
turna semejante a la lechuza: ¿nos atreveremos a ver
en calancho una corrupción de capacho, o le busca-
remos el origen en alguna de las infinitas lenguas
americanas?» La etimología en CARACARÁ.
CARANDA, m — V. CARANDAY.
CARANDAY, m. — Árbol de la familia de las
palmeras, no muy alto, las hojas en forma de aba-
nico. Busca los terrenos húmedos y aun la sombra
de los árboles grandes. Su tronco sirve de cumbrera
en los ranchos y para hacer canales.
Del guar. carandaí,
CARAYÁ, adj. — Dícese de un mono que ha-
bita en los montes del Paraná y Uruguay arriba, así
como en los del Paraguay, y de las vertientes que
respectivamente tes tributan de unas cinco cuartas
de longitud, negro, menos el pecho, que es pardo
rojizo, feísimo y torpe; de voz agria, lúgubre y fuerte.
Anda en cuadrilla, capitaneada por un jefe; las ma-
dres llevan el hijo cabalgando a sus espaldas. Con-
trasta, por su fiereza, con. el ca'u no menos que por
su condición y hábitos. Aseguran que, perseguido,
echa excremento en la mano, para lo que siempre
está dispuesto (sin duda efecto del miedo), y se
lo arroja al agresor; que, herido, masca unas hojas y
las aplica a la lesión; que la cabeza de la comunidad
anuncia a gritos el" peligro para que lo evite, que-
dando expuesto sólo el jefe, que arrostra la muerte
VOCABULARIO RIOPLATENSE
con estoicismo; moribundo, se acomoda en el árbol de
manera que su cadáver no vaya a dar a manos del
matador cayendo al suelo. Ü. t. c. s.
Del guar. carayá.
Azara entiende que carayá se deriva de caayá,
jefe del bosque, siéndolo de los diestros o astutos:
cara, destreza, astucia, etc.
CARBONADA, f. — Guisado compuesto de
carne partida en pedazos menudos, rebanadas de cho-
clos, zapallo, papas, etc. (todo en pedazos), y arroz.
Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma.
«Carne cocida hecha pedazos, y después asada
en las ascuas o parrillas.» ( La Acad )
CARCARAÑÁ, m — V, CARCARAÑAL.
CARCARAÑAL, m. — Toma este nombre el
río Tercero desde que se le junta el Saladillo hasta
su desembocadura en el Paraná. Corre por la pro-
vincia de Santa Fe de la Confederación Argentina.
En la boca del Carcarañal fue en donde estable-
ció Sebastián Gaboto, primer navegante del Paraná,
el fuerte de Sancti Spiritus, de que quedan aún vesti-
gios, teatro de la sangrienta tragedia en que pere-
cieron el denodado Ñuño de Lára y sus compañeros
a manos de los timbúes, por la alevosía del cacique
Mangoré, ejecutada con el propósito único de poseer
a Lucía de Miranda, mujer hermosísima de quien se
había enamorado.
CARDAL, m. — Espacio de tierra poblado de
cardos.
CARDENAL, m. — Pájaro de unas cinco pul-
gadas de largo, el más común de color ceniciento,
blanquecino el pecho, y un alto penacho rojo que lo
hermosea sobremanera. Es muy erguido y airoso y
por todo extremo arisco: no está quieto un solo ins-
[1491
DANIEL GRANADA
tante. Su canto muy sonoro y vigoroso. Es todo lo
contrario de la melodiosa cuanto desairada calandria
rioplatense. Ésta, tan mansa y casera, enmudece y
muere, si la aprisionan. Aquél, tan fiero y salvaje,
vive años en una jaula, cantando sin cesar desde por
la mañana hasta la noche. Los hay enteramente blan-
cos, salvo el penacho, que es colorado como el de
los otros; pero son rarísimos, y el que consigue uno,
lo guarda como oro en paño.
CARDUME, m, — V. CARDUMEN. Úsase.
CARDUMEN, m. ant — «Multitud de peces
que caminan juntos como en tropa.» (La Acad,) En
el Río de la Plata es vo2 de uso corriente.
D. Baldomero Rivodó observa que cardume o
cardumen son palabras de uso corriente.
CARGAR, a. — Llevar uno consigo habitual-
mente una cosa de uso. Es acepción algo cerril: nació,
sin duda, en el campo, como lo publica su rústica
catadura y los objetos a que regularmente se aplica,
que son aquellos de que por lo general va cargado
un hombre campesino o paisano, y sólo cuando quiere
uno emplear el lenguaje propio de esta gente, puede
tolerarse, si no, choca. Carga (usa) facón, maneador,
boleadoras. Carga plata, suele llevar dinero consigo.
Lo mismo, poco más o menos, en toda la Amé-
rica española (Salvá, Cuervo, Rodríguez, Solar).
«Como de revuelo apuntaremos ser una vulga-
ridad el empleo de cargar por traer, usar, como «¿para
qué carga Vd. anteojos?», «siempre carga espuelas.»
(Cuervo.)
CARGUERO, m. — Bestia de carga.
Dase indistintamente el nombre de carguero a
la bestia que lleva la carga, a la bestia y carga, o a
la carga sola.
{150}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
«A cosa de media legua se nos sumergieron
todos los caballos, particularmente los cargueros, mo-
jándose las cargas y ropas.» (Azara.)
Los Cód. Rut. del Río de la Plata hablan de
buhoneros que conducen sus mercancías en carguero,
etc.
«Carguero, ra, adj. ant. Decíase del que llevaba
alguna carga.» (La Acad.)
CARIO, na, adj. — Decíase del indio de ciertas
parcialidades guaraníes que habitaban la margen iz-
quierda del Río Paraguay. Ü. t. c. s. — Pertenecien-
te a él.
«Es tan dilatada la tierra habitada por los canos,
que tiene 300 leguas de ancho y largo.» (Schmidel,
tr. corr.)
«Delante de éstos (de los abaces} viven otros
que halló el dicho Johán de Ayolas, llamados gua-
raníes, y por otro nombre se dicen cariosa (Oviedo.)
«El propio nombre de esta generación (los chi-
riguanaes) es cario, de donde se deriva el nombre que
tienen, caribes, que quiere decir comedores de carne
humana. Llámanse también guaranís y guarayús, que
quiere decir gente de guerra. También los llaman
chinguanaes, corrompido el vocablo, el cual se de-
riva de chiriones, que quiere decir mestizos, hijos
dellos e de indias de otras naciones,?* ( Reí. geogr, de
Inds., Sta. Cruz de la Sierra.)
CARNEADA, f . — Acción y efecto de carnear.
CARNEAR, a. — Matar y desollar el ganado
para beneficiarlo.
«Y para la más segura provisión de las gentes
y excusar la dura pensión de salir diariamente a
carnear, en que se atrasaba mucho la caballada, se
1151]
DANIEL GRANADA
dispuso hacer una salida en que se recogiesen dos-
cientas reses.» (Cabrer. )
Lo propio en Chile (Rodríguez) y en la pro-
vincia brasileña de Río Grande del Sur (Beaurepaire-
Rohan ) .
CARNERO DE LA TIERRA. — En especial,
llama, y en general, llama, alpaca, vicuña, guanaco
y venado.
Denominación antigua y vulgar usada en el
Perú, Bolivia y provincias argentinas arribeñas.
«Hay vicuñas y guanacos . * . Hay también car-
neros de la tierra, que en su lengua se llaman llamas.»
( ReL geogr. de Ind. por D, M. Jim. de la Esp.; Ciudad
de lú Paz). «Hay cameros de la tierra, menores que
camellos, y se dicen guanacos, y otros más pequeños,
que llaman vicuñas,» (Ib.; Guamanga.) «Lo mismo
que hemos referido (de la alpaca) se debe entender,
aunque con cortísima variedad, del guanaco y de la
llama. En el Perú se llaman carneros de la tierras»
(Alcedo.)
«Pero allí mismo (punas de la Rinconada) te-
nemos, a más de los lavaderos de oro en polvo y
grano, los criaderos de las estimables razas de car-
fieros de la tierra, o bien la alpaca, la vicuña ( camelus
peruanu*), la llama (camelas lacma), el guanaco
(camelus huanacus) y el venado (cervus, seu dama).
(D. José Arenales, Not. hist. y descrip. del Chaco y
110 Bermejo.)
CARONA, f. — Pieza grande de suela, perte-
neciente al recado, la cual se acomoda entre la bajera
y el lomillo. Una montura completa lleva dos caro-
nas, una lisa, que se pone inmediatamente sobre la
bajera o jerga interior, y tiene por objeto impedir
que el sudor del animal pase a la que va sobrepuesta,
l 152]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
la otra que es la principal, mayor que la primera,
labrada o guarnecida de charol, de piel de tigre, etc.,
y entre ambas una jerga, que llaman jerga entre
caronas.
Lo propio en el Perú (Palma).
CAROZO, m. — Hueso de la fruta.
«Pr. Gal. Parte leñosa donde están como engas-
tados los granos del maíz. Pr. Gal. Corazón o parte
central de las manzanas, las peras y otros frutos,»
(La Acad.) A lo primero llaman en el Río de la
Plata matlo, y a lo segundo corazón, semilla o pepita
de la fruta.
«Frutas de color negro de poca carne, por el
carozo que tiene.» (D. M. A. Molas, Descrip. del
Parag, )
CARPINTERO, m. — Pájaro de un pie próxi-
mamente de longitud, de fuerte y agudo pico, armado
de tres filos, con el cual taladra los troncos de los
árboles para extraer gusanos y construir su vivienda,
lo que ejecuta a rapidísimos golpes que se sienten
de lejos. Tiene uñas corvas y recias, a favor de las
cuales se trepa perpendicularmente por los árboles.
«Aunque los guaraníes los llaman ipccús, estos
españoles les dan el nombre de carpinteros, aludiendo
a que trabajan en los troncos y viven de su produc-
to.» (Azara) I pe cid en guar. el que agujerea árboles.
CARRETILLA, f, — Carro de carga, tirado por
tres muías emparejadas, en una de las cuales (la de la
izquierda) va montado el conductor, llamado carre-
tillero. Es de dos ruedas, y la armazón de maderos y
tablas. En algunas parte- van tiradas por cuatro ca-
ballos y el conductor en" el pescante.
CARRETILLA DE MANOS. — Es justamente
lo mismo que carretilla en el Dice, de la Acad., o sea:
r 153 >
DANIEL GRANADA
«Carro pequeño de mano, que consiste en un
cajón donde se coloca la carga, una sola rueda en la
parte anterior; dos varas en la parce de atrás, entre
las que se coloca el conductor para darle dirección,
y dos pies bastante largos para descansar en combi-
nación con la rueda. En las obras sirve para transpor-
tar tierra, arena y materiales.» En las obras y en las
faenas de labranza es en lo que comúnmente se usa
en el Río de la Plata.
CARRETILLERO, m. — Conductor de una ca-
rretilla*
CARURÚ, m. — Planta de una media vara a
tres cuartas de alto, que sirve para hacer lejía, y cuyas
hojas aovadas suplen por otra clase de verdura.
Del guar, caarurú.
Llámanle también yuyo colorado, por serlo algo
su tallo y raíz.
En Colm, carurú común ¿el Brasil; euxolus vi-
rtáis Moq. (amarantáccas)t y car mu vermelho (id ):
amaranthus melanchohcus L. (id.). En Gibert yuyo
colorado: amaranthus chlorostachys Willd. (amaran-
tbacece).
CASCÁRREA, f. — Excremento del ganado
ovejuno.
CATAMARCA. — Capital de la provincia del
mismo nombre de la Confederación Argentina. 28°
28' de lat. aust. Fund. año 1683 por el gobernador
de Tucumán D. Fernando de Mendoza, trasladando
al efecto a ella la ciudad de Londres de su gober-
nación.
CATAMARQUEÑO, ña, adj. — Natural de la
ciudad o de la provincia de Catamarca. Ú. t* c. s. —
Perteneciente a una u otra.
[1541
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CATINGA, f . — Olor sofocante y desagradable
que despiden naturalmente algunos animales. —
Intenso olor de la transpiración de los negros. —
Aplícase también a cosas, como al olor desagradable
que tienen ciertas plantas.
Del guar. cotí, catinga*
Se distrajo Azara expresándose del modo siguien-
te, «Tienen (los puercos monteses) en el lomo, entre
las caderas, lo que aquí llaman catinga, y es una
fistola por donde fluye un licor como suero espeso,
que no huele bien» etc. Da un sentido impropio a
la V02 catinga^ tomando la causa que produce el mal
olor, por su efecto (que es lo que realmente signifi-
ca) > y restringe la extensión del nombre (que com-
prende indistintamente a todos los animales), apli-
cándolo a una especie determinada. La voz catinga
significa al presente la misma cosa que su correspon-
diente guaraní, al tiempo y después de castellanizarse.
«Catt, olor pesado, malo, vehemente. Añécatingá,
recoger en sí mal olor.» (Ruiz de Montoya.)
En el Brasil olor fuerte y desagradable del cuer-
po humano (particularmente de los africanos), de
ciertos vegetales y animales, y de comidas mal pre-
paradas o deterioradas ( Beaurepaire-Rohan ) .
CATINGOSO, sa, adj. — Que tiene catinga.
CATINGUDO, da, adj. — Catingoso, especial-
mente en sent. fam. o despectivo.
CATRE (de balsa), m. — V. JANGADA.
GATUNA DEL NORTE. — Capital del de-
partamento no; ano de Independencia.
GATUNA DEL SUR. — Capital del departa-
mento riojano de Belgrano.
CAUCETE. — Departamento de la provincia ar-
C 155]
DANIEL GRANADA
geíitína de San Juan — Capital del mismo depar-
tamento.
CAUDILLAJE, m — Caudillos en general,
tomado en mala parte su concepto
CAUDILLO, m. — Tomado en mala parte,
hombre de guerra, influyente entre la gente campe-
sina o gauchos, que acuden inmediatamente a su lla-
mado, siguiéndoles en sus contiendas. V, GAUCHO.
CAZABE, m. — No usan de esta voz. V.
CHIPÁ.
CEBAR (mate). — V. MATE.
CECINA, f. — Tira delgada de carne, seca, sin
sal. Con estas tiras los correntinos y entrernanos ha-
cen una trenza y la fríen con la misma pringue que
suelta la carne, a lo que llaman chicharrones. — Sal-
cochada o simplemente cocida la cecina, sirve para
hacer la vianda llamada chatasca. — V CHICHA-
RRONES y CHATASCA
«Carne salada, enjuta y seca al aire, al sol o al
humo,» ( La Acad.) V. CHARQUE en este particular.
CEDRO DE MTSIONES, m. — Cedro de que
hay inmensos bosques en las vertientes de los ríos
Paraná y Uruguay, próximas al Iguazú.
CEIBO, m. — Árbol de flor amariposada; que
se cría formando monte en las vertientes e islas del
Uruguay y Paraná; de tronco escabroso, y lindas ho-
jas aovadas y venosas en cruz, a saber, dos opuestas
y una en el ápice de cada ramito, algunas, no todas,
con una espinita encorvada hacia abajo en el nervio
por el lado del envés, espinas que asimismo se hallan
diseminadas con irregularidad por los ramos. Al acer-
carse la primavera, cúbrese, a la par con las hojas, de
largos racimos de aterciopeladas flores de hermoso
H56I
VOCABULARIO JRIOP LATEN Sk
color de lacre o granate claro sombreado, henchido
de miel el cáliz. Forma en sus ramas una sustancia
blanca espumosa, semejante a la clara de huevo ba-
tida, donde cría tábanos. Mas esto no es condición
peculiar del ceibo; pues hemos visto idéntica espuma
y tábanos en las ramas del entupí. De la espuma que,
liquidada, cae a gotas constantemente al suelo, en-
gendra asimismo cierta especie de mosquito bobo, que,
cuando quiere picar, se pega al cuerpo, sin acertar a
huir, molestando mas que irritando la piel A manera
del árbol que después de un aguacero continúa go-
teando durante un rato, así el ceibo envía a la tierra,
día y noche, el susodicho licor de sus ramas, como
si quisiese repartir su jugo nutricio con las plantas
que deja crecer a sus pies. El cocimiento de la
cascara del tronco tiénese por eficaz remedio de las
heridas y llagas gangrenosas, lavadas con él y luego
espolvoreadas con los residuos secos y pulverizados
de la misma cáscara* sécase la carne mala. La parte
interior de la cáscara, cocida y molida, limpia los
dientes y cura (dicen) el escorbuto. De su madera
hácense bateas y ruedas de carretones.
Es cosa muy diferente el ceibo que nos ocupa
(eritbnna crista galh L. ; anacatdutcete)* de la ceiba
colosal que producen las regiones intertropicales, que
es un género de las malváeeas (bombax ceiba), árbol
el mayot de cuantos se bailan en la América, según
Alcedo.
Ceiba es voz haitiana, según Cuervo, y, por con-
siguiente, ceibo, que seguramente se deriva de ella
géneros diferentes de un mismo vocablo. V. a este
respecto el artículo SEIBO.
Colmeiro trae la Ceiba blanca de Guayaquil
(rubiáceas), la común de América (bombaceas), de
L«7J
DANIEL GRANADA
Cuba (id,), la espinosa o ceibo de América (id.) y
el cetbón (id.).
CEIBAL. — Terreno poblado de ceibos.
CEPO COLOMBIANO. — Género de suplicio,
que consiste en oprimir y sofocar a un hombre me-
díante dos fusiles y el correaje del soldado. Sentado,
juntas y bien amarradas las muñecas, pasados así los
brazos por sobre las rodillas, métese un fusil por
entre ellos y las corvas, y otro se acomoda en la nuca,
de modo que la culata del uno venga a coincidir con
el cañón del opuesto, y en esta disposición los van
aproximando mediante dos correas, hasta que des-
mayado el paciente se las aflojan; si no, muere a los
pocos minutos.
De más está decir que sólo abusivamente por
subalternos se aplicará, si es que alguna vez se aplica
el día de hoy, semejante suplicio, que se ha usado
en el ejército y en las comisarías de policía. Lo pro-
pio decimos del cepo de campana y del estaqueo.
Acaso cru2Ó su mente
La horrible imagen del cepo
Colombiano.
(D. A. Magarinos Cervantes.)
CEPO DE CAMPAÍÍA. — Género de suplicio,
que consiste en oprimir a un hombre mediante un
fusil y el correaje del soldado. Sentado, juntas y
amarradas las muñecas, pasados así los brazos por
sobre las rodillas, métese un fusil por entre ellos y
las corvas, dejando en ese estado al paciente, que si
lo han atado reciamente, acaba por desmayarse.
CERCO, m. — Cercado, cerca, vallado.
ri58}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CERRERO, ra, adj. — Dícese del ganado bravo,
pero que obedece al rodeo, en contraposición al tam-
bero o manso.
«Amér. Dícese del ganado mular, caballar o
vacuno no domado.» (La Acad.)
Esta voz, en la acepción de bravo o no, domado,
tratándose de animales que viven ordinariamente su-
jetos a pastoreo, no es particular de América, sino
usada de muy antiguo en España, donde puede ser
que se haya echado en olvido al presente.
¿Cómo ha de parar un potro
Cerrero y desenfrenado.
(Baltasar de Alcázar, Dial.)
Y herrar casi en tres horas cuatro pares
De novillos briosos y cerreros.
(Cervantes, La elecc. de los ale.)
CERRILLOS. — Cabeza del departamento del
mismo nombre de la provincia argentina de Salta.
CIMARRON, na, adj. — Animal montaraz o
planta silvestre, en contraposición al doméstico o
manso y a la que se cultiva en las huertas. Así se
dice perro cimarrón, vaca cimarrona, apio cimarrón,
a distinción del perro doméstico, de la vaca mansa o
sujeta a rodeo, y del apio debido a los afanes del
cultivador, Al mate amargo, para distinguirlo del
dulce, se le llama cimarrón, como si dijéramos bravo,
que lo es en efecto para los paladares no acostumbra-
dos a gustar la infusión de la yerba en el estado de
rusticidad en que la naturaleza la ofrece.
Las pampas de Buenos Aires y las cuchillas de
la Banda Oriental del Uruguay, en el siglo décimo-
C 1591
DANIEL GRANADA
séptimo y parte del decimoctavo apenas tenían ya
pastos bastantes a nutrir las innumerables manadas
de ganado amarrón vacuno y yeguar que se había
ido multiplicando desde los primeros tiempos de la
conquista del Rio de la Plata, donde fue introducido
por los españoles. Los cabildos repartían licencias a
los vecinos para matar en su provecho determinado
número de anímales, que de antemano se fijaba al
intento todos los años. Pero hubo en ello tanto des-
orden y estragos, que, habiendo disminuido notable-
mente el ganado cimarrón, se puso estanco en su ma-
tanza. Sin embargo, no pudo nunca atajarse del todo
el abuso, y los indios por un lado y los españoles por
otro diezmaron las manadas. Pero el ganado, asi y
todo, fue siempre tan abundante en el Río de la
Plata como Ja yerba del campo.
Los perros cimarrones andaban en jaurías, y eran
terribles, no ya por los daños que causaban en los
ganados y sementeras, sino también por íos asaltos
que daban en despoblado a los transeúntes, particu-
larmente si sorprendían a un hombre a pie o alcan-
zaban a un jinete con el caballo cansado: la muerte
en esos casos era inevitable.
Lo mismo que en el Río de la Plata sucedió
en otras partes de América, como puede verse por
el siguiente pasaje* «Considérese la riqueza que han
tenido y tienen (Jas Indias) de oro y plata y mucha
suma de ganados, especialmente en la Isla Española
y Santo Domingo, Cuba y su distrito, y Nueva Es-
paña, quel ganado vacuno y ierbas son tantas, que
se crían en los campos y montes, bravos, que llama
gimarroneSy ques sin dueño, ni se puede conocer cuyo
es, que no se aprovechan dél si no es del cuero y
sebo, que la carne se queda perdida en los campos
r 160 1
VOCABULARIO RIOPL ATEN SE
donde la comen los perros bravos, que son cimarrones
que se crían en los montes, los cuales son tantos ya
que hacen mucho daño en las gentes.» (Trat. del desc.
de las Ind> comp, por Joan Suárez de Peralta, vezino
y natural de México, publ. por D. Justo Zaragoza.)
«La peor calidad de vainilla de Misantla se lla-
ma cimarrona ( silvestre) j> (Humboldt, trad. de Ar-
nao, Ens. pol. sobre Nuev. Esp.)
«Es sabido que se llama así {cimarrón) a los
negros esclavos que huyen a los montes, y a las plan-
tas silvestres; pero en el Plata aplícase el adjetivo
con característico significado al perro salvaje, oriundo
de los que trajeron los españoles, y que se propaga-
ron de un modo asombroso, especialmente en la ri-
bera oriental, ahuyentando y destruyendo los ganados,
aterrorizando a las poblaciones diseminadas en nues-
tras vastas soledades, y hasta haciendo imposible el
tránsito por las serranías donde tenían sus madri-
gueras: tal era su número y ferocidad 1 » (D. Alejandro
Magariños Cervantes, Palmas y Ombúes.)
«Amér. Silvestre, inculto. Aplícase al esclavo o
al animal que se huye al campo y se hace montaraz,
y a la planta no cultivada, cuando de su nombre o
especie hay otras que se cultivan.» (La Acad.)
CIMBRA, L — Trampa de caza, que consiste
en un lazo corredizo diversamente dispuesto.
CINACINA, f. — Árbol espinoso, de hoja es-
trecha y menuda y flor amarilla. Parquinsonia acu-
leata L.
CINCHÓN, m. — Guasca muy angosta que
hace veces de sobrecincha.
CIPO, m. — V. ISIPÓ
Del guar. apó.
[161]
7 -T. I,
DANIEL GRANADA
CLAVEL DEL AIRE. — Planta parásita de las
selvas, de hoja pencosa, en las más de sus variedades
pequeña, en algunas hasta de un, par de cuartas, pero
siempre muy estrecha, y de flor morada, amarilla,
blanca, de diversos maúces r por lo regular de humil-
dísimo perfume, pero hay una especie muy fragante.
Críase con profusión adherida a los árboles, algunos
de los cuales parece buscar con predilección, como
el quebracho colorado, cuyas fuertes ramas, oprimi-
das por el peso de sus apiñados huéspedes, se arquean
y caen: ral es su fecundidad- Sacada del árbol, vive
y se reproduce del mismo modo, aunque sea suspen-
dida simplemente en el aire: aviénese a cualquiera
situación en que la suerte la coloque. Algunos, por
gusto o por adorno, la tienen en los patios de las
casas, y aunque, cansados de ella la vayan arrinco-
nando como cosa de estorbo, no por eso muere, a
no ser que la deshagan y machuquen o que le falte
aire libre. (Bromelmcece,)
COBIJAS, pl. f. — Ropa de la cama, o sea
colcha, frezada y sábanas en general.
En Méjico tiene la propia acepción la voz co-
bijas, según la Acad., así como en el Perú, según D,
Ricardo Palma. Es probable que suceda lo mismo
en toda América española, si se considera que Mé-
jico y el Río de la Plata están justamente en los
extremos septentrional y meridional de ella. En igual
caso se hallarán, sin duda, muchos otros vocablos
americanos que aparecen en los diccionarios de la
lengua castellana como particulares de alguna de las
repúblicas hispanoamericanas. Este mismo Vocabu-
lario contiene diversos términos procedentes de las
Antillas, de Méjico, de Centro-América, del Perú,
Bolivia y Chile, donde es de presumir que tenga la
VOCABULARIO RIOPLATENSE
misma o parecida significación que en el Río de la
Plata.
COCO, m. — Pedruscón hueco, cuya forma ex-
terior se inclina muy grotescamente a un óvalo o a
una esfera y cuya pared interior está cubierta de
cristales. El color de éstos difiere según la natura-
leza o composición de la piedra a que están adheri-
dos, habiéndolos blancos, morados, rojizos, amarillen-
tos, etc. Hay cristales diminutos como la punta de
un alfiler, que son los más bellos y estimados, y
otros de una o más pulgadas. El tamaño de los pe-
druscones varía de modo que algunos pesan arrobas,
y otros, semejantes a una semilla o fruta, son me-
nores que una avellana. Pero el nombre de cocos
procede de aquellos cuya forma y color son seme-
jantes al fruto de la palmera. Entre los cristales di-
minutos, hay algunos de incomparable belleza y que
ofuscan por la profusión de luces que emiten ex-
puestos a los rayos del sol. Mirados de noche a la
luz artificial, es todavía mayor su rara esplendidez
y hermosura. Los que no pasan del grandor de una
naranja, tienen dentro, por lo regular, como un carozo
cristalizado. Encuéntrase especialmente en los depar-
tamentos de Salto y Artigas de la República Oriental
del Uruguay; pero Azara dice que los más bellos
están en la serrezuela de Maldonado. Hállanse asi-
mismo en otras regiones de los afluentes del Plata.
Causaron no poca admiración a los españoles que
por vez primera los vieron en la antigua provincia
de Guairá. «Descubriéronse en aquel territorio, re-
fiere el historiador Rui Díaz de Guzmán (Argentina).
unas piedras muy cristalinas, que se crían dentro de
unos cocos de pedernal, tan apretadas y juntas, ha-
ciendo unas puntas piramidales, que alumbran toda
U63]
DANIEL GRANADA
aquella periferia. Son de diversos y lucidos colores,
blancas, amarillas, moradas, coloradas y verdes, con
tanta diafanidad y lustre, que fueron reputadas por
piedras finísimas y de gran valor, diciendo eran ru-
bíes, esmeraldas, amatistas, topacios y aun diamantes.
Estos cocos por lo común se crian debajo de tierra
en los montes, hasta que, sazonados los granos, re-
vientan, dando un grande estruendo, y con tanta
fuerza, que se han hallado algunos pedazos de pe-
dernal más de diez pasos de distancia de adonde
reventó el coco, que con el incremento que toma
dentro de aquellas piedrecillas, hace tal estrago al
reventar debajo de tierra, que parece que con la fuer-
za del estruendo estremece los montes.» Cuenta igual-
mente que estalla el coco, D. Juan de Solórzano
(Pol. ind ) y agrega que los indios del Perú, cuando
sentían el estruendo, acudían presurosos a buscar los
fragmentos de la piedra, persuadidos a ello por creer
que la suerte de encontrarlos era indicio de buena-
ventura. Azara se expresa así: «En bastantes para-
jes se encuentra lo que se llama cocos, que son unos
pedruscones sueltos, que encierran dentro cristales con
sus facetas, apiñados como los granos de una gra-
nada. Los hay de vanos colores, y los mayores y
más bellos están en la serrezuela de Maldonado
Aseguran allí que por la costra exterior va pene-
trando el jugo que forma dentro los cristales, y que,
creciendo éstos y faltándoles cavidad, revienta el coco
con un estruendo igual al de una bomba o cañonazo.»
D, Antonio de Alcedo {Dice, geogr. hst. de las Ind.
O ce), refiriéndose a las piedras de Guairá en la an-
tigua gobernación del Paraguay, dice que son lo mis-
mo que las piedras de Francia. «Los españoles, añade,
£164]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
creyeron al principio que eran esmeraldas, amatistas
y carbunclos; pero luego se desengañaron.»
Finalmente el general de ingenieros D. José
María Reyes (Descrtp. geogr. del terrii. de la Rep.
Or. del Uruguay) recuerda que el sabio naturalista
Dr. D. Dámaso Larrañaga observó en los alrededores
del pueblo de Minas el qnartzum amethytus de color
violáceo y forma piramidal exaedra, que por lo re-
gular se presenta reducido a *geodes de calcedonia,
que revientan debajo de tierra con estrépito.»
Los cocos rara vez se hallan enteros; sino par-
tidos en pedazos dispersos a largo trecho unos de
otros, ora debajo de la tierra, ora en la superficie,
circunstancia que, si la rotura procede de cataclismos
terráqueos, pudo dar origen a la creencia tan popular
y arraigada de que dan noticia aquellos autores y
que se ha continuado hasta el día de hoy.
COCHINOCA. — Capital del departamento
del mismo nombre de la provincia argentina de Jujúy.
COJINILLO, m. — Manta pequeña de lana,
hilo, etc., que se coloca sobre el lomillo del recado.
COLIBRI, m. — V. PICAFLOR.
' COLON — Departamento de la provincia ar-
gentina de Entre Ríos, junto al río Uruguay. — Ca-
pital del mismo departamento.
COLONIA. — Ciudad cabecera del departa-
mento del mismo nombre de la Rep. Or. del Urug.
Su origen año de 1680.
COLONIENSE, adj. — Natural de la ciudad
o del departamento oriental de la Colonia. Ú. t. c. s.
— Perteneciente a una u otro.
COLLA, adj. — Dícese del indio o mestizo de
las provincias argentinas de Jujúy y Salta, Ú. t. c. s.
(1651
DANIEL GRANADA
Voz procedente de Bolivía, por los antiguos
collas.
COLLERA, L — Collar de cuero para acollarar
un animal con otro.
La Acad define la collera de tiro, etc.
COLLERO, ra, ad). — Dícese de los naturales
del Rosario oriental en razón del arroyo Colla que
pasa junto al pueblo, de un indio colla que vivía
en sus inmediaciones.
COMECHIGÓN, na — V. COMECHINGÓN
COMECHINGÓN, na, adj. — Dícese del indio
que moraba junto a la sierra de Córdoba, donde tenía
sus viviendas en cuevas, según tradición. tJ. t. c. s. —
Perteneciente a dicha generación,
CÓMODO, m. — «Utilidad, provecho, conve-
niencia.» (La Acad.) Se usa también en el sentido
de comodidad, buen andar o movimiento, y así se
dice: este caballo o carruaje tiene buen cómodo.
COMPONER, a. — Preparar un caballo para
correr una carrera.
«Llaman parejeros a los caballos corredores,
que preparan quince días antes (de las carreras),
dándoles de comer con medida, asustándolos muchas
veces de noche, palpando sus cascarones, y haciendo
otras cosas, a que llaman componer el caballo.»
(Azara.)
COMPOSITOR, m. — El que compone un
caballo de carrera.
CONCEPCION. — Departamento de la Repú-
blica del Paraguay. — V. SAN JUSTO y URU-
GUAY (2.° art.)
CONCORDIA. — Departamento de la provin-
cia argentina de Entre Ríos, junto al río Uruguay y
(166]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
fronterizo a Corrientes. — Capital del mismo depar-
tamento,
CONCHABAR, a. y refl. — Tomar un sir-
viente o peón mediante un salario periódico, o bien
a destajo. — Darle, proporcionarle o ajustarle un
acomodo.
Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú
(Palma).
Como término «familiar. Unirse dos o más per-
sonas entre sí para algún fin. Tómase por lo común
en mala parte.» (La Acad,) Esta es la acepción que
más analogía tiene con la definición dada, y, como
se ve, es bien notable la diferencia entre una y otra.
Escríbese generalmente este vocablo con v , acaso
por haberse tomado del portugués conchavar: pero
nosotros hemos preferido seguir la ortografía de la
Acad., pues una y otra voz son sin duda etimológi-
camente idénticas.
Salva también conchabar, y da como prov. de
la Amér. mend. la acep. registrada.
«Acide la pesadumbre que con su extraña con-
ducta, sin haberles dado algún motivo, me causaban
los crúcenos, pues no me trataban ni me trataron
después con más respeto del que tuvieron o debían
tener a un correntino u otro español que los supe-
riores hubiesen conchabado para bajar a los indios.»
(Exp. de guaraníes de las Misiones desde Ibirapitá-
Guazú hasta S. Dom. de Sor. por un padre de la
Comp. de Jes.; Rev. de la Bibl. de Bs. Ai., Trelles.)
«Habiendo conchabado dos indios ladinos, acom-
pañaron por tierra al dicho práctico.» (Fray Francisco
Morillo, Viaje al fío Bermejo , 1780, en Angelis.)
CONCHABO, m. — Acción y efecto de con-
chabar o conchabarse.
1167}
DANIEL GRANADA
«Las contratas se extenderán por el respectivo
juez de paz en un Libro de conchavos*, etc. (Cód.
Rur. de la Prov. de Buenos Atres.)
CONFEDERACIÓN ARGENTINA. — Unión
federativa republicana de las provincias que a conti-
nuación se expresan, y cuya capital es la ciudad de
Buenos Aires, que lo fue asimismo del antiguo vi-
rreinato del Río de la Plata,
Buenos Atres, junto al Río de la Plata.
Mendoza, San Juan y San Luis, antiguamente
provincias de Cuyo, las más australes, hacia la cor-
dillera de los Andes.
Catamarca, Córdoba. Jujúy, La Rioja, Salta, San-
tiago, Santa Fe y Tucumán, entre el río Paraná y
la cordillera de los Andes.
Comentes y Entre Ríos, a la margen izquierda
del Paraná.
Integran el territorio de la nación argentina la
gobernación de Misiones, al norte de Corrientes, el
Chaco, la Pampa (pampas que están al sur de Bue-
nos Aires ) y la Patagonia, separada de Chile por los
Andes. Las islas Malvinas í ocupadas violentamente
por los ingleses desde el año 1833, pertenecen tam-
bién de derecho a la nación argentina, quien lo ha
conservado hasta el día de hoy protestando la fuer- ñ
za. Por su situación geográfica, son las Malvinas una
accesión de la Patagonia, y la nación argentina, al
tiempo de la emancipación y hasta la época del des-
pojo, continuó manteniendo la antigua soberanía ejer-
cida en ellas por España a justo título y reconocida
inequívocamente por la misma Inglaterra.
CONTRAMARCA, f . — En la ganadería, mar-
ca duplicada. Indica que queda anulada la marca.
Si no se pone otra diferente al animal contramárca-
nos}
VOCABULARIO RIOPL ATEN SE
do, se le considera sin marca, y entonces se dice que
es orejano de marca,
COPO. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Santiago. — Capital del mismo depar-
tamento.
CÓRDOBA. — Capital de la provincia del mis-
mo nombre de la Confederación Argentina. 31° 24'
lat. aust. Fund. año 1573 por el gobernador D. Jeró-
nimo Luis de Cabrera.
Córdoba del Tucumán era nombrada antigua-
mente, para distinguirla de Córdoba de Andalucía El
que no haya tenido el placer de visitar la bella ciu-
dad que, asentada a orillas del río Primero, deja a
sus espaldas la sierra donde en otros tiempos busca-
ban abrigo los indios comechingones, tome en sus
manos el tomo XVII del Viaje de España escrito por
D. Antonio Ponz, y allí encontrará una vista del
Puente de Córdoba sobre el Guadalquivir que le
ofrecerá un panorama del todo semejante, en su
conjunto, a 'aquel antiguo foco intelectual de las
provincias del Río de la Plata.
CORDOBÉS, sa, adj. — Natural de la ciudad
o de la provincia argentina de Córdoba. Ü. t. c. s,
— Perteneciente a una u otra.
CORDILLERA. — Departamento de la Repú-
blica del Paraguay.
CORNETA, adj, — Dícese del animal vacuno
a quien le falta uno de los cuernos. Ú. t. c. s.
Son muy incómodos en la manada, porque tro-
piezan con los otros y los lastiman.
En la prov. bras. de Río Grande del Sur signi-
fica la misma cosa. Beaurepaire-Rohan presume que
es voz peculiar del Brasil, Nosotros la consideramos
española, y que los riograndenses la tomaron de sus
Í169]
DANIEL GRANADA
vecinos los orientales del Uruguay. Es verdad que
corneta es también término portugués; pero la gana-
dería en el Plata es más antigua que en el Brasil, y
debe inferirse la precedencia en el uso de dicha pa-
labra.
CORONDA, adj, — Dícese del indio de cierta
parcialidad que moraba en la costa e islas del Para-
ná, algunas leguas más arriba que los timbóes. Ü. t.
c. s. — Perteneciente a dicha parcialidad.
CORONDA, m. — Árbol, de hoja menuda,
cuyo tronco y ramas se cubre, cuando grande, de
manojos de recias espinas, y que da unas semillas
parecidas en su forma y tamaño al haba, pero muy
chatas. Raspada la cáscara de la vaina que las con-
tiene, hace estornudar con mayor fuerza que el rape,
amén de otros efectos análogos, que no son para di-
chos. Esto con sólo aspirar los polvos por la nariz:
tal es su eficacia mecánico-fisiológica.
CORONDA. — V. SAN JERÓNIMO, primer
art.
CORONILLO, m. — Árbol que da una tintura
rojo-oscura que benefician en la Confed, Argent.
CORRALON, m. — Corral grande, cercado de
material, en los pueblos.
CORRECAMÍNO, m. — V. CACHJLA.
CORRENTADA, f. — Corriente fuerte de un
río o arroyo.
«Levanta su correntada comúnmente unos pe-
nachos de agua en las alturas de las peñas.» (D,
Luis de la Cruz, Viaje de la Concep. de Chile a Bs.
As., 1806, Ang.).
Lo mismo en el Ecuador: « . . . torrentes que,
con las nevadas de la Cordillera, forman ríos peli-
rno]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
grosos por su correntada.» (D. Manuel Vilkvicen-
ció, Geogr. de la Rep. del Ecuad.)
CORRENTOSO, so, adj. — Dícese de cualquier
caudal de agua que corre con fuerza.
Lo mismo en el Ecuador: «Este río (Pindó)
nace en los montes de la cordillera de Llanganate:
en su origen es correntoso; pero cerca de su desagüe
es manso»* etc. (D. Manuel Villavicencio, Geograf,
de la Rep. del Ecuador,)
Preferible sería correntuoso.
CORRENTINO, na, adj. — Natural de la ciu-
dad o de la provincia argentina de Corrientes. Ú. t.
c. s. — Perteneciente a una u otra.
CORRIDA DEL PATO. — Fiesta del pato.
CORRIENTES. — Capital de la provincia del
mismo nombre de la Confederación Argentina. 27 Q
3731" de lat. aust. Fund. en 1588 por el adelantado
D. Juan de Torres de Vera y Aragón.
CORRER EL PATO. — Ejecutar el juego del
pato. — Tomar parte activa o principal en él. V.
PATO.
CORTADERA, f . — Hierba que se cría en los
bañados, de hoja larga y aplanada; cuyos aserrados
filos cortan como una navaja, con un como penacho
blanquizco amarillento.
Es cosa diferente de la paja brava o de Santa Fe,
COSCOJERO, ra, adj. — Dícese de la cabalga-
dura que hace sonar constantemente las coscojas del
freno.
COSTA ALTA. — Departamento de la provin-
cia argentina de La Rioja. — V. TAMA.
COSTEADO, da } adj. — Dícese del ganado con-
venientemente trabajado de las estancias, manso, que
1171}
DANIEL GRANADA
obedece, hallándose por consecuencia en disposición
favorable a su engorde
COSTEAR, a — Pastorear el ganado de las
estancias, trabajándolo de manera que se amanse,
obedezca ai rodeo, se reparta y aquerencie en los lu-
gares donde ha de pastar, beber, dormir y reunirse,
etc., a fin de que, sujeto a un régimen conveniente,
adquiera el mayor engorde posible.
CRIOLLO, lia, adj. — Dícese del descendiente
de extranjeros, no siendo americanos, nacido en las
regiones del Plata. Ü. t. c s. — Aplícase a los ani-
males o productos que, procediendo originariamente
de regiones no americanas, han venido a ser como
especiales de las del Plata* por cualquiera circuns-
tancia que los distinga de los extraños. Así se dice:
caballo criollo, para designar el común en las regio-
nes del Plata, por oposición al que es de una raza
especial importada, y pan criollo a cierto pan de
masa compacta muy común y gustado en el país, a
distinción del que llaman francés, italiano^ etc.
La primera acep, es general en toda América.
En Salva también con aplicación a cosas.
CRUZ DEL EJE — Departamento de la pro-
vincia argentina de Córdoba, fronterizo en parte a
La Rjoja y en parte a Catamarca. — Capital del mis-
mo departamento.
CUADRA, f. — Costado de una manzana, que
regularmente tiene ciento cincuenta varas en la Re-
pública Argentina y cien en la Oriental del Uruguay.
— Distancia que hay de una bocacalle a la otra in-
mediata. — Medida itineraria compuesta de ciento
cincuenta varas en la República Argentina y de cien
en la Oriental del Uruguay. — Mídese asimismo por
cuadras el alcance o aguante de un caballo corredor.
[172}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Así un caballo de ocho, diez o quince cuadras es el
que buenamente puede andarlas a carrera abierta.
Los españoles, dando la vuelta al globo y plan-
tando en una y otra región su estandarte, al propio
tiempo que conquistaban la América, abarcaron con
la mirada la naturaleza entera. La naturaleza fue su
maestra, su guía: dioles a conocer las leyes ciertas
y las variables condiciones a que ella misma está su-
jeta, e indújoles a modelar por estas leyes y condi-
ciones las ordenanzas que dictaran para la fundación
de las colonias que en las recién descubiertas tierras
hubiesen de ir a desenvolver y dilatar su existencia.
Para hacer poblaciones, prescribían las leyes de In-
dias, elíjase lugares medianamente levantados, ni muy
altos, ni muy bajos: claro el cielo, puro el aire, suave
el temple; abundantes de pastos, leña, madera, aguas
dulces y gente natural; lejos de pantano o de laguna
que exhale efluvios deletéreos o críe animales vene-
nosos; las sierras o cuestas, por la parte de levante y
poniente. Estén las poblaciones dispuestas de modo
que gocen desembarazadamente de los vientos que
soplan del mediodía y del respectivo polo; junto, si
posible fuete, a río navegable, y, en tal caso, asen-
tadas de manera que, saliendo el sol, dé primero en
el pueblo que en el agua. Las plazas, calles y solares
repártanse a cordel y regla; la plaza mayor fórmese
en cuadro prolongada, como más a propósito para
las fiestas de a caballo: salgan de ella las calles en
línea recta, libres, contrapuestas sus esquinas a los
vientos mayores, cual nave que, acometida por el
huracán, se pone mar al través; háganse uniformes
las manzanas y los edificios, sólidos, desahogados y
limpios, atendiendo, no sólo a la salud y bienestar de
los habitantes, sino también al ornato del conjunto;
{173]
DANIEL GRANADA
en lugares fríos sean las calles anchas, y en los car
líenles angostas. El designio que entraña este último
precepto de la legislación indiana contémplase seme-
jantemente realizado en las regiones septentrionales
de Europa. «A medida que se camina hacia el norte*
escribe elocuentemente un observador filósofo (D.
Agustín Pascual, Recuerdos de Rusia), se observa
que el hombre busca los beneficios del padre de la
luz y del calor; calles anchas, plazas ilimitadas, par-
ques inmensos, salas magníficas, y por consiguiente
edificios colosales; parece que la naturaleza se achica
y el arte se agranda.»
En cuadro o en cuadra dijeron los antiguos, y
llamaron cuadra a la isla de casas en cuadro o a la
figura cuadrada de las manzanas. La ley 9, tít. 7,
libro 4° de la Rec. de Ind. teza: en cuadro; pero en
la ordenanza 113 sobre descubrimiento nuevo y po-
blación, que es su concordante, se lee: en cuadra, se-
gún la Colee» de doc. inéd. etc. del archivo de Ind.
(t. 8 o ). Fuera de esto, no hay duda en que antigua-
mente dijeron cuadra a un terreno cuadrado o isla
cuadrada de casas, o sea a lo que hoy llaman man-
zana o cuadra cuadrada de casas en el Río de la
Plata. El padre Bernabé Cobo, en su escrito sobre la
Fundación de Lima inserto en el t. I o de las Reís,
geografs. de Indias por D. Marcos Jiménez de la
Espada, se explica así: «y teniendo atención (el go-
bernador D. Francisco Pizarro), no al pequeño nú-
mero de vecinos con que la fundaba (refiérese a la
ciudad de Lima), que no llegaban a ciento, sino a la
grandeza que se prometía había de llegar a tener con el
tiempo, tomó un espacioso sitio, y lo repartió, a ma-
nera de casas de ajedrez, en ciento diez y siete islas,
que, por ser cuadradas, las llamamos comúnmente
(174)
VOCABULARIO RIOPLATENSB
cuadras.* Pero no sólo hay este dato. Juan y Ulloa, o,
si se quiere, UUoa, que íue quien redactó el Viaje, nos
dice que las calles de Lima son anchas, tiradas a cor-
del en su largo y paralelas entre sí, de modo que las
unas corren del norte al sur y las otras de oriente
a occidente, formando cuadras o cuadrados de casas,
cada uno de los cuales tiene ciento cincuenta varas.
Quiere decir Ulloa que cada uno de ios lados del
cuadrado tiene ciento cincuenta varas, a los cuales,
andando el tiempo, se dio también, aunque impro-
piamente, el nombre de cuadras. Se diría seguramente
al principio, por ej., «para llegar a tal punto, hay
que pasar (o andar) tantas cuadras (manzanas) en
esta calle»; y a fuerza de asociar a la idea de lon-
gitud o distancia la voz cuadra, se fue olvidando su
sentido primitivo, y el uso, que no es gramático ni
lexicólogo, acabó por hacer de ella una medida iti-
neraria. En Lima vino a equivaler a 150 varas, «por
cuyo número (dice Ulloa) entienden las cuadras en
toda aquella comarca, no obstante que en la de Quito
son de ciento solamente.» Así el mismo Ulloa, ha-
blando de Quito, se expresa en estos términos: «Las
cuatro principales calles que atraviesan los ángulos
de la plaza son derechas, anchas y hermosas; pero,
apartadas de ella tres o cuatro cuadras (que es la
distancia entre cada dos esquinas, y se regula allí por
cien varas, aunque unas tengan más y otras menos),
empieza en ellas la imperfección de subidas y ba-
jadas.» Así también, por lo que respecta al Río de
la Plata, como regularmente la mangana es cuadrada
y tiene de frente 150 varas en la República Argentina
y 100 en la Oriental del Uruguay, de ahí que, apli-
cando el nombre en abstracto a la medida de las
distancias y de las tierras, aun cuando no contengan
(175]
DANIEL GRANADA
casas amanzanadas ní estén comprendidas dentro del
recinto de una ciudad o pueblo, se haya dado a cuadra
la significación que actualmente y de muy antiguo
lleva en el lenguaje vulgar y geográfico.
Paz-Soldán, refiriéndose a la idea que dan de la
cuadra Terreros (Perú: cualquiera longitud de una
calle), Salva (Cuba: frente que ocupa una manzana
de casas) y Pichardo (ídem: extensión de una calle
de esquina a esquina, comprendiendo una y otra ace-
ra), dice: «todas estas definiciones son buenas, y muy
prudente la de Terreros.» Fúndase para pensar así en
que, sí bien las cuadras de Lima tienen (dice), por
lo general, cien metros, a veces se unen dos man-
zanas, y no por eso deja de llamarse cuadra al frente
que ocupan, y en que, por el contrario, cuando una
manzana queda reducida a la mitad, se le da asi-
mismo a su frente el nombre de cuadra» A nuestro
juicio la definición verdaderamente exacta es la de
Salvá. La de Terreros es descuidada; pues una calle
puede tener una legua de largo, y al largo de una
calle no se le ha llamado nunca cuadra en América.
Y precisando los términos en que Pichardo define la
cuadra, resultaría serlo el espacio de calle compren-
dido entre el frente de dos manzanas, lo que ignora-
mos si habrá sido en realidad su mente. Dos man-
zanas unidas tendrán siempre dos cuadras de largo;
y por el contrario, si a una manzana se le abre una
calle por medio, no por eso dejará de ocupar una
cuadra.
En Chile tiene la cuadra ciento cincuenta varas
(Rodríguez). Rívodó la define: «parte de una calle
que media de una esquina a la otra inmediata,» esto
es, entre esquina y esquina de manzana, no de boca-
calle. En la provincia brasileña de Río Grande del
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Sur cuadra (quadra) es «extensión de 132 metros,»
y «da distancia de las corridas se mide por cuadras.
Dícese: caballo de dos cuadras, de cuatro, etc., con-
forme al número de ellas en que puede ganar, o
que está acostumbrado a correr con ventaja» (Beau-
repaire-Rohan), Los riograndenses tomaron, sin du-
da, el vocablo y su significado de los habitantes del
Río de la Plata.
La Acad. da a la voz cuadra una significación
general: cuarta parte de una milla (3 a acep.); y otra
particular de Méjico: manzana de casas. V. MAN-
ZANA y VARA,
Cuadra cuadrada. — Medida agraria que consta
del cuadrado de la itineraria llamada cuadra.
Cuadra argentina. — Medida itineraria que
consta de ciento cincuenta varas, equivalentes a ciento
veintinueve metros y nueve decímetros.
Cuadra oriental. — Medida itineraria que consta
de cien varas, equivalentes a ochenta y cinco metros
y nueve decímetros.
CUAJO, m. — Parte del animal vacuno que
contiene el jugo gástrico.
CUARAY. — V. CUARÉIN.
CUARÉIN, m. — Río que desemboca en la
margen izquierda del Uruguay. Marca el límite di-
visorio, por el norte, de la República Oriental del
Uruguay y el Brasil, según el arreglo efectuado el
año 1851.
Dicen Cuaréin o Cuareín. Unos escriben Cua-
réim o Cuareím } y algunos, como el general D. José
M a Reyes en su Carta, Geog. de la R. O. del U. f
Quarétn. La gente del campo se expresa, a nuestro
parecer, con la debida propiedad cuando dice Cuaraj
o Cuarey, o, a lo menos, si se equivoca, se equivoca
1177]
DANIEL GRANADA
con los antiguos jesuítas que en 1732 hicieron el
plano Paraquarice provinctee, en el cual está desig-
nado el río de que se trata con el nombre de Quaray.
Los brasileños dicen Quarabím, y de ahí puede
nacer que sus vecinos, imitándolos, digan Cmréim,
Cuaréin, Cuareín o Cuareím.
CUARTA, f. — Cabalgadura que, conducida
por un jinete, ayuda a los vehículos a subir las cues-
tas o a pasar un mal camino, mediante un mamador
o cuerda afianzada por un extremo a la cincha y por
el otro en el carruaje. — La misma ayuda ejecutada
con bueyes.
«Si no pueden arrastrar la carreta (al pasar un
río o arroyo), la mantienen parada a pecho firme,
hasta que añaden otros bueyes que llaman cuartas,»
(Estala.)
CUARTEAR, a. — Tirar de un carruaje, me-
diante una cuarta,
CUATÍ, m. — Cuadrúpedo de unos tres pies
y medio de longitud, de color pardusco y acanelado,
muy semejante al macaco en la forma del cuerpo y
en el grito, pero no en la cabeza, que es larga y
delgada, ni en las manos, armadas de uñas largas,
fuertes y encorvadas, a favor de las cuales trepa con
suma facilidad por los árboles. Es sobremanera in-
quieto, andariego y revoltoso; por lo cual poco tiem-
po dura en una casa, pues ni hay quien lo pueda
soportar por sus continuas travesuras, ni él tampoco
se aquerencia en ninguna parte, escapándose al me-
nor descuido.
Del guar.
CUCHARA, f. — Llana del albañil.
Lo mismo en Venezuela, según Rivodó.
{178}
VOCABULARIO RIOPLATENSB
CUCHILLA, f . — Loma, cumbre, meseta, cuan-
do se prolongan considerablemente. — Continuidad
de eminencias, excepto las serranías. Pueden hallarse,
sin embargo, montañas o sierras en una larga cu-
chilla, como sucede en la General o Grande que
atraviesa la República Oriental del Uruguay y parte
del Brasil. En este caso, sin perjuicio de conservar,
consideradas aisladamente, las montañas, sierras, etc.,
su nombre particular, quedan comprendidas en la
denominación común de cuchilla que lleva la serie.
Es acepción de uso antiguo, corriente, geográfico
y oficial, y expresión única con que en el Río de la
Plata se nombra toda eminencia considerablemente
prolongada y cuyas pendientes se extienden suave-
mente hacia la tierra llana, alimentando o dando orí*
gen, con las aguas que vierten, a ríos, arroyos, lagos,
lagunas y cañadas. Los geógrafos españoles que con-
curtieron a la demarcación de límites entre las po-
sesiones de España y Portugal en la América meri-
dional, la emplearon igualmente en sus descripciones,
mapas, etc.
«Su origen (el de varios arroyos) viene de las
sierras o lomas que forman la cuchilla (así llaman
al camino, cuando sigue las cimas de los cerros),
la cual va dividiendo aguas al oriente y al occidente
en la misma dirección de la costa.» (D. José María
Cabrer.)
En la cuchilla y el llano,
De fresca sombra cubierto
El ombú se eleva ufano,
Siempre a los ranchos cercano,
Como el genio del desierto.
(D. Alej. Magarmos Cervs.)
U79}
DANIEL GRANADA
«Nombre que se da a las montañas, cuando tie-
nen la forma muy aguda.» (D. Juan Vilanová y
Píera.)
«Cuchilla no significa ceja, cordillera; si bien
la metilos no es impropia, y aparece varias veces
en el Bernardo de Valbuena. Pichardo trae también
esta acepción como cubanismo» (D, Rufino José
Cuervo. )
Ni la idea que da Vilanova, ni la que tolera
Cuervo, convienen con la que en el Río de la Plata
ha expresado antiguamente y expresa hoy en el día
la voz cuchilla. Pero resulta que, así en España, como
en toda o la mayor parte de América, da a conocer
objetos, si no semejantes, análogos. Lo que cumple
es determinar inequívocamente la aplicación que tiene
al respecto en las diversas provincias de España y
América, a fin de uniformar, si es posible, y fijar,
su significado.
CUCHILLA GRANDE. — Larga cadena de
eminencias, formada, ora de sierras, ora 'de simples
lomas que, desde el Brasil, donde tiene origen, atra-
viesa de norte a sur el territorio de la República
Oriental del Uruguay*
CUEREAR, a. — Desollar un animal al solo
intento de aprovechar el cuero.
Cuando las campañas del Plata estaban pobla-
das de ganado cimarrón, cuereábanse por millares
los animales vacunos, dejando abandonada en el cam-
po la carne, para alimento de las fieras y aves de
rapiña. Hoy se cuerea un animal vacuno muerto por
enfermedad, de hambre o por cualquier accidente que
induzca a tirar la carne, por no poderse aprovechar,
salvo el cuatrero, que no guarda miramientos.
CUERVO, m. — V. IRIBÜ.
{180}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CUERVO BLANCO, m. — V. IRIBUTl.
CUERVO REAL, m. — V. IRIBURUBICHÁ.
CUI, m. — Especie de conejo muy pequeño, que
suelen criar en las casas.
Es voz del Perú. Del quich. ccoue, conejo (Ro-
dríguez).
«Cuics, que son como conejos pequeños.» (Reís,
geogr. de Ind., Atunrucana.)
CULERO, m. — Pieza de cuero que los hom-
bres de campo se aplican exteriormente por la parte
de los muslos, para evitar el roce de los instrumentos
de trabajo con la ropa.
En Chile pieza que a modo de faja ancha usan
los mineros, cubriéndoles los riñones y la barriga, y
también la que se aplican a las asentaderas para
cuando se sientan sobre las piedras y el cascajo (Ro*
dríguez).
CUMBARl, adj. — Dícese de cierto ají muy
picante, rojo y pequeñito, que se cría en Misiones y
Paraguay. ÍX t. c. b. — V. AJÍ
Del guar. cümbarí,
CUPIAL, m. — Techo pendiente, que da al fon-
do del rancho,
CURACA, m. — En las provincias argentinas
arribeñas equivale a cacique, gobernador de una co-
munidad o pueblo de indios.
«Demás de los supremos reyes, en cuyo derecho
damos por asentado que subcedió la corona de Cas-
tilla, hallaron los españoles otros señores inferiores a
ellos, pero superiores a otros particulares, de quien
eran obedecidos. Llamábanlos entonces curagas, y aho-
ra también caciques, nombre que trajeron los primeros
conquistadores de la isla de Santo Domingo.» (El
virrey del Perú marqués de Montesclaros.)
1181]
DANIEL GRANADA
«Curaca usan para decir gran cacique, y eran
criados entre españoles, y les daban Jas encomiendas.»
(El P. Andrés Febrés, de la Comp. de Jes., Calep.
cbÜ.-htsp.)
En las inmediaciones de la ciudad de Córdoba,
del lado que mira a la Sierra, había, hasta hace pocos
años, una comunidad de indios, cuyos intereses ad-
ministraba un curaca. Llamábase, y se llama aún el
paraje donde estaba la comunidad, el pueblito. La
comunidad poseía una extensión de dos o tres leguas
de campo, donadas a sus antecesores (dicen) por el
Rey. Un decreto del gobierno de la Provincia, dic-
tado el año 1882 u 83, desposeyó de dicho terreno
a la comunidad, dejando a cada una de las familias
que lo ocupaban un sitio donde pudiesen vivir. Visi-
tando el pueblito a principios del año 1888, entra-
mos casualmente en un rancho dónde vivían dos chi-
nas viejas, la una viuda y la otra hija de un antiguo
curaca. Miserable era el tugurio; pero no faltó (don-
de apenas había en qué sentarse) un ostentoso mate
de plata maciza, en el que nos sirvieron solícitamente
un amargo aquellas pobres mujeres, a quienes les -
causó novedad que hubiéramos ido a dar allí de tan
leps tierras (del Salto). «Aquí no había dones ni
doñas, nos decían, ni pleitos, ni enemistades. El cu-
raca administraba las rentas de la comunidad, con las
cuales se pagaban las contribuciones y se asistía a los
enfermos. El que de nosotros quería cultivar una cha-
cra, elegía el terreno que le parecía más apropiado
a su intento. Otros se ocupaban en hacer materiales
(ladrillos). Arrendábamos a los extraños nuestras tie-
rras. Cobrábamos el pastoreo de las tropas (de mu-
las). Todos, en suma, vivían pacífica y honradamente.
Ahora tenemos dones, doñas, miseria y pendencias.»
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CURETUÍ, m. — Agraciado pajarillo, de color
blanco y negro.
Del guar. curetuu
CURI, m. — Árbol de la familia de las coni-
feras, resinoso, de tronco recto muy elevado, coro-
nado a trechos de ramas que nacen horizontalmente
arqueándose hacia arriba en sus extremos, de forma
piramidal, de hojas cortas, recias y punzantes. Da una
piña grande, con pifiones del grueso del dedo pulgar,
que, asados, son tan buenos o mejores que castañas,
según Azara, Críase en las vertientes de los ríos Uru-
guay y Paraná arriba. Botánicamente araucaria bra-
silensis.
Del guar. curtí,
«Hay en aquella tierra (Misiones) muy gran-
des pinares, y son tan grandes los pinos que cuatro
hombres )untos, tendidos los brazos, no pueden abra-
zar uno, y muy altos y derechos y muy buenos para
mástiles de naos y para carracas, según su grandeza;
las pinas son grandes, los piñones del tamaño de
bellotas, la cáscara grande de ellos es como de cas-
tañas, difieren en el sabor a los de España; los indios
los cogen, y de ellos hacen gran cantidad de harina
para su mantenimiento.» (Alvar Núñez Cabeza de
Vaca.) Es el curu
CURIBAY, m. — Cierta especie de pino, que
da unos piñones que, comidos, producen el efecto de
un purgante fuerte; efecto, empero, que cesa instan-
táneamente, tomando un trago de vino o de agua
caliente. Tiénese estos piñones como buenos para cu-
rar la enfermedad de la gota.
Del guar. curitbá.
CURIYÚ, m. — Boa.
Del guar. curiyú.
[183]
DANIEL GRANADA
Es la misma que vio Schmídel orillas del Paraná,
cerca de la laguna Iberá. «Grandísima y monstruosa
serpiente (dice) de 45 pies de largo, del grueso de
un hombre: negra, con pintas leonadas y rojas, de
que los indios se admiraron por no haberla visto
mayor; matárnosla de un balazo. Decían los indios
que les había hecho grandes daños; porque cuando
se bañaban, ésta y otras de su especie les rodeaban
el cuerpo con la cola, y hundiéndolos en el agua, sin
saber los indios Jo que les sucedía, se los comían.
Medí esta serpiente con mucho cuidado, y dividida
después por los indios en pedazos, se la llevaron a
sus casas, y se la comieron cocida y asada.» V.
IBERA.
CURUGUÁ, m. — Enredadera que da un her-
moso fruto colorado, amarillo y negro, semejante a
una calabaza, de una tercia de largo, y de olor muy
agradable. Su cascara, que, aunque fina, es dura y
resistente, sirve de vasija, de la cual salen aromati-
zados los objetos que en ella se guardan. Críase en el
Paraguay, etc. — Su fruto.
Del guar. curuguá,
CURUGUATl. — Departamento de la Repúbli-
ca del Paraguay.
CURUPAY, m. — Árbol del género de las mi-
mosas, de corteza a propósito para curtir y de buena
madera; semejante al algarrobo
Del guar. curupai
CURUPl, m. — Árbol de hoja estrecha, ligera-
mente escotada, que despide, hiriéndole, una sustan-
cia lechosa muy blanca; llamado también, por esta
ratón, palo de leche.
Del guar. entupí.
{184}
VOCABULARIO RIOP LATEN SE
En sus ramas se forma una espuma pegajosa
semejante a la clara de huevo batida, que cría tába-
nos, como en el ceibo. De su madera, que es muy
flexible, hácense queseras y otros utensilios que han
la forma arqueada.
CURUPICAY, m. — Árbol fofo, que da un
jugo pegajoso, considerado eficaz contra las picadu-
ras de víboras.
Del guar. curuplcdi.
CURUZÚ CUATIÁ. — Departamento de la
provincia argentina de Corrientes, — Capital del
mismo departamento.
CURUZUYÁ, m. — En las antiguas misiones
jesuíticas del Paraná y Uruguay, enfermero. Cuidaba
del doliente bajo la dirección de uno de los padres
que tenían a cargo la reducción o pueblo,
CUY ANO, na^ adj. — Natural de la antigua
provincia de Cuyo. Ü. t. c. s. — Perteneciente a ella.
CUYO. — Antigua denominación de las actua-
les provincias argentinas situadas al oeste de Buenos
Aires, hacia la cordillera de los Andes, a saber, Men-
doza, San Luis y San Juan.
CUZCO, m. — Perro pequeño ladrador.
De la ínter j. ¡caz! caz!
Porque no llegue a rabiar,
Matan a un cuzco inocente;
Mas, pagando la patente,
Ya puede un mastín campar:
Que, impune con su collar,
Rabie y muerda con confianza.
¡Buena va l& danza!
(D. F. A. de Figueroa.)
[185}
CH
CHÁCARA, f. — V. CHACRA
«Chicaras de coca y ají y otras legumbres.»
(Fernando de Sanrilláñ, Reí. etc. publ. por D. Marcos
Jiménez de la Espada.)
CHACARERO, m. — El que tiene chacra, tra-
bajando en ella o dirigiendo sus operaciones.
Lo propio en Chile, según D. Zorobabel Rodrí-
guez.
CHACARITA, f, — Chácara de corta exten-
sión. — En sent. fíg. y fam., lugar donde uno acos-
tumbra asistir. Así el tertuliano dice: voy a la chaca-
rita, para significar que se encamina al punto en que
habitualmente pasa un rato con algunos amigos.
«La ocupación o ejercicio de éstos (los indios
y mestizos ) es trabajar en algunas chacaritas o sem-
brados.» (Juan y Ulloa,)
CHACO, ni. — Antiguo género de montería,
originario de los indios y a su imitación usado por
los españoles, el cual s.e ejecutaba cercando el campo
considerable número de batidores colocados a tre-
chos y cerrándose en seguida para estrechar la caza,
que regularmente era la vicuña, hasta que, acorra*
lada, trataba de evadirse, ocasión en que era perse-
guida con flechas, hondas, boleadoras, lazos y otras
armas e instrumentos, y Juego desollada.
[186 J
/
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Descríbelo Gonzalo Argote de Molina en el
Discurso sobre el libro de montería del rey D. Alonso
publicado por D. José Gutierre* de la Vega en la
BibL Venat, He aquí el texto:
«El uso que los indios tenían y tienen en sus
cazas y monterías en las Indias Occidentales, es tan
vario cuanto lo son las naciones y parcialidades de
ellos y los animales de cada región; y ansí en el
Peni, en la provincia del Collao, tierra muy llana,
fría y sin ninguna arboleda, y muy poblada de gente,
y en otras partes de las Indias, hacen una montería
llamada chaco, para lo cual se juntan grandísimo
número de indios, y, puestos a trechos no muy dis-
tantes, cercan la mayor parte del campo, que queden
casi en forma de círculo, de la manera que mejor
se acomodan, y de allí van cerrándose y recogiendo
todos los animales que se les ponen delante, en los
cuales hay unos llamados guanacos, que son de la
misma ralea que los carneros ( 1 ) que los indios nom-
bran llamas, los cuales sirven de recuas de carga en
que se trajinan las mercaderías: tienen muy buena
lana; son del tamaño de un jumento; las cañas, en-
jutas como el ciervo; la pata, hendida; el pescuezo,
largo y no grueso. Los guanacos no difieren de éstos
en otra cosa que en ser bravos y monteses, y los otros
(1) «Los guanacos o llamas, que pot ambos nombres
so a conocidos, no son de la ralea de los carne ros > como dice
el autor de este Discurso, sino de la de los camellos, que
tienen por representantes de su familia en el nuevo continen-
te a las llamas y las vicuñas. Tal vez el hecho de ser ru-
miantes hizo creer al observador que comunicó a Argote de
Molina sus impresiones, que los cicados animales debían per-
tenecer al género de los carneros,» - (N de G. de la V.)
V. el art. CARNERO DE LA TIERRA
CX871
DANIEL GRANADA
mansos y domésticos, y en la color de ellos que tira
a pardo, y la de los carneros, blanco, negro y pardo.
Asimismo hay en la misma provincia otros animales
llamados vicuñas (2), que son más pequeños, y ma-
yores que corzos; casi de la misma forma del camello,
ecepto la corcova, y tienen la lana muy blanda; los
unos y los otros se hallan en los desiertos y tierras
frías, donde nieva y hiela mucho, y estos lugares
se llaman puños; tienen estos animales la piedra
bezaar, y también se halla en otros que se llaman
tarugas, muy semejantes a los corzos Hay también
muchos leones, tigres ( 3 ) , venados, zorras y otros
animales que los indios van cercando y recogiendo
en el Chaco, en la forma y manera dicha, huyendo
los animales de una parte a otra de Ja multitud de
los indios, los cuales les van tirando a todas partes
con flechas y hondas, y con una arma arrojadiza, que
llaman ayllo, que tiene dos bolas del tamaño de un
durazno colgadas de una cuerda emparejo y asidas
de otra, y arrojados estos ayllos hieren y enlazan a
lo que tiran, y llevan perros para seguir la caza. Van
desta manera monteando hasta que encierran la caza;
y aunque son muchos los animales que toman, son
más los que huyendo escapan. Y ansí tuve por rela-
ción de D Juan de Quiñones, hijo del presidente de
las Charcas, que desta forma de montería afirman
los indios antiguos de aquella provincia que usaba
Guainacaba, gran príncipe del Perú, y que la acos-
(2) «Vicuñas, cuyo nombre conservan en Europa»
(G. da la V.)
(3) «Los leones y tigres de que habla el autor, son los
del nuevo continente, llamados pumas los primeros, y ¿aguares
los segundos.» (G. de la V,)
VOCABULARIO RIOPLATENSE
tumbraron sus antecesores, cercando los montes con
número de más de doscientos mil indios, llevando
sus caciques y señores principales sobre los hombros
en andas rasas, y sobre éstas sentado el príncipe, que en
su lengua llaman Inga, con borla de lana pendiente en
la cabeza, insignia real entre ellos. Estando en el Perú,
en el año de cincuenta y uno, en la provincia de
Chucuytú, en el Collao, D. Francisco de Mendoza,
visorrey del Perú, he oído contar a caballeros
que allí se hallaron en aquella sazón, de una
fiesta de montería que se hizo por los indios del
Collao, cercando diez leguas de tierra con gran nú-
mero dellos, en la cual mataron veinticinco mil gua-
nacos y vicuñas, tres mil zorras, mil y quinientos leo*
nes, sin otro grandísimo número de otros animales.»
Alguna variedad en la forma de esta montería
ofrece el siguiente pasaje de D. Amonio de Ulloa
(Noticias americanas): «No siendo fácil cazarlas con
la escopeta ni con perros, hay otro medio, que es cau-
sa de su destrucción: este es el de hacer chacos, voz
que en el idioma indio significa unión o compañía
de muchos para alguna cosa. Es la vicuña animal
muy tímido; cualquier ruido lo azora, y con faci-
lidad se espanta: con este conocimiento disponen ce-
rrar una cañada con alguna cuerda que la circunde,
dejando un corral bastante espacioso y con una sola
entrada: ponen la cuerda en altura proporcionada,
de modo que corresponda a la medianía del pescuezo
de las vicuñas, y en pequeñas distancias cuelgan unos
pedazos de lana colorada o de otros colores, para que
se muevan con el aire. Antes de disponer este cerco
tienen examinado ei sitio donde pacen algunas ma-
nadas, y lo forman lo más cercano a ellas. Estando
preparado, hacen una especie de batida, ayudándose
DANIEL GRANADA
la gente de algunos perrillos que tienen industriados
para el intento, y llevan acosadas las vicuñas, hasta
que logran meterlas en el cerco: ellas, viéndose en-
cerradas, procuran escapar, pero advirtiendo los col-
gajos, se espantan, sin determinarse a saltar por en-
cima de la cuerda, ni a humillar el cuello para pa-
sarla por debajo. En esta forma entran los hombres
que las enla2an y matan, desollándolas para conser-
var la lana en los pellejos. Por lo común son indios
los que se ocupan en este ejercicio, o algunos mes-
tizos: es duro y penoso, por hacerse en las punas
rígidas,» etc.
El P. Lozano (Hist. de la conqu. del Parag., Río
de la Plata y Tttcum.), hablando de la vicuña, dice:
«Es de ver el modo de cazarlas. Júntanse muchos
indios (que antiguamente solían ser tres o cuatro
mil), rodean a lo lejos por todas partes el lugar
donde saben hay mayor copia de vicuñas, y poco a
poco van estrechando el cerco, hasta sitiarlas en parte
donde puedan matarlas. Reservan las hembras para
el multiplico, y matan los machos para quitarles la
lana, que es tenacísima de su color nativo, y se dice
ser fresca y mitigar las inflamaciones de los ríñones
y también el dolor penosísimo de la gota, por lo cual
los lisiados de estos achaques la suelen usar en los
colchones. Este modo de cazarlas llaman común-
mente hacer chaco, y porque entraban muy de or-
dinario a semejantes cazas por las faldas de la cor-
dillera que caen al Tucumán, llamaron Chaco a los
llanos que allí empiezan y se extienden hasta las
márgenes del Río de la Plata »
CHACO. — Territorio comprendido entre las
provincias bolivianas de Chiquitos, Mojos y Tari ja
al norte y oeste, las argentinas de Salta y Sama Fe
U90]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
al sur, y los ríos Paraná y Paraguay al este. De la
desembocadura del Pilcomayo, casi enfrente de la
Asunción del Paraguay, parte la línea que divide el
Chaco paraguayo del argentino.
CHACRA, £. — Finca rural destinada a la la-
branza. Es lo que en España cortijo o granja, —
Sementera.
Lo mismo en el Perú (Palmad.
La ed. que la Acad. de la Hist. hizo de la Hist.
gen. y ñau de las Ind. por Gonz. Fetn. de Oviedo,
trae un glosario en el que se halla la voz charca,
como de procedencia ainurá y con el significado de
cercado, coto o seto formado de piedras o árboles
para señalar la extensión de cada hacienda o heredad.
Saca de aquí D. Zorobabel Rodríguez corno probable
el origen de la voz chacra, supuesta la exactitud de
la definición y etimología de charca: charca, trans-
formada en chacra, vino a significar, por traslación,
lo que ahora en Chile, en el Río de la Plata y acaso
en toda América, Parece, sin embargo, que los indios
mismos decían chácaras, y que les daban el signifi-
cado que conservan hasta el día de hoy, según del
siguiente pasaje* «En sus pueblos viejos tienen sus
sementeras, que ellos (los indios rúcanos antamarcas
de que viene hablando el informante) dicen cháca-
ras», (Reí. geográj. de Ind., Perú.)
«Las llaman chacras y equivalen a tierras de
labor.» (Azara.)
«Es chacra o quinta del establecimiento cuyo
único o principal objeto es la siembra y recolección
o el cultivo de toda especie de granos, legumbres,
plantas y arboledas.» (Códtgo Rural de la Vrov. de
Buenos Aires y otros del Río de la Plata.)
U9l]
DANIEL GRANADA
En vAmér, Vivienda rústica y aislada.» (La
Acad.)
CHACURÜ, ni. — Pájaro de color pardo aca-
nelado, que canta como suena su nombre*
Del guar. chacurú*
«Le llamaría (al chacurú) cabezón* por su
abultada cabeza.» (Azara.)
CHAGUAR, m. — Planta, variedad del cara-
guatá, del cual se diferencia por su tamaño, que es
mucho mayor, por la hermosura de sus hojas y flores
y por su fruto agradable. Brotneluweoe.
CHÁGUARA, f. — Piola con que se hace bai-
lar el trompo. — Dar cháguara, expr. proverb,:
alimentar en otro, por burla o pasatiempo, un pro-
pósito vano.
CHAJÁ, m. — Ave de unos dos pies y medio
de longitud, de color blanco aplomado y mezcla de
oscuro, largo el cuello, con un mechón de plumas
en la cabeza y dos púas en la parte anterior de cada
una de sus espaciosas alas. Su andar es majestuoso
y su resonante graznido como lo da a entender el
nombre.
Del guar. chajá.
«Canta muy alto, agria y claramente con bas-
tante frecuencia, no sólo de día, sino también de
noche, si oye ruido, diciendo el un sexo chajá y el
otro chajallj por lo común alternando» (Azara.)
CHALA, f. — Hoja que envuelve la mazorca
del maíz, ya esté verde, ya seca. Así se dice: jergón
de chala, cigarrillos de chala.
Lo mismo en Méjico, según Salvá. Trae éste
también challa como prov. del Perú y con el signi-
ficado de hoja seca del maíz.
Chala, significa en Lima, según D, Pedro Paz-
£192]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Soldán, forraje de la planta que da el maíz, y en la
Sierra, como en quichua, dice el mismo, «hojas de
mafe secas.» Pero D. Ricardo Palma le da acepción
idéntica a la que tiene en el Río de la Plata.
«Del quichua, challa, hoja seca del maíz» (D.
Zorobabel Rodríguez*)
(Voz quichua.) ¿Per. Hoja que envuelve el
mate cuando está verde.» (La Acad.)
Del choclo dice D. E Acuña de Figueroa;
En su chala, por más gratos,
Los cigarrillos se envuelven.
CHALANA, f . — Embarcación menor, de fondo
plano, sin quilla. V. CHATA.
«Embarcación menor, plana, a manera de cajón
rectangular, que sirve para transportar gente y efec-
tos por parajes de poco fondo en los puertos y nos.»
(La Acad.)
CHALCHAL. — Árbol de fruta menuda. Sch-
midelia edulis (sapindaceoe cesculineoe).
CHAMAL, m. — V. GUAVALtKA
CHAMPÁN, m. — Embarcación grande, de
fondo plano, dispuesta para la fácil navegación de
los ríos.
Dice D, Antonio de Alcedo (Dic. geogr.-bist,
de lar I. O.) que es «nombre provincial que dan en
el Nuevo Reino de Granada a las embarcaciones con
que navegan el río grande de la Magdalena desde
Mompox a Honda: los hay muy grandes para con-
ducir mucha carga, y otros para alojar con comodidad
a los pasajeros.»
«Se escogió el charque seco, y se embarcó y
aprensó en el champán.» (Villarino, Rec. del r. Ne-
gro de Pat.)
C193 3
8. . T. I.
DANIEL GRANADA
«Gar ay había descendido en uno de esos buques
planos desprovistos de quilla, que han llegado hasta
nosotros con el nombre de champanes.-» (D. Domingo
Ordoñana, Conf. soc. y ec. de la Rep. O, del Ur,)
CHAMUCHINA, f, — Populacho, gente me-
nuda.
Lo propio en el Perú (la Acad. y D, Pedro Paz-
Soldán) y en Chile (D. Zorobabel Rodríguez),
CHANÁ, adj. — Dícese del indio que habitaba
las islas del Uruguay, en la desembocadura del río
Negro. Ü. t. c. s, — Perteneciente a dicha parcialidad.
Redujéronse los chanaes a la vida civil en 1624
bajo la protección del gobernador de Buenos Aires y
el celo religioso de Fr. Bernardo de Guzmán, dando
origen al pueblo más antiguo de la República Orien-
tal del Uruguay, la actual miserable villa de Santo
Domingo de Sonano.
CHANCHADA, f . — Acción sucia o indecente,
CHANCHERÍA, f. — Punto donde se vende
carne de chancho y embuchados.
«Las facturas de cerdo no se expenden en la
plaza, sino en las chancherías.» (D. Isidoro De Ma-
ría.)
CHANCHERO, ra, adj, — Que vende carne
de chancho y embuchados. U, t. c. s.
CHANCHO, cha, m. y f. — Cerdo.
Prov. de Amér., según Salvá.
Asi de patentes
Serán eximidos
Mastines y muías
Chanchos y merinos.
{D Francisco Acuña de Figueroa )
[194}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CHANCHO, cha, adj. — Sucio o desaseado. —
Miserable, ruin. ¡Chancho! Es un chancho. ¡Qué
chancho!
Lo propio en el Perú, según don Ricardo Palma.
CHANGA, f. — Servicio que presta el chan-
gador* — Retribución que se le da. — En sent. fig.»
negocio de poca entidad.
CHANGADA, t ant« — Conjunto de chan-
gadores.
CHANGADOR, m. — El que se ocupa en lle-
var cargas a pie de una parte a otra en las ciudades
o pueblos. Para en las esquinas de las calles, con
cuerda y bolsa ai hombro, y usa palanca y angarilla,
cuando es necesario. Podría convenir con su oficio
e instrumentos de trabajo el nombre (que nunca se
le da) de palanquín o mozo de cordel, como lo llaman
en España; pero de ningún modo el de ganapán, pues
por cualquier carga mediana cobra más, en cinco
minutos de trabajo, que gana un labrador sudando
un día entero desde la salida hasta la puesta del sol.
Antiguamente se daba el nombre de changado-
res a los que se ocupaban en matar animales alza-
dos, o no alzados, para sacar algún provecho de sus
cueros. Con el tiempo fueron pasando de changas sus
incursiones, y por sus continuos desafueros etan na-
turalmente perseguidos por la justicia. Pero en la
banda oriental del Uruguay tenían la facilidad de
guarecerse en el Brasil, ayudados por los portugue-
ses que se ocupaban en lo mismo, y, creciendo su
número, hubo que organizar partidas militares para
reprimir sus insultos. Así el capitán Luis de Sosa
Mascareñas, alcalde de la Santa Hermandad, repre-
sentó el año de 1730 ante el cabildo de Montevideo
la urgencia que había en que se le auxiliase con
£195]
DANIEL GRANADA
treinta hombres armados para registrar la campaña,
no pudiendo hacerlo con cuatro solos individuos, co-
mo sucedía en tiempos anteriores, a causa de haberse
unido con los portugueses los changadores, cada uno
de los cuales tenía ya tanto delito como Judas. Así se
explicaba el Alcalde.
«El changador argentino, dice D, Domingo Or-
doñana, nació partiendo de las ranchadas de leñado-
res y carboneros, iniciándose clara y simplemente con
los permisos que el cabildo de Buenos Aires dispen-
saba para tanto número de cueros,» etc. (Conh soc.
y econ. de la Rep. Or. del Urug.)
Prov, de la Amér. merid., según Salvl Creemos
que lo es sólo del Río de la Plata.
CHANGAR, a. — Hacer changas o negocios
de poca entidad. Ü, en sent. fig.
CHANGÜI, n. — Antepuesto el verbo dar (que
es el único modo con que se usa esta voz), entrete-
ner a uno como facilitándole su intento, aparentar que
se condesciende con lo que desea o ejecuta, por vía
de pasatiempo o para sacar ventaja de su inocencia,
particularmente en el juego.
Cosa semejante en el Brasil (Beaurepaire-Ro-
han).
CHAÑAR, m. — Arbol mediano, del género
de las mimosas, y del que hay variedades cuya madera
es a propósito para obras de carpintería, y que dan
un fruto agradable, del que se hace dulce y aloja.
CHAÑARAL, m — Terreno poblado de cha-
ñares.
«Tienen muchos algarrobales de importancia, y
entre ellos chañarales.* (ReL geogr de Ind.; Tucu-
mán )
C196J
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CHAPEADO, m. (de chapa). — Arreos del ca-
ballo guarnecidos de chapas de metal, ordinariamente
de plata,
«Chapeado decimos (en Chile), castizamente,
aunque a la antigua, de la enjalma, freno o cualquier
otro mueble adornado con chapas,» (Rodríguez.) No
dice este autor si el adj. chapeado lo usan en Chile
como sustantivo. Es participio pasivo del verbo cha-
pear, que registra la Acad.
En la prov. brasil, de Río Grande del Sur, cabe-
zada guarnecida de plata (Beaurepaire-Rohan) .
CHAPETÓN, na, adj. — Inexperto, bisoño. Ú. t.
c. s. — Dícese del que no se da maña para ejecutar
bien una cosa. Ú. t. c. s. — Decíase en especial de
la persona poco experimentada en las cosas del país.
Usáb. t. c. s.
«Y parésceme que aunque no padeza menos tor-
mento el acostumbrado a trabaxos, aquellos tienen
ya hecho tal hábito en él, exercitado en ellos, que
muere como más prudente sin mostrar la poquedad
y flaqueza de ánimo que los otros bozales en las fa-
tigas, o los que nuevamente vienen a ellos, a los
quates en estas Indias llamamos chapetones, y en ita-
liano les dicen vtsoños.» (Oviedo, Hist< gen. y nat
de las Ind.)
«El oydor, aunque chapetófi en la tierra, este
caso le hizo abrir los ojos de la consideración a todos
los que se le ofrecieron de castigo.» (Vargas Machu-
ca, Apol. y disc. de las Ind. Occ. publ. por D> Antonio
M. Fabié.) Quiere decir: el oidor, aunque nuevo en
la tierra y por consiguiente poco conocedor de sus
cosas, etc.
«Antes de llegar a la primera angostura, no se
halló agua en dos días, y entristeció mucho la gente,
{197}
DANIEL GRANADA
por ser nuevos, que en Indias llaman chapetones, y
luego se afligen, hasta que se hacen a los trabajos.»
(Pedro Sarmiento de Gamboa, Via], al estr. de Mag.)
«En el uso ahora corriente chapetón es sinóni-
mo de torpe, y chapetonada de torpeza, bisoñada.*
(D. Zorobabel Rodríguez.)
Véase cómo se explica Terralla a este respecto
(Lima por dentro y fuera):
Verás, pues, como reputan
Por simples los forasteros,
Porque no guardan sus usos
Y sus modos indiscretos.
Pues así como en España
Tienen a los extranjeros
Por simples, porque no entienden
Varias lenguas que hablan ellos;
De esta manera también
Discurren los peruleros
Que lo son los gachupines,
Chapetones de aquel reino.
Tiene bastante enjundia el siguiente pasaje del
mismo Terralla, en que describe la manera de soca-
liña que solían usar con los chapetones, ciertas gentes
comprendidas en uno de los grupos típicos en que
personifica las costumbres del antiguo Perú.
Ponen varias ensaladas,
Pichones, pollos rellenos,
Leche, crema, huevos fritos,
Pescado, vaca, carnero,
Camarones, ropa vieja,
D98 ]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Estofados, pasas, queso,
Vino, dulce, almendras, nueces
Y otros manjares diversos;
De los que, todos unidos,
Van a cuál más engullendo,
De manera que parece
Que del hospital salieron.
Una negra se trastorna
Un peatón en un puchero,
Otra afianza una pieza
Y se la mete en el seno.
Y mientras estás comiendo
Eres un gran caballero,
Muy franco, muy comedido,
Muy bizarro y muy atento,
Muy prudente y primoroso,
Muy astuto y muy discreto;
Y en acabando la gorra
Dicen entre sí: ¡qué puerco!
¡Qué corto! ¡qué desdichado!
¡Qué mentecato! ¡qué neciol
¡Qué salvaje! ¡qué borrico!
¡Qué chapetón tan grosero!
El calificativo de chapetón, en el sentido a que
alude Terralla, nadie se acuerda hoy de emplearlo
en el Río de la Plata, y es probable que suceda lo
mismo en otras partes de América. Aplícase indistin-
tamente por inexperto, bisoño o torpe, y eso mismo
1 199]
DANIEL GRANADA
rara vez, a nacionales y extranjeros. Esto es natural,
y fácilmente se comprenderá, sí se considera que las
repúblicas hispanoamericanas caminan hoy a la par
con las sociedades europeas, recibiendo a millaradas
en sus inmensas campiñas sin cultivo la emigración
trabajadora del viejo mundo, a la manera que la
tierra labrantía absorbe, cuando seca, copioso raudal
fecundante, y modificando, por lo tanto, notablemente
sus usos, costumbres y procedimientos industriales; de
suerte que percibiéndose poco la diferencia de unas
a otras formas, casi puede decirse que ya no hay
chapetones ni chapetonadas.
«Chapetón, na, adj. — En algunos países de
América, se dice del europeo recién llegado,» (La
Acad.)
CHAPETONADA, f, — Acción u obra mal
ejecutada, por falta de conocimiento de los usos del
país, o de la suficiente práctica, habilidad y desenvol-
tura, en contraposición a la baquía de los habitantes
nativos.
Pagar la chapetonada. Resultarle a uno algún
daño o pérdida de lo que ha ejecutado sin el sufi-
ciente conocimiento de las espinas que traía consigo
el negocio que emprendiera o por haberse metido
en honduras.
«Primera enfermedad que padecen los europeos
después de haber llegado al Perú, ocasionada de la
mudanza del clima.» (La Acad.)
CHABABÓN, na, adj. — Dícese del ave y, en
especial, del avestruz que aún no ha emplumecido
del todo. Ü. t. c. s. — Dícese cariñosamente del
niño o niña que tiene cortado el pelo. Ü. t. c> s.
Del guar. yarabí, sin, o con poco, pelo o pluma.
£200]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Üsase particularmente en la República Oriental
del Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y el
Paraguay.
CHARATA, f. — Especie de faisán.
CHARQUE, rn. — Tasajo. — Carne seca, sin
sal, cortada en lonjas delgadas.
Charque dulce dicen al que tiene poca sal, para
distinguirlo del muy salado.
Prov. de la Amér. merid., según Salvá. Quizás
no se extienda tanto su uso.
«Esta noche en conversación me han dicho mis
compañeros los caciques que mañana fuese a carnear
la gente para hacer charque, pero que la parada no
podía ser más que del día.» (D. Esteban Hernán-
dez, Via^e del Diamante ai río Quinto,)
CHARQUEADA, £ — Operación general del
charqueo.
CHARQUEADOR, m — El que charquea.
CHARQUEAR, a. — Hacer charque. — Cortar
lonjas delgadas de carne para hacer el charque,
«En el Paraguay, donde hay más economía,
aprovechan la carne charqueándola, que es cortarla
a tiras delgadas como el dedo para secarla al sol
y al aire; así las conservan y comen cuando les aco-
moda.» (Azara.)
Charquear también en Chile, según Rodríguez,
si bien allí parece no usarse charque, sino charqui,
pues sólo esta palabra registra. Prov. de la Amér. me-
rid., según Salva; igual observación que en charque
respecto a uso tan generalizado.
CHARQUEO, m. — Acción de charquear.
Lo propio en Chile (Rodríguez). ■
CHARQUI, m. — En las provincias argentinas
arribeñas llaman, como en el Perú, charqui, que es
[201}
9 - r u
DANIEL GRANADA
la primitiva forma del vocablo, al tasajo, y también
a la carne simplemente seca, sin sal, en lonjas muy
delgadas, es decir, a lo que en las demás provincias
argentinas y en la República O. del Uruguay dicen
charque.
Del arauc charqui, charqui o cectna, según se
expresa el P. Andrés Febrés, y «más originariamente
del quichua chharqui, tasajo, y también seco y flaco,»
según D, Zorobabel Rodríguez, quien advierte que
en Chile no se llama charqui propiamente al tasado,
sino a la carne apenas sazonada y seca al sol, Con-
vendría, con efecto, en provecho de la lengua, esta-
blecer esta diferencia, a cuyo propósito observamos
que en el Río de la Plata se llama indistintamente
al tasajo, ora charque, ora tasajo, pero nunca tasajo
a la carne seca al sol con ninguna o poca sal, sino
precisamente charque; lo que quiere decir que el ver-
dadero charque, a lo menos con arreglo al uso actual,
es el que apunta Rodríguez, a saber: la carne seca,
con poca sal o sin ninguna.
«Convierten en charqui o tasajo la carne.»
(Juan y Ulloa.)
CHARRÚA, adj. — Dícese del indio que en la
época del descubrimiento corría la costa septentrional
del Río de la Plata. Ü. t. c. s. — Perteneciente a
dicha parcialidad.
Intrépidos y fuertes guerreros, los charrúas ex-
terminaron a los yaroes y bohanes, enseñoreáronse
de la banda oriental del Uruguay, y, habiéndoseles
incorporado los minuanes, resistieron constantemente
a los españoles, como lo hacían los pampas en la
costa austral del Río de la Plata. «Quizás han derra-
mado los charrúas, dice Azara, más sangre española,
que los ejércitos del Inca y de Motezuma.» Esta aser-
C202}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
ción, aunque dudosa, da una idea del carácter y es-
fuerzo de aquellos bravos. Como vivían sin trabajar,
molestaban naturalmente a los vecinos de las estan-
cias y pueblos indefensos, exigiéndoles vituallas, o
tomándolas por su mano, si eran desoídos. Una junta
de hacendados solicitó, por ende, su exterminio, el
cual fue duramente ejecutado el año de 1832. El
país quedó, en consecuencia, libre para en adelante
de las correrías de los charrúas. No faltó quien espe-
culase con estos desgraciados. En efecto, tres de sus
caciques fueron llevados a Europa como objetos cu-
riosos, y, obligados a andar de una parte a otra ha-
ciendo visajes y mojigangas, murieron míseramente
en el más lucido centro de la cultura social. El autor
y espectadores de este impío espectáculo no eran
ciertamente españoles ni hispanoamericanos, sino
ciudadanos de aquellas compasivas naciones cuyos
escritores tanto se desvelan por a justar a España el
sambenito de avara y cruel que sólo ellas merecen.
Dígalo la conducta que, así las naciones aludidas,
como sus tan decantados descendientes, han obser-
vado siempre con las razas americanas, y compárese
sus leyes atroces con las que España dictó para las
Indias.
Trae noticias del suceso referido la Hist. pol. y
mil. de las rep. del Plata por D. Antonio Díaz,
CHARRUSCO, m. — V. CHURRASCO.
CHASQUE, m. — Jinete portador de una co-
municación, enviado por una autoridad militar o
civil — Por ext., jinete portador de una carta en
casos urgentes.
Del quien, chasqui.
El consejero D. Juan de Solórzano dice, ha-
blando de los correos: «En el Perú los llaman chas-
is
DANIEL GRANADA
quis, ahora corran a pie o a caballo, vocablo propio
de la lengua materna, que quiere decir toma; porque
el que llegaba corriendo a la parada o puesto donde
le esperaba el otro, al entregarle los pliegos le decía
sólo esta palabra, y, dicha, el que les recibía partía
volando y decía lo mismo al siguiente, y así de uno
a otro hasta legar a la parte adonde iban encamina-
dos.» (Pola, ind.)
Chasque igualmente en Chile (Rodríguez);
pero también chasqui (Solar). No dicen claramente
estos autores si allí significa correo de a pie o de a
caballo.
«Llamábase este correo chasqui, que quiere decir
en la lengua el que recibe, porque tomaba y recibía
el mensaje de otro.» (El Licdo. D. Fernando Mon-
tesinos.)
«Para chasques, que es lo mismo que correos
de a pie, hay indios diputados en sitios de veredas
principales.» (El virrey marqués de Montesclaros.)
El Dr. D. Lorenzo Galíndez de Carvajal se ti-
tulaba del Consejo y Cámara de Carlos V y, por
merced suya (1525), Correo Mayor del Perú, o,
como allí dicen, Maestro Mayor de Chasquis. Estos
chasquis, de quienes era maestro mayor el Dr. Ga-
líndez de Carvajal, eran correos indios de a pie, que
se despachaban con cartas o pliegos de negocios pú-
blicos y particulares, según el texto de la ley 21, tít.
16, libro 1? de Indias.
«Hasta ponerse el sol se estuvieron recibiendo
chasques con funestos partes de los daños que hacían
los enemigos.» ( Cabrer )
«El comandante determinó mandar un chasque,
o correo, al día siguiente.» (D. Luis de la Cruz, Exp.
de Chile a B. A,)
[204}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Voz prov. y anticuada del Perú y Solivia, según
Salva; la corriente chasqui Si esto fuere exacto,
sucedería que el Río de la Plata ofrece a tal res-
pecto una curiosa antítesis; pues en él chasqui es
anticuado, y lo corriente chasque.
^Chasqui. (Voz quichua.) m. Per. Indio que
sirve de correo.» (La Acad.)
CHASQUERO, ra, adj. — Que es propio del
chasque. Üsase en sentido recto y traslaticio. Así se
dice canoa chasquera* por canoa que lleva una co-
municación, y trote chasquero, por trote largo.
CHATA, f. — Embarcación de carga, usada
en los ríos, con fondo plano, sea cual fuere su ar-
boladura.
Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma.
«Embarcación propia del reino de Tierrafirme,
con que se hace la navegación del río de Chagre
desde su entrada a la aduana y desembarcadero de
Cruces: son unas barcas grandes y capaces de mucha
carga, navegan a vela y a remo, y toman su deno-
minación de que el fondo es plano y sin quilla, para
que calen menos agua.» (Alcedo.)
CHATASCA, f. — Vianda de cecina, hecha del
modo siguiente. Salcóchase, o cuécese simplemente,
la cecina, machácase en un mortero hasta que quede
enteramente deshecha, y luego, o en cualquier tiem-
po (pues se conserva sin echarse a perder), se hace
(con ella, papas, porotos, zapallo , etc.) un guisado
cualquiera. V. CECINA,
CHAUCHA, f. — Vainilla tierna de la habi-
chuela, que en España llaman judía. — Úsase tam-
bién adjetivada en sent. fig. y fam. para indicar la
pobreza y falta de gracia y lucimiento de una cosa.
Así, llevaba un vestido muy chaucha (pobre y des-
1205]
DANIBL GRANADA
lucido) y ¡qué chaccha estuvo la tertulia! es decir,
¡qué poco concurrida y desanimada!, etc.
Del arauc chaucha, cierta clase de papa, y del
quichua.
Dice D- Zorobabel Rodríguez que en quichua
y araucano chaucha es una papa chica y tempranera:
que eso mismo significa hoy en el Perú: que en Chile
dan ese nombre a la papa menuda que se deja para
semilla, escogida y separada la grande; y que allí tam-
bién el vulgo dio en llamar chauchas a las monedas
de dos reales con que fueron suplidas las antiguas
pesetas.
Presume D. Fidelis P. del Solar que en la len-
gua quichua debe de haber algún vocablo semejante
al de que se trata, que, como adjetivo, equivalga a
tempranero, nuevo, precoz* Se funda (sobreenten-
diendo que chaucha es quichua) en que este vocablo
expresa, además de una papa tempranera, una pepita
de sandía igualmente tempranera: en que el vulgo
llamó chauchas & las piezas de veinte centavos, por
la razón de ser moneda nueva; y en que los guasos
califican de chaucha a una mujer que ha tenido un
parto precoz. ¡Vaya con la chaucha, que había sido
alborotadora y andariega!
Adviértase que el sentido, así recto como tras-
laticio, que tiene en el Río de la Plata la voz chaucha,
conviene perfectamente con las acepciones en que se
ha tomado y se toma en Chile, según los señores
Rodríguez y del Solar. Aun lo pobre, ruin, desme-
drado, falto de gracia y de lucimiento, que es la apli-
cación figurada que suele dársele vulgarmente en el
Río de la Plata, entra en la clase de lo que no ha
adquirido el conveniente u oportuno desarrollo y vi-
gorosidad. Esta parece ser la idea genérica de todas
[206]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
las acepciones en que se ha usado y se usa el vocablo
chaccha en el Perú, Chile y Río de la Plata.
jCHÉ! — Inter j. fam, con que se llama la
atención de una persona a quien se tutea.
CHEPÍ, m. — Cuero sobado con que los cha-
rrúas y minuanes envolvían los muslos, o sea ta-
parrabo.
Voz guaraní; significa literalmente mi cuero, de
ché pronombre personal (mi), y pt { cuero )-
CHICOANA. — Capital del departamento del
mismo nombre de la provincia argentina de Salta.
CHICOTAZO, m. — Golpe dado con el chicote.
En Méjico lo mismo, según la Acad.
CHICOTE, m. — Latiguillo del jinete. — Cual-
quier látigo corto. — Varilla que hace veces de látigo.
Véase REBENQUE y ARREADOR, que son
cosas diferentes.
«En Mej, Látigo.» (La Acad.)
Lo propio en el Perú (Palma).
«Suele usarse por nuestros paisanos chicote (que
es un pedazo de cuerda) por látigo, y chicotazo en
lugar de latigazo (Rodríguez).
«Chicote es, en Chile, un azote de cuero, de
cordel, de cerda,» etc (Solar.)
CHICHA, f. — Bebida que prepara la gente
campesina de las provincias argentinas arribeñas, ha-
ciendo fermentar el maíz, a imitación de los indios
del antiguo Perú, que fueron sus inventores. Tomada
con exceso embriaga.
He aquí el modo de hacer la chicha más gustosa
y estimada, la chicha por excelencia. Mascan el maíz,
escúpenlo en una marmita de agua hirviente, que se
tiene al fuego durante algunas horas, cuidando de
espumar oportunamente el compuesto: decántanlo y
r207]
DANIEL GRANADA
déjanlo que fermente un par de días. Queda turbio;
pero se va clarificando por sí mismo poco a poco,
hasta que se pone en aptitud de ser bebido y sabo-
reado. Preparan también la chicha machacando eJ
grano, en vez de masticarlo, pero entonces, privado
el néctar del aseado condimiento de la saliva, resulta
soso. Esta manera de chicha, más propiamente que
chicha es aloja, nombre con que en efecto la dis-
tinguen: hácenla asimismo de la semilla del molle,
del algarrobo, del chañar, del piquiílín, de la quinua
y de otros árboles y plantas, poniendo simplemente
a fermentar uno o más días en agua, ora fría, ora
caliente, el fruto.
La Acad. define la chicha: «Bebida alcohólica
muy usada en America que se prepara poniendo a
fermentar en agua cebada, maíz tostado, piña y pa-
nocha, y añadiendo especias y azúcar. Su sabor es el
de una sidra de inferior calidad,» Esta bebida es, no
precisamente la chicha, sino un género particular de
chicha; acerca del cual nos ocurre preguntar: ¿qué
clase de panocha es ésa y cómo entra en el brebaje?
La chicha, según queda indicado en la definición,
trae su origen de Jos indios peruanos. Explícalo el
autor anónimo de las Costumbres antiguas de los
naturales del Pirú, una de las Ttes rels r de ant. per.
publ. por D. Marcos Jiménez de la Espada. Dice que,
al principio, cuando los antiguos peruanos poblaron
la tierra, por mucho tiempo no tuvieron género de
bebida, sino sola agua fresca, harto dañosa donde,
cuál más, cuál menos, es salobre, entre otras malas
condiciones que la hacen malsana, como lo experi-
mentaron después los mismos españoles: que, para
obviar este inconveniente, inventaron el vino hecho
de grano de maíz; pero que, no produciendo por sí
{208]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
solo los efectos que se pretendía de lavar la vejiga
y deshacer la piedra, mandaron los médicos que se
lindase (¿ligase?) el maíz con la saliva del hombre,
que es muy medicinal: que de aquí nació el mascar
los niños y las doncellas el grano de maíz, y lo mas-
cado ponerlo en vasos, para que después se cociese y
pasase por diversos coladores de lienzo de algodón
y agua limpia, y el agua que de todo esto se ex-
primiese, fuese el vino: que estaba ordenado que usa-
sen de él moderadamente por vía de medicina, y
llegó a gustarles tanto que por sólo beber sin pena
públicamente, instituyeron las fiestas en que se había
de beber a rienda suelta. «Fuera de que la chicha
es poción verdadera, continúa el difuso historiador,
da también nutrimiento tomo si fuese comida.»
«Aunque es gente que no se emborracha, ni
acostumbran a beber la chicha, por no ser la tierra
dispuesta ni aparejada para dar maíz.» (Juan Lozano
Machuca al .virrey del Perú; Reí. geogr. de Ind.,
ap. III, t. 2 o )
«Hay también árboles de molle, que dan una
fruta pequeña colorada de que los indios hacen su
bebienda, como del maíz, que hacen chicha, ques un
brebaje que beben como vino.» (Reí. geogr. de Ind.;
Condesuyos y chunbibdcas.)
«Beben el brebaje, que es chicha, de maíz, y lo
muelen en batanes de piedra, y en otro de palo, a
manera de camillón.» (Herrera, Déc. 8 a , lib, 5 o ,
cap. 12°)
Según el anotador de la Hist. gen. y nat, de las
Ind. por Gonz. Fern. de Oviedo (ed. de la Acad.
de la Hist.) chicha es voz de la lengua aborigen de
Cuba.
(2091
DANIEL GRANADA
CHICHARRÓN, m. — Pedacito o residuo de
gordura, frito con su misma pringue y muy tostado.
— En sent. fig. dícese que es o parece un chicharrón,
de cualquier cosa requemada.
CHICHARRONES, m. pl — Vianda hecha de
pedacitos o residuos de gordura, fritos con su misma
pringue y muy tostados. Lleva regularmente también
pedacitos sueltos de carne.
CHICHE, m. — Hablando a un niño, juguete,
o cualquier cosilla que supla por un juguete. — Fa-
miliarmente, primoroso objeto de adorno y, en ge-
neral, cosa linda y bien dispuesta. — En sent. fig.
y íam., persona muy habilidosa.
En Chile equivale a joyel, bujería, y metafóri-
camente a fililí, a alhaja, joya, tratándose de personas
(Rodríguez). También a los dijes de las tiendas
llaman chiches (Solar).
CHIFLE, m. — Asta de animal vacuno, regu-
larmente de buey, donde se lleva agua para beber
en los viajes o largas travesías.
«De las astas hacen vasos, cucharas y peines,
y poniendo un tapón en lo más grueso, abriendo un
agujero en la punta, les sirven de jarros y cántaros,
llamándolos chifles.» (Azara.)
«Los habitantes de esta ciudad (Santiago del
Estero) tienen fama en todo el Tucunián de ser los
mejores soldados de toda la provincia y el terror de
los indios del Chaco. En tiempo de guerra tenían
siempre colgado del arzón de la silla un costalillo
de maíz tostado, con sus chifles de agua, que son
unas grandes astas de bueyes, mueble muy usado en
esta provincia para ese efecto: sin más prevención
que ésta, eran los primeros que se presentaban en
C210}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
campaña a la menor asonada de guerra.» (Estala,
cana sobre el Tucumán, Vtaj. univ.)
«Media entre las ciudades de San Luis y San
Juan un dilatado desierto, que, por su falta completa
de agua, recibe el nombre de travesía. El aspecto de
aquellas soledades es por lo general triste y desam-
parado, y el viajero que viene del oriente, no pasa
la última represa o aljibe de campo, sin proveer sus
chifles de suficiente cantidad de agua.» (Sarmiento,
Facundo o Civ. y Barb. etc.)
CHICUGASTA. — Departamento de la pro-
vincia argentina de Tucumán. — Capital del mismo
departamento.
CHILCA, f. — Arbusto de hoja estrecha, cuyo
olor tiene algo del pino y romero; forma monte en
los campos de pastoreo, a quienes daña, porque cer-
cena las hierbas útiles, es albergue de mosquitos, tá-
baños y otras sabandijas, oculta los animales muertos,
frustrando el aprovechamiento de sus cueros, y, des-
pués de una lluvia o fuerte rocío, empapa de pies
a cabeza al jinete. Sus hojas, mezcladas con sebo,
constituyen un cáustico tan eficaz que se aplica a
los tumores del animal caballar o vacuno para abrir-
los y resolverlos. En Gib. eupatonum polystachyum.
Var. D. C (asterotdece: comp.). En Colm. chilca del
Perú: eup. etc. (comp.).
Del arauc. y quich. chillca o chilca.
La chilca indicada es la que abunda en los cam-
pos regados por el Uruguay, Paraná y Paraguay; pero
no es más que una variedad de la especie o género
de árboles y arbustos semejantes que se crían en otras
regiones de América, a que parece pertenecer tam-
bién el miomío, así por su forma como por el olor
de sus hojas. «La chillca, dice el Dr. D. Vasco de
[211]
DANIEL GRANADA
Conteras y Valverde (Reí. geogr. de Ind.). es muy
hermana del molle; raras veces se aplica el uno sin
el otro, así para los remedios interiores, como para
los exteriores; también es arbusto y tiene cinco es-
pecies que se diferencian poco en las formas. La
mayor tiene las hojas algo grandes, muy parecidas
a las de los duraznos. Las flores salen en unos rami-
lletes abotonados; cuando se abren son blancas y de
ellos se forma una semilla mucho más menuda que
la mostaza, y que se desvanece y derrama con cual-
quier viento; y en lo que se diferencian las otras
cinco especies, es de sólo ser más menudas unas que
otras, pero de todas se aprovechan igualmente los
indios en sus enfermedades. El cocimiento de todas
tiene facultad resolutiva, como la tiene el molle, con
que de la junta de uno y otro se hace un bellísimo
y apacible baño. Tiene otros efectos, que, propor-
cionando los médicos la aplicación con la causa, los
consiguen. La hoja es pegajosa, apretada entre las
palmas de las manos, y, sacada por alquitara la agua,
es provechosa para muchos achaques.»
CHILCAL, m. — Terreno poblado de chilca,
CHILENO, na, adj — Dtcese del animal vacu-
no que tiene los cuernos rectos y levantados.
CHIMACHIMA, m — Ave de rapiña, de un pie
largo de longitud, el color pardo oscuro, algo blan-
quizco y acanelado el de las alas y cola, pico y uñas
corvos. Gusta especialmente de los animales muertos.
El nombre es algo imitativo de su grito.
«Busca (el chmachima) estudiosamente las ca-
balgaduras matadas, y posándose sobre las úlceras, las
come, sin hacer caso de corcovos y coces » (Azara).
CHÍMANGO, m. — Ave de rapiña, muy se-
mejante al chimachima, pero abunda más que éste
{212]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
en el color acanelado y blanquizco. También se le
asemeja en el grito, de donde le viene el nombre.
«El chimango escasea en el Paraguay, pero
abunda tanto en el Río de la Plata, que las casas
campestres están rodeadas de ellos.» (Azara.)
CHIMBÉ, adj. — Dícese del animal que tiene
el hocico romo y arremangado. Ü t. c. s.
Del guar. ti mbe, nariz chata.
Lo propio en la provincia brasileña del Río
Grande del Sur (Beaurepaire-Rohan) .
CHINA, adj. — Aplicase a la india o mestiza
que vive entre las familias del país, ocupándose re-
gularmente en servicios domésticos. Ü. t es. —
También suele decirse de la india silvestre. Ü. tes.
Lo propio en el Perú (Palma).
Las chnas (mestizas) son naturalmente more-
nas, y, por lo general, cloróticas, pero agraciadas, dis-
puestas, y, cuando quieren, incansables en el trabajo,
respetuosas y fieles con sus amos, y muy agradecidas
al menor beneficio o favor que se les dispensa. No
se sujetan por nada de este mundo, prefiriendo ocu-
parse con libertad en lavar y planchar, y, si entran
de cocineras, es a condición de retirarse después del
almuerzo y de la comida y de ir a dormir a su ran-
cho, lo que ejecutan cuotidianamente, aunque vivan
a larga distancia, llueva a cántaros o caigan los pá-
jaros de calor; ni se casan, sino que se amigan con
el primero que se les allega, y, si es constante, le
llaman su compañero,
Chtna es vocablo de la lengua quichua, en la
que significaba originariamente sierva o criada, nom-
bre sustantivo. Castellanizada la voz, pasó a signifi-
car, adjetivándose, la india doméstica o la mestiza;
[213]
DANIEL GRANADA
pero se sustantiva, como es consiguiente, cuando se
quiere determinar con ella sola la persona a quien
se aplica.
«La segunda manera de ministros (del templo
del Cuzco) quiso (Pachacuti Inga) que fuesen vír-
genes escogidas, hermosas y de sangre noble, llamadas
aellas, esto es, electas y consagradas al sol; y así se
llamaban ellas tntip chinan o punchas chinan, esto
es, criadas del sol, siervas de la luz del día.» (De las
cosí. ant. de los nat. del Pirú, Reí. anón* pubL por
D. Marcos Jiménez de la Espada.) «Les señalaba el
rey o el presidente a cada una (de las doncellas)
cierta ración y renta, y una criada, que llamaban
china, para que las sirviese.» (Ibíd.)
«Las chinas (que así llaman a las indias mozas
solteras criadas de las casas y conventos de monjas)
se visten con una especie de enaguas muy cortas y
un rebozo, todo de bayeta de la tierra.» Viene ha-
blando Ulloa, a quien pertenece este pasaje, de los
usos y costumbres de los españoles de Quito en la
época de su viaje (siglo XVIII).
«En el paso de este arroyo dimos de manos a
boca con cuatro indios y dos chinas (así llaman por
lo común a las mujeres), de la nación de los caaiguds
o monteses, que en lo oculto de su retiro guisaban
descuidadamente unos monos o carayds que habían
cazado, el más delicado de sus manjares.» (Cabr.)
«Casta o mezcla que se produce de indio y eu-
ropea en la América meridional: son por lo común
muy blancas y bien parecidas.» (Alcedo.)
Según Salvá, en la Amér. merid. moza india
hasta que se casa, y en Méj. criada mestiza.
CHINERIO, m. — Conjunto o muchedumbre
de chinas. — Chinas en general.
[214]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
Formóse por el estilo de mujerío, oportunamente
empleado en el siguiente pasaje de D. Ramón de la
Cruz (El trueque de las criadas). Sustituimos criadas,
en Madrid, mujerío, del original, con chinas, en el
Plata, chinerío, de nuestra invención, por venir muy
al caso.
Lucia,
¡Que no la despidas, hijo!
Juan*
Si me ha dicho un hospiciano
ue de millón y seiscientos
e chinas que andan rodando
en el Plata, es de las buenas;
con que así sufro y aguanto.
Lucia,
¡Vaya, si está el chinerío
que es compasión el mirarlo!
CHINCHUIINES, m. pl — Yeyuno o parte
del intestino delgado del animal vacuno, donde se
forma el quilo.
Cómense, por lo común, asados.
«En Bogotá llaman chunchullo* a las tripas, es-
pecialmente de cordero, que al abrir el animal se
encuentran vacías, y se comen fritas; quichua chun-
chulli, tripas menudas.» (Cuervo.)
CHINGARSE, r. vulg, — Chasquearse, quedar
burlado.
Lo mismo en Bogotá (Cuervo), como también
en Chile (Rodríguez), donde se usa a menudo, bien
que en estilo familiar y jocoso, y tal sucede en el Río
de la Plata.
[2153
DANIEL GRANADA
Xingar, en el Brasil, significa insultar de pala-
bra, y viene del verbo cu-rit'xmga. de la lengua hun-
da (Beaurepaire-Rohan), Tal puede ser el origen del
chingarse de la América española.
CHINGOLO, m, — Pajaríllo muy común, de
canto sencillo, de lomo pardo y pecho blanquizco,
agraciado con un alto copete.
CHIPÁ, m, — En el Paraguay y Corrientes,
torta de harina de mandioca o maíz.
Del guar. chipá.
«Supliendo otros estas faltas con el chipá de
almidón (de mandioca) y con el de maíz, que los
hacen muy exquisitos,» (D. M A. Molas, Dercrip.
etc. del Parag.)
«Chipá equivale en Buenos Aires a hígado.» ÍD.
Enrique Lynch Ambákaga )
CHIPlU, m« — Pajarillo que canta como su
nombre; el lomo pardo amarillo, y de este último
color el pecho. Anda en bandadas.
Del guar. chipiú.
«Su voz apelativa dice chipi u.» (Azara,)
CHIQUERO, m. — Corral de cerdos, de ovejas,
de terneros.
CHIQUILÍR na, adj. (dim. de chico). — Chi-
quillo.
CHIQUILINADA, f. — Acción propia de chh*
quilines, — Multitud o concurrencia de chiquitines,
CHIQUITO, ta } adj, — Dicese del indio que
habitaba al norte del Chaco y este de Santa Cru2
de la Sierra y cuyas chozas tenían las puertas o en-
tradas tan pequeñas que dieron ocasión a que los
españoles le distinguiesen con el nombre expresado.
Ú. t. c. s.
CHIRIGUANA, adj. — V. CHIRIGUANO.
[216}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
CHIRIGUANO, na, adj. — Dícese del indio
de una parcialidad que vagaba por el sur de Santa
Cruz de la Sierra en el Chaco, hacia el occidente.
Ü. t. c. s. — Perteneciente a dicha parcialidad.
CHIRIPÁ, m. — Pieza de género, cuadrilonga,
la cual, pasada por entre los muslos y asegurada a la
cintura con una faja, hace las veces de pantalón entre
la gente del campo- Antiguamente, hasta hace pocos
años, era el chiripá prenda inseparable del campe-
sino; hoy lo va dejando por la bombacha, ya muy
generalizada.
«Dos o tres varas de bayeta, seda o cualquier
otra tela forman el chiripa, que se envuelve alrededor
de la cintura, unas veces a guisa de saya, otras reco-
gido entre los muslos para montar mejor a caballo
El chiripá está sujeto por una banda o tirador, espe-
cie de canana donde el gaucho guarda los avíos para
fumar, el dinero, etc., y que sirve además para colocar
atravesado el enorme cuchillo, comúnmente de vaina
y cabo de plata, su compañero inseparable, que no
abandona, en ninguna ocasión ni circunstancia, y tan
afilado que, según se expresa Azara> puede un hom-
bre afeitarse con él.» (IX Alejandro Magariños Cer-
vantes.)
Lo propio en la prov. bras. de Río Grande del
Sur (Beaurepaire-Rohan) y en Chile (Rodríguez).
CHOCLO, m. — Mazorca de maíz tierno o to-
davía en leche.
Lo propio en Chile y en el Perú (Rodríguez,
Paz-Soldán).
Prov. de Amér. (Salva).
Es transformación de chogllo, voz de antiguo
usada en Quito, de donde seguramente pasó, modifi-
cándose, al Perú, Bolivia, Chile y Río de la Plata
[217]
DANIEL GRANADA
«Cuando está tierno el maíz, o en leche, que
llaman chogllos (en Quito), se vende en mazorcas,
y se disponen con él variedad de comidas diferentes,
muy gustosas, de las cuales usan generalmente todos
aquellos habitantes por especie de regalo.» (Ulloa,
Vtaj. etc.)
«Hacen también (los guachaguís) sementeras
de maíz; no obstante, son cortas sus cosechas, porque
gustan de comerle tierno, antes de sazonar, que por
acá llaman choclo.* (El P. Lozano, Hist. d. L con.
del Par,, R. d. I P. y Tuc.)
«Dile (a una india) un poco de bizcocho y unas
cintas, y, generosa, echando mano a sus mochilas,
me regaló todos los choclos y zapallos que traía.»
(Fr. Francisco Morillo, Vtaj. al fío Bermejo, en Ang>)
Allí en su tierno capullo
Está envuelto el choclo endeble,
Que luego en maíz valioso
El sol y el aire convierten,
(D. V. Acuña de Figucroa.)
CHOCHÍ, m. — Pájaro de un pie próxima-
mente de longitud, de color pardo acanelado, solitario
y -muy arisco.
Del guar. chochu
«Todos le conocen en el Paraguay por este nom-
bre, que él se ha impuesto, porque lo canta silbando
clara y tristemente.» (Azara.)
CHOLO, adj. — En las provincias arribeñas de
la Confederación Argentina, dícese del indio domés-
tico y del mestizo, en especial si es muchacho o joven.
Ú. t. c. s.
{218]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
«Indio pequeño que tiene cultura, se ha criado
entre los europeos y habla el castellano.» (Alcedo.)
Prov. de la Amér. merid. (Salva), del Perú
(Palma).
«Cholos (nombre que dan a los indios mucha-
chos).» (Ulloa y Juan, hablando de Quito.)
CHOPl, m. — Especie de tordo muy esbelto.
Distingüese por su intrepidez, cuando lo acomete un
ave de rapiña, a quien burla con estratagemas, sin
huir de su presencia.
Del guar. chopL
«El valiente chopí no huye ni teme, y se prepara
al combate para cantar luego la victoria, empezando
por pronunciar su nombre.» (Azara.)
CHOYA. — Departamento de la provincia ar-
gentina de Santiago* — Capital del mismo departa-
mento.
CHÚCARO, ta, adj. — Dícese del animal arisco,
que a la presencia del hombre se asusta y embravece,
y acomete, o fcien se dispara. — En sent. fig., huraño.
Lo propio en el Perú (Salvá).
CHUCHO, m. — Fiebre intermitente, — Ca-
lofrío.
En el sentido de calofrío es tan común el decir
tener chuchos, darle a uno un chucho, que, si para
expresar esta sensación se usase de la voz castellana,
causaría extrañeza.
El médico Antón del Prado
Murió ayer con asma y chucho.
De treinta años ha expirado:
Fue autor del libro afamado
El arte de vivir mucho,
(D. F Acuña de Figueroa.)
i
[219]
DANIEL GRANADA
nw,? 1 ^ 0 ' Ca ' adj - ~ Est «vado, patituerto —
«asi., dícese de la persona^ e^enSÍ ¡TdeS
lL anda como
Cuerv? BOg ° tá ^* W0 ' se S ún D - Rufino José
Hnn í° W'ÍV , t!Unbién en Chile, sesún
don Zorobabel Rodrigue*, quien presume que el vo
También ¿r¿#¿
Del quich. y del ar auc. 0 chumtoi,
rn „ " Y e " c,ma d «a ^ refajan con otra faja de cin-
co o seis brazas de largo, tejida de muchos colores
Zana) 1 ™* ^ * fSí
CHUÑA, f. — Ave rastrera, parda, de airo
largo, con el que registra los agujeros he L £
7 otras sabandijas de que se aumenta.
CHUNO, m. — Fécula de la papa.
Americana es la p a p a o patata: americano el
uso primitivo de la que pudiéramos llamar sn7Lla
o sustancia, bien que al solo favor del hielo y d sol
toscamente manipulada; y americana la voz ctZ
Í220]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
y muy de antiguo castellanizada, como que ha más de
trescientos años que, por América, anda en boca de
españoles y de hispanoamericanos. ¿ Quién, que haya
vivido en la América meridional española, a lo me-
nos hacia las partes del Plata, no ha oído repetir una
y mil veces la palabra chuño? ¿Qué niño no la bal-
bucea? Debe ser registrada, por tanto, la voz indiano-
española chuño en el inventario de nuestra lengua, a
quien por tan justos y antiguos títulos pertenece.
Dice Paz-Soldán que chuño significa la papa
curada al hielo y al sol, y que impropiamente dan el
nombre de chuno, corrupción de chuño, a la fécula
de U papa, llamada en otras partes mandioca. En el
Río de la Plata dan inequívocamente el nombre de
chuño (jamás chuno) a la fécula de la papa y el
de mandioca a la fécula de la mandioca, Esto no
quiere decir que la mayor parte de las gentes sepan
que el chuño y la mandioca sean la fécula de tal o
cual raíz. Pero casi no hay persona que, por rústica
que sea, no distinga el uno de la otra, por su aspecto,
olor y gusto. En Chile también llaman chuño, según
Rodríguez, a la fécula de la papa y de otras raíces.
Por esta razón consideramos que al registrarse en el
diccionario general de la lengua la voz chuño, debe
dársele el sentido de fécula de la papa, y añadírsele
la acepción de fécula extraída de otras varias raíces,
determinando los países donde respectivamente se
halla en uso con estas diversas aplicaciones (el Río
de la Plata, Chile, el Perú, etc.).
«Siembran papas en el mes de octubre, porqués
necesario questén maduras en todo el mes de marzo,
porque los hielos le hacen daño, y se vienen a coger
por el mes de mayo; las cuales se echan en unas
parvas o almi jares de paja en el suelo, y allí ten-
[221]
DANIEL GRANADA
didas las secan y pasan al sol y al hielo, y desta
manera hacen un género de mantenimiento que se
llama chuño, que quiere decir cosa seca y pasada, y
esto, cocido en agua, se come y les sirve de pan y
también hacen con él otros potajes.» (Reí. geogr. de
Ind., Pacasas, Ntra. Sra. de la Paz.)
«Y asimismo se gastan 20 mili, fanegas de chu-
ño, que es (para los que no lo saben) una comida
de mucho sustento, hecha de unas que llaman papas,
que son a manera de turmas de tierra, y que se crían
debajo de la tierra, y de allí las sacan y secan, y tiene
este nombre de chuño.» (Ibid., Potosí,)
CHURRASCO, m. — Carne pura, asada sobre
las mismas brasas, operación que produce el efecto
de concentrar enteramente el jugo o sustancia. Hecho
el churrasco, lo sacuden o raspan ligeramente para
quitarle el rescoldo. En cuanto a bondad y gusto, está
en la misma línea que el asado por excelencia o
criollo.
Lo propio en el Perú (Palma) y en la prov.
brasil, de Río Grande del Sur (Beaurepaire-Rohan).
CHURRASQUEAR, n. — Hacer, comer un
churrasco. Todo es uno; porque es costumbre co-
merlo al lado del fuego. Pero dividiendo estas dos
operaciones, se llamaría a la primera hacer un chu-
rrasco, y a la segunda churrasquear.
Lo propio en la prov. bras. de Río Grande del
Sur (Beaurepaire-Rohan).
«Allí hacían sus fogones con buena leña los
carreros, churrasqueaban y tomaban su amargo.» (D.
Isidoro De María, Mont. Ant.)
CHURRINCHE, m. — Pájaro pequeño, de
color pardo oscuro y exornadas de fina escarlata la
cabeza, cuello y cola.
{222}
VOCABULARIO RIOPLATENSE
«Los guaranís le llaman guarapitá (pájaro rojo),
y en Buenos Aires chumnche* (Azara,)
CHUSMA, L — Muchedumbre de familias de
indios, excepto los hombres de guerra, o sea conjunto
de mujeres, niños y viejos que componen una tol-
dería o campamento de indios.
«Comenzaron a venir de todos aquellos montes
de Capiyí y de los ríos del Tibicuarí y Canroy mu-
chos indios, trayendo toda su chusma* (El P. Diego
de Boroa, Not. de alg. reine* de la Comp. de Jes.,
Rev. del Arch. gen. de B. A. por D. M. R. Trelles.)
«Y nos condujo al palmar, de donde, como ocho
días antes, se habían partido los infieles con toda su
chusma* (El P. Polícarpo Dufo, Entrada que se hizo
el año de 1717 al castigo de los infieles, publ. por
D. M. R. Trelles, Rev. del Arch. de B. A.)
Hablando de los indios guayanaes o gualachos,
dice el P. Lozano {Rut. de la conq. del Paraguay
etc.) 4 . «en cada división (de sus chozas) cabe una
familia con toda su chusma*
CHUSMAJE, m, — Gente soez.
CHUZA, f. — Palo a manera de lanza, con una
púa de hierro o una hoja de cuchillo en la punta.
— Gente de chuza, expr. proverb. equivalente a
gauchaje, tomada en mala parte esta voz.
«Esta mañana hice recoger todos los remos rom-
pidos, y mandé al carpintero y algunos marineros hi-
ciesen de ellos astas para chuzas* (Villarino, Rec.
del río Negro de Patag.)
í 223]
D
DELTA PARANAENSE, m. — Vasto conjunto
de islas bajas ea la desembocadura del río Paraná,
entre cuyos diversos canales el Paraná Gua2Ú o Boca
del Guazú es suficientemente caudaloso para dar fácil
acceso a la navegación de alto calado y el cual se
junta con el Uruguay, siguiéndole en desahogo el
Paraná de las Palmas, aunque de menos fondo, por
donde entró Gaboto, su primer explorador, y que
vierte sus aguas en las del Plata.
DESAMPARADOS. — Departamento de la
provincia argentina de San Juan.
DESCUAJARINGADO, da, adj. — Dícese de
la persona que lleva el vestido desarreglado y mal
ceñido. Ú. t. c. s.
Lo mismo en Chile (Solar) y en el Perú (Paz-
Soldán).
También descuajeringado, y así en Chile.
DESCUAJARINGARSE, r. fam. — «Relajarse
las partes del cuerpo por efecto de cansancio. Ü. sólo
hiperbólicamente.» (La Acad ; — Hablando de ob-
jetos que están armados en vago, desvencijarse, des-
hacerse. Llévalo con cuidado; no vaya a descuajarin-
garse.
También descuajeringarse.
Í224]
VOCABULARIO RIOPLATENSE
* DESGARRETAR, a. — Cortar el garrón, para
que el animal no pueda huir ni dar patadas, a fin
de carnearlo.
DESÍERTO. — Decíase el Desierto a la pampa
que enseñoreaban los indios salvajes, hoy ya defini-
tivamente conquistada y reducida a la vida industrial.
Comprendía quince mil leguas, por las que vagaban
quince mil indios salvajes, siendo el teatro de sus
habituales saqueos las provincias circunvecinas Bue-
nos Aires, Córdoba y San Luis, a cuyos hacendados
tenían en sobresalto continuo. El año de 1879 cor-
táronse por la raíz tamaños males.
DESMOCHADOS. — Departamento de la Re-
pública del Paraguay.
DESPUNTAR a. — Pasar por las puntas de
un río o arroyo.
DESTERNERAR, n. — Separar de la vaca el
ternero, destetándolo.
DIAGUITA, adj. — Dícese del indio cuya par*
cialidad ocupaba a tiempos el valle de Calchaquí y
territorio de La Rioja U. t. c, s. — Perteneciente a
dicha parcialidad.
DIAMANTE. — Departamento de la provin-
cia argentina de Entre Ríos, junto al río Paraná. —
Capital del mismo departamento.
DISCO AFILADO. — Instrumento ofensivo,
usado por los indios del Río de la Plata. Consiste en
una piedra trabajada a manera de dos casquetes es-
féricos yuxtapuestos por su base; verdadero disco de
canto afilado, cuyo uso ha sido evidentemente el de
arma ofensiva, que pudo haberse arrojado a mano,
como quien tira una pedrada, o por medio de la
honda, propia de la infancia de las sociedades.
[225]
DANIEL GRANADA
Tratando D. Florentino Ameghino de objetos
prehistóricos de la provincia de Buenos Aires, men-
ciona unos discos groseramente circulares, planos en
una cara, convexos y toscamente tallados en la otra
(Antig. del homb. en el PL) f que parecen ser de
índole extraña al de que se trata en este artículo.
Los dos ejemplares que poseemos, uno de los
cuales está pulido con esmero, pertenecieron a la
industria y hábitos de las hordas que ocupaban la
banda oriental del Uruguay, donde fueron hallados,
DISPARADA, f. — Fuga, corrida. — Disper-
sión repentina y violenta. — Tomar la disparada:
echar a correr, huyendo. — A la disparada, modo
adv.: a todo correr; y en sent. fig.: más ligero de
lo que conviene para hacer bien una cosa. Hace las
cosas a la disparada es como decir: es un atolondrado.
Prov. de la Amér. mend., según Salvá, quien
restringe la comprensión del vocablo, dándole por
sentido: la «dispersión de un ganado que echa a correr
de repente en varias direcciones,» acción que pueden
ejecutar todos los seres vivientes.
«El otro le tira el lazo (al tigre) y echa a co-
rrer a la disparada,» (Azara.)
«De noche toman grandes providencias para
prevenir las improvisas disparadas a que el ganado
está expuesto, particularmente - en tiempos tempes-
tuosos.» (Cabrer.)
Lo propio (2 a acep.) en las provincias meri-
dionales del Brasil (Beaurepaire-Rohan).
DISPARAR. — En el sentido de partir o co-
rrer sin dirección y precipitadamente, se usa más co-
mo neutro que en forma de reflexivo. Dispararon los
caballos. Disparó (el malhechor) por esta calle. Un
[226]
VOCABULARIO RIOPL ATENSE
paisano nos decía: «el gato montes dispara del cris-
tiano (del hombre).»
También en Chile usan la forma neutra, según
Rodríguez, que la censura, advirtiendo que los guasos
(gente campesina) emplean comúnmente la forma
refleja, que es lo correcto. En el Río de la Plata usan
todos corrientemente la primera forma, que es prov.
de la Amér. merid., según Salvá,
También en el Brasil úsase como intransitivo
(Beaurepaire-Rohan) .
DOLORES. — V. SAN JAVIER.
DURAZNO (San Pedro del), — Villa cabecera
del departamento del Durazno de la Rep, O. del
Uruguay. Fund. año 1821.
FIN DEL TOMO I
(227]